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El delirio ruralista de los jemeres rojos

El delirio ruralista de los jemeres rojos

Otro cinco de enero, el de 1976, hace hoy cuarenta y seis años, los jemeres rojos, los guerrilleros del partido comunista de Kampuchea, proclaman la constitución de la Kampuchea Democrática, “puesto que todo el pueblo camboyano y el ejército revolucionario desean la independencia, la unidad, la paz y la no alineación de una Kampuchea soberana sobre la integridad de su territorio”.

Aún habrá de pasar un año para que Pol Pot, el líder de los jemeres rojos, comience a ser conocido por ese pueblo camboyano, del que cree ser el gran timonel, como Mao lo fue del chino. De momento es un personaje oculto entre el mito que los campesinos del norte del país, donde los bombardeos estadounidenses han sido más cruentos, han hecho de los jemeres rojos.

"Pol Pot, el hombre nacido para ser uno de los mayores genocidas del siglo XX, como todos los caudillos comunistas, es un líder carismático"

Y habrán de transcurrir más de tres décadas para que el mundo sepa, merced a la creación de un tribunal internacional en 2006, quiénes fueron en verdad los jemeres rojos. El genocidio camboyano será el título del capítulo donde la Historia registrará su obra. Su legado no será otro que el de los crímenes contra la humanidad de estos nuevos guardias rojos que dicen ser más maoístas que los chinos. Son los nuevos paladines del campesinado.

Pol Pot, el hombre nacido para ser uno de los mayores genocidas del siglo XX, como todos los caudillos comunistas, es un líder carismático. Son pocos quienes le conocen. Uno de ellos es el príncipe Norodom Sihanouk. Este último, antiguo padre de la patria camboyana tras conducir al país a la independencia de Francia (1954), ahora es presidente de la Kampuchea democrática, un puesto protocolario, al servicio de los jemeres rojos, quienes decían haber luchado por su regreso al país. El príncipe pelele refiere el sosiego que rezuma en su conversación Pol Pot.

"Pol Pot ya lleva matando gente, como poco, desde 1975, año cero de su revolución"

A diferencia de sus pares al otro lado del espectro político —los dictadores fascistas suelen ser enérgicos, a menudo unos energúmenos—, los genocidas rojos son gente amigable. Los poetas que le idolatraron, le conocieron personalmente y exaltaron en sus versos, dicen que Stalin, apenas intercambiaba unas palabras con la visita, ya era “como un camarada más”.

Este otro camarada, el camarada alimaña del sudeste asiático —y ya es decir, puestos a hacer recuento de la barbarie que va emergiendo entre el paisaje que sucede a la batalla que ha librado y perdido el imperialismo occidental, desde los años 50, en esa parte del mundo—, un día como hoy, hace cuarenta y seis años, ya pergeña su propio holocausto.

Es más, Pol Pot ya lleva matando gente, como poco, desde 1975, año cero de su revolución. Sus purgas, a las que guiado por ese lirismo maoísta que tanto le inspira llama “en busca del enemigo oculto”, son algo frecuente desde que los jemeres rojos entraron en Nom Pen (17 de abril de 1975), derrotando al ejército del general Lon Nol, dictador títere de Estados Unidos.

"Como la ciudad se considera un espacio burgués, hay que forzar la ruralización de todos sus habitantes. Toma ejemplo de los dos grandes delirios maoístas"

La constitución habla de “una sociedad nacional hecha de una genuina felicidad, igualdad, justicia y democracia; sin ricos ni pobres y sin explotadores ni explotados. Una sociedad en la cual todos viven en armonía, en una solidaridad nacional, que reúne fuerzas para hacer el trabajo manual todos juntos e incrementa la producción para la construcción y defensa del país”. Pero la realidad es bien distinta a esa polarización de la vida entre explotadores y explotados, tan simple como maniquea y peligrosa.

