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El cuadro de Vivaldi

Eras una silueta en el fondo de un cuadro el día que te conocí. Estaba tormentoso, pero el verde lucía pleno; asomaba un rayo en el cielo y tú ibas cabizbajo, lanzando una moneda al aire de vez en cuando, pensativo.

Yo andaba también por ahí. Pensé que nunca me enamoraría de un hombre como tú, apenas un niño, porque estaba acostumbrada a hombres mucho mayores.

Y ya ves, al final me enamoré de ti, tanto que salí contigo muchos años, me dejé en ti mi juventud, y luego me casé contigo.

Eras un buen hombre, simpático y generoso, no lo voy a negar ni lo negaré nunca, pero también tenías tus defectos. Con todos los años que pasamos juntos, creo que nunca llegaste a comprenderme. Seguramente tú dirías que yo tampoco llegué a comprenderte. Pero tú me querías más.

La vida es como la pintura. Vamos formando cuadros, a cada paso que damos, pero no nos damos cuenta.

Contigo hice el mejor cuadro; también algunos muy malos.

Una vez me dijiste que odiabas la idea de morir porque tendrías que abandonarme, y yo me sentí muy halagada, pero en el fondo no era más que una idea tópica. A mí no me importaba que me abandonaras. Llevabas tanto tiempo conmigo que ya era hora de tener un descanso.

Sabía que Warren y Helen no se lo tomarían tan bien, que sufrirían mucho sin ti, pero debían aceptarlo. Muchos hijos pierden a sus padres pronto, y ellos no eran tan pequeños.

Te siento en aquel cuadro de mi imaginación, la primera vez que te vi. Eras joven, no muy guapo, pero sí joven, por estrenar. Ibas muy preocupado y nunca pudiste pensar que aquella chica con la que te cruzaste iba a ser tu novia, tu mujer, tu compañera, como tú decías un tanto melodramático.

Pero sucedieron muchas cosas, nada menos que una historia.

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