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El cuarto elemento

Tomando como coartada la obra del poeta Adam Zagajewski, reciente Premio Princesa de Asturias, el autor de este artículo afronta su particular homenaje a la poesía polaca del pasado siglo

 

Hacía un frío segoviano aquella madrugada bajo el acueducto de la amistad y el abrigo de las palabras recién compartidas en un recital inolvidable; apenas un puñado de personas e intemperies entregadas en un sagrado y oscuro tugurio a la causa aún más oscura de la poesía, y su resaca luego en la buhardilla donde una luminosa muchacha polaca me alborotó la edad entregándome un libro y, sobre todo, una voz de la que ya jamás me distancié. Y ha pasado una vida.

Porque en aquel tomo de El Pensamiento Cautivo, el poeta polaco Czeslav Milosz me enseñó la construcción e insistencia de la conciencia en la tarea del poeta, como un peaje inexcusable. Un ensayo que me apasionó, aunque no lo entendiera del todo desde mis agraces veinte años, pero que me llevó a buscar sin demora los poemas de aquel tenor de incertidumbres que afirmaba en sus versos que, siempre, y sin excepción, el primer movimiento es cantar

"Zagajewski dejaba muy claro su frío sin costuras, su abrigo sin bolsillos, al escribir que en la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos. El cuarto no tiene nombre."

Veinte años después, otra madrugada, otra intemperie, otra mujer polaca abrió de pronto un cajón en aquel bar del sur de Madrid, desdobló poco a poco un mapa, lo extendió ante mí, y señaló un punto negro que me hizo temblar. Esa misma mañana habían anunciado la concesión del Premio Nobel a una tal Wislawa Szymborska. Comenté por decir algo la noticia con la camarera, y ella abrió el cajón bajo la barra y me mostró en el mapa el lugar donde nació Szymborska mientras suspiraba hondo y se le caían ríos, carreteras, ciudades y montañas de su lejano país sobre la falda. Corran a leer a esta poeta polaca, si aún no lo han hecho. No cambiará su vida, pero sí su existencia. Créanme.

Hace apenas tres años, otra madrugada, sentados una insomne triada lírica en un banco bajo la muralla de Cracovia —extramuros, claro, como corresponde a la poesía—, y tras asistir a un intenso y galvánico mano a mano en el Festival Milosz entre el poeta chino Dúo Dúo y el legendario Gary Snyder, la profesora Nina Pluta me entregó el libro Dos Ciudades de Adam Zagajewski. El ensayo me gustó, pero sobre todo me movió al encuentro de sus poemas, y ahí sí que la palabra me devoró, quizás porque el principio está siempre en el cantar, como había escrito Milosz, o porque hablando de principios, Zagajewski dejaba muy claro su frío sin costuras, su abrigo sin bolsillos, al escribir que en la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos. El cuarto no tiene nombre.

"Milosz, Szymborska, Zagajewski… Poetas en la encrucijada del Siglo XX, y habitantes en la geografía que más supo de ella."

Declaración de intenciones. Batalla perdida de antemano. Porque he ahí el sinfín del poeta, su ilusión, su tortura, su eterna recaída: Poner nombre a ese cuarto elemento, bracear en el vacío, despegar bajo tierra, nombrar de otra manera para decir más dentro, más raíz, más incierto, también más vulnerable. Imposible tarea o hermosa pesadilla para la que Zagajewski exige sólo tenacidad, fe y orgullo. Tres atributos ciertos, pero un silencio luego. Quizás porque no supo, no quiso, o calló de impotencia a la hora de añadir ese cuarto elemento que describe también la tarea del poeta: el que no tiene nombre. El que es mejor callar, no compartir, no proclamar en alto que este oficio te lleva por delante mientras a ciegas, buscas tenaz la imagen / y forma definitiva de las cosas.

Milosz, Szymborska, Zagajewski… Poetas en la encrucijada del Siglo XX, y habitantes en la geografía que más supo de ella. Poetas también desde la extrema y compleja sencillez de las cosas de cada día, mesas, armarios, cafés, calles, amor, dudas, el frescor de una mañana primaveral que no se puede describir Poetas por fin desde el error, la herida y las cicatrices que dejan, con más frecuencia de la debida, las palabras mayores —patria, dios, banderas, fidelidades ciegas—, probamos el coraje, porque no había salida, / probamos ardides, pero no salió bien, o saber simplemente, a fuerza del deterioro de la edad, o de los atropellos de la historia, en cualquier lugar, en cualquier época, en cualquier pesadilla, que el territorio de la verdad / es claramente pequeño y estrecho / como una senda en un precipicio

Así el poema. Así Adam Zagajewski.

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