Al margen de lo diferente que es el concepto de “democracia” en el imperialismo occidental que ha colonizado la península de Indochina —Camboya fue protectorado francés desde 1863, junto a Vietnam y Laos integró la Indochina francesa— del que tienen las dictaduras del proletariado, Pol Pot ya maquina la que habrá de ser la mayor expresión del ruralismo comunista. Como la ciudad se considera un espacio burgués, hay que forzar la ruralización de todos sus habitantes. Toma ejemplo de los dos grandes delirios maoístas. Así, intentará aplicar el Gran Salto Adelante a la inversa. En efecto, aquel conjunto de medidas económicas, sociales y políticas que, entre 1958 y 1961 intentaron industrializar la sociedad china, secularmente agraria —quimera que acabó provocando la Gran Hambruna china (1959-1961), causante de la muerte de decenas de millones de personas—, será el camino que seguir por los jemeres rojos.

"Cuando se impone la purificación de los burgueses de las ciudades para que sean dignos del campesinado, todos los vecinos de las urbes son llevados a la fuerza a las aldeas"

Hay que abolir las escuelas y los mercados, acabar con todas las infraestructuras urbanas y poner fin a la televisión. Manos a la obra, los verdaderos comunistas camboyanos habrán de aplicarse en su tarea como los guardias rojos chinos en la Revolución Cultural, el segundo de los grandes delirios de Mao, que aún asiste en la China de 1976 a sus últimos estertores.

Una vez más, ese humanismo que fue el comunismo —según siguen sosteniendo, incluso ahora, sus apólogos— demuestra no ser más que un argumento para que una serie de psicópatas, iluminados por el genocidio de clase —“hay que acabar con todos los burgueses”—, persigan y maten al individuo en nombre de las masas, el pueblo, la mayoría, la gente… La grey entera contra uno solo…

En lo que a la Kampuchea democrática se refiere, cuando se impone la purificación de los burgueses de las ciudades para que sean dignos del campesinado, todos los vecinos de las urbes son llevados a la fuerza a las aldeas, pero con tanta prisa que los caminos se llenan de cadáveres. A los enfermos se les obliga a suicidarse en los hospitales; a los ancianos, otro tanto. Según demostrarán las más de veinte mil fosas comunes, que irán apareciendo con los años, se mata y se tortura, igual que a los hombres, a las mujeres y a los niños. Desatado el apocalipsis, el hambre mata tanto como las epidemias que provoca el hacinamiento en las viviendas del campo, mientras las ciudades languidecen vacías. Las ejecuciones extrajudiciales y las sumarísimas son igual de rutinarias.

"El periodo de transición, que según el marxismo-leninismo requiere la transformación de la sociedad, para los jemeres rojos no cuenta: hay que convertir Camboya en la Kampuchea democrática de un día para otro"

Sigue sin acabar de conocerse bien a Pol Pot, pero ya se le teme, cuando el mero hecho de tener gafas le convierte a uno en un intelectual. Siendo los pensadores los peores enemigos de los campesinos, ser miope es motivo más que suficiente para ser llevado a un campo de exterminio. Como también lo es ser musulmán, cristiano o budista, de origen vietnamita, tailandés e incluso chino. Ni siquiera los propios jemeres —ya sean jefes o militantes de base— están a salvo de la fiebre homicida de sus compañeros. Como la propia etnia jemer resultará ser la más castigada cuando llegue el recuento de los muertos —entre millón y medio y tres millones—, los cronistas de este holocausto acuñarán un término para calificarlos, como poco, curioso: “autogenocidio”.

Ese periodo de transición, que según el marxismo-leninismo requiere la transformación de la sociedad, para los jemeres rojos no cuenta: hay que convertir Camboya en la Kampuchea democrática de un día para otro. Cuando la invasión vietnamita del país —el Vietnam que ha vencido a Estados Unidos es prosoviético— ponga fin a este delirio maoísta en 1979, Pol Pot y sus jemeres rojos habrán acabado con el treinta y cinco por ciento de la población nacional. Así se escribe la Historia.

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