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El día de tu fiesta

Le déjeneur des canotiers, Pierre-Auguste Renoir.

Imagina una mesa en un merendero. Están sentadas todas las personas que quieres y te han querido. Incluidas las muertas. No es una idea mía, la copié de un relato de Miranda July, pero igual imagina una mesa en un merendero. Está cubierta por un mantel de cuadros blancos y amarillos. El merendero está al borde de la carretera. Hay flamboyanes en las esquinas del parque. Hay justo un flamboyán arriba de tu mesa y las ramas dibujan sombras sobre el mantel. El parque está cerca del mar. Una pesadez de salitre se posa sobre las cosas y las personas. En el resto del merendero, comen y cantan familias venezolanas, escuchan a Pastor López a través de altavoces situados encima de los bancos que rodean las mesas. En tu mesa, estás tú. Tú vestida con un traje de lino blanco con estampado de flores azules. Están aquellas chicas que te defendieron cuando te llamaban puta por decirle hola a un chico de cuarto. Aquellas chicas que gritaban: ¿qué te pasa, loco? Ahora, esas mismas chicas te arreglan el pelo cuando la brisa marina te lo despeluja. Está también aquel niño al que le mordiste la cabeza, pero que luego quiso ser tu amigo y jugaron a recoger bichos carreteros de las paredes. Está el hombre de la venta que te regalaba manzanas picadas por los bichos. Está tu familia. Entera. Incluida la familia lejana que no conoces. También la niña —ahora una mujer rubia que tose mucho— que fingía ser tu prima segunda en el colegio y te regalaba estampitas de Floricienta para comprarte. Están tus amigas del colegio. Un chico que te gustaba de la clase de natación. El maestro de natación. La recepcionista de la piscina municipal. Mucha gente. Son innumerables las personas que te quieren y te acompañan. Tantas que apenas las vislumbras; son una sola masa, una cola interminable de puntitos de colores alrededor de tu mesa. Y sonríen. Te sonríen. Los dientes perlados, amarillos, desbaratados, machurriados, llenos de sarro, de toda esa gente, brillan y generan reflejos en los límites del parque como CDs colgados de un parral de viña.

La mesa está hasta los topes de comida superrica: papas guisadas con mojo rojo de tu madre, pellas de gofio, pizzas, papas locas, perritos calientes, hummus del Lidl sabor guindilla, las aceitunas gazpachas del Mercadona, cuatro cacharras de guasacaca y pan de matalahúva. Hay muchos paquetes de papas, también. Todos comen gusanitos con las dos manos. Se les sale el Seven Up por la nariz de la risa. No tienes miedo de comerte un sándwich de pan blanco. De repente ya no te asustan los hidratos simples. Sonríes. Estás guapa, te sientes guapa. Dices estoy más buena que tu madre en minimoto. No tiene sentido, pero todos se mean de la risa y te abrazan. Comentan cosas que hacías de pequeña, se quedan boquiabiertos con la anécdota de cuando te caíste dentro de un zarzal con una patineta eléctrica y tu padre pensó que te habían rajuñado los ojos unos gatos. A nadie nunca le ha interesado esa anécdota, pero hoy sí, hoy es el día de tu fiesta. No haces más esfuerzos por ser graciosa, definitivamente eres graciosa, y le gustas a los demás y lo sabes. Eres especial. Ya está; es una certeza, como un aguacate redondo y negro que acaricias con las manos. Lo observas en toda su redondez y consistencia: eres bien, estás bien, vives bien. Te dejas fundir en la conversación como un pedacito de aceite de coco sobre una sartén caliente. Continúa la tarde. Hay un olor a lavanda mezclado con el salitre. Lavandas, hay miles de matas de lavanda plantadas en las esquinas del parque. Alguien las sembró para ti, probablemente una de estas cientos de personas que te quieren. Y, de repente, parece que ya no hay más nada que decir. No hay más nada que hacer. La historia en este punto requiere un poco de tensión, de un cambio, un suceso. De hecho, en el relato de Miranda July, la protagonista de su propia fiesta sale corriendo. Tiene ansiedad social. En lugar de disfrutar, huye sin avisarle a nadie y se mete en la bañera de la casa para aguantar la respiración durante mucho rato. “Esa persona mueve las burbujas encima de sus pechos y hace figuras extrañas con la espuma. Pero ahora todos deben haberse percatado de que esa persona no va a volver al picnic. Todos estaban equivocados; esa persona no es la que todos creían que era”, escribe July.

Esa chica podrías ser tú en cualquiera de tus días. Podrías, pero no. Ahora no. No en el día de tu fiesta. Te propongo un final alternativo. Olvídate del relato de Miranda July. No hay moraleja, ni doble sentido. No hay un punto de giro inesperado antes del párrafo de cierre, no hay núcleo, ni subnúcleo, todo lo que ha pasado hasta ahora no es una mera catálisis que te transporta a un final desdichado, no hay metáfora de situación, no hay nada. Solo tú y toda esa gente que te quiere y eres feliz. Y no sientes miedo, no te callas para que no noten que eres estúpida, no te sientes fea. No, ya no te importa tener las rodillas cambadas. No, ya no te agobia que alguien esté moviendo el ojo derecho muy rápidamente, como un tic nervioso. Ya no piensas que es un signo de que le caes mal, de que no te quiere, porque te quiere, como el resto de esas personas; y lo sabes, estás segura, estás tan segura que ni se te pasa por la cabeza preguntarte si de verdad te quieren.

Lo pasas bien. Vuelves a casa con el corazón doblado como una manta. Vuelves conduciendo por una carretera sin ningún boquete, una carretera lisa como un lagarto. El sol se encoge detrás del coche. Las plataneras de al lado del camino recogen el color de los últimos rayos. Ya en la cama te apuñas el pecho con las manos, si es que eso es posible, y te lo escachas. Te sientes agradecida porque, por fin, estás contenta del todo. No pides más nada. No deseas cambiar nada de ti. No quieres una casa con más luz, una crema más suave, unos tenis más modernos. No quedan pensamientos negativos automáticos dentro de tu cabeza. Eres una bola de luz. Circular, tranquila. Te echas sobre el edredón con un libro de Natalia Ginzburg y lo relees. Nunca relees libros, pero ahora sientes que tienes que hacerlo. Respiras aliviada en el tercer párrafo y te duermes con el dedo señalando una palabra que te gusta y en el sueño descubres que ya no padeces insomnio. Tienes sueños con huertas de coles floridas, llenas de mariposas limoneras. Empiezas la mañana siguiente con alegría. Bebés un café que no está quemado. Está nada quemado, de hecho. Recibes un mensaje de tu terapeuta: Ya esta, te encuentra bien, ya no estas completamnt desquiciada, no vuelvas + a mi consulta. ahora empieza tu vida. estas curada. eres feliz. no, SUPERFELIZ, mas bien 🙂 :* Y te ríes. Ahora empieza tu vida de verdad. Y la disfrutas.

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Bixen
Bixen
1 mes hace

El 22, volveré a la cama (después de 2 años y 2 meses) de la habitación mía, pero de mis padres. En la pared de la cabecera, hay cinco cuadritos y uno… es ese de Renoir, creo recordar. Desde el 23 espero celebrar con amigos y/o familia desayunos, almuerzos, comidas, meriendas, cenas y demás… si puedo y queremos. ¡SUPERFELIZ!