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El don tenebroso, de Lorenzo Luengo

El don tenebroso, de Lorenzo Luengo

Nada como las palabras de Espido Freire para entender este libro. «Decir que Lorenzo Luengo conoce bien a los románticos ingleses, Byron, Shelley, Mary, Polidori, sería una vulgaridad. Lorenzo los despedaza, vive lo que vivieron, lee y piensa como ellos pensaron. Es, en realidad, el último romántico en una era presidida por la productividad y el remilgo. Y en este libro comparte todo ello con nosotros, con la crudeza y el lúcido entusiasmo con el que amaron, escribieron y murieron».

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El don tenebroso (Renacimiento), de Lorenzo Luengo.

***

1. LA LLEGADA

Quiero ver Roma, mas la Eterna, no la que cambia
con cada década que pasa.

Goethe

Una verde colina, un lago, un sendero de losas amarillas que conduce hasta una propiedad privada. El cielo está despejado (todavía). Y, para ser esto Suiza, el calor es más bien el que se esperaría de una playa croata. El enclave, que rodeado de todas estas sensaciones protocolarias se diría que es el caminito hacia Oz –en realidad el camino era de grava–, se ve dominado por una antigua casa de fantasmas, la celebrada villa de Diodati, esa involuntaria máquina de producción seriada que ha hecho llegar al mundo un buen montón de descabelladas fantasías: he visto todas las películas, leído todos los ensayos y sufrido todas las novelas ambientadas en ese patio de recreo de la falta de imaginación moderna y puedo decir sin temor a equivocarme que todos ellos han hecho más por enterrar a Byron y Shelley que dos siglos y medio de crítica literaria entendida como un disparo a matar. Créanme, Byron no se acostó con Polidori. Shelley no se acostó con Byron. Ninguno de ellos se transformaba por las noches en un demonio alado. Las chicas no eran hermanas…

Repasar todas esas abominaciones son ganas de sufrir innecesariamente, y más aún cuando mi búsqueda de Byron (¿lo ha visto, señora, caballero?: pelo rizado –aunque no estoy tan seguro de ello–; ojos azules, si es que no eran grises; metro setenta y cinco sin las botas de montar) ni siquiera empezó por ahí. En realidad, empezar este cuadro por la villa de Diodati es un capricho personal, un homenaje a media vida de estudios y a la inocencia de aquel joven lector que se creyó todas esas maravillosas aberraciones sobre dos poetas ingleses, pues lo cierto es que la primera parada en mi búsqueda de un elusivo fantasma fue al otro lado del lago, a media hora de distancia por la ruta más rápida, exactamente en la esquina entre la rue de Monthoux y la quai du Mont-Blanc. Allí, para mi pesar y el de diez o doce generaciones de sonámbulos en un tiempo perdido, se encontraba el nuevo d’Angleterre, construido en 1872 por el arquitecto hotelero Anthony Krafft, ampliado en 1910, un hotel de lujo «concebido para el disfrute de turistas con buen gusto y para experimentar el placer de unas vistas de cinco estrellas» (cito de un folleto publicitario) que a mí, desde fuera, me pareció más bien como una gigantesca tarta de boda con un faldón de frambuesas. Krafft no es del todo responsable de que un hotel, por otro lado, bastante convencional consiga resultar antipático cuando uno llega desde el puerto y cruza la quai du Mont-Blanc, medio cegado por el resplandor que despiden los espantosos apartamentos situados sobre un restaurante futurista con un decorativo Buda en el alero, ni tampoco lo son las flores de época (¿de qué flores se trata, exactamente? ¿rododendros rojos?) que hacen las veces de amanerado faldón, sino más bien toda esa abundancia de cristales que reverberan frente a la aburrida carretera divisoria como una alucinación o una pesadilla escapada del lago, en medio del sinsentido narrativo de unos edificios que mascullan su propio lenguaje a espaldas de las montañas. Tampoco ayuda mucho el rígido añadido de la estructura metálica, inspirada en las construcciones militares de los barracones de campaña, que desde hace treinta años sobresale sin ningún sentido de la fachada del hotel. Ni el nuevo d’Angleterre ni la calle son particularmente bonitos (eso sí, quien venga del complejo de edificios llamado Les Schtroumpfs se sentirá como en medio de una civilización áurea), y bien pensado hasta tiene su mérito haber conseguido que un precioso enclave en el que pintores y poetas de Europa y América sufrían raptos parestésicos al estilo de Stendhal se vea eclipsado por los embotellamientos urbanos y una fotogenia típica –narcisista, indefinida– del siglo XXI. Como sucede con tantas otras cosas de este mundo, y en especial desde que el hombre vaga por la vida como si no estuviera en ella, con la mirada clavada en el rectángulo cristalino que sostiene, como la calavera de Yorick, en la palma de la mano, es imposible no echar la vista atrás y mirar con nostalgia aquellos tiempos lejanos en que el único vehículo que había en varias calles a la redonda era un carruaje tirado por un caballito pensativo… La postal que adquirí, junto con otras curiosidades, en un modesto anticuario que aún sentía un profundo respeto por el viejo Cologny es sólo un poco anterior a los destrozos de la Primera Guerra Mundial, y muy anterior a esos otros destrozos, bastante más severos, producidos por esta enfermedad terminal de la historia que es la arquitectura moderna. Ya entonces, pese a lo idílico del paisaje recogido en mi postal, empezaban a advertirse algunos síntomas. Las demandas de espacio para carros y peatones acababan de echar abajo la encantadora cerca de madera que todavía se mantenía en pie unos años atrás, no muy lejos de un pequeño arbolito que aún estaba por crecer. Esa cerca es la misma que aparece dibujada en un grabado de 1823, cuya escena casi parece representar, con unos pocos años de diferencia, la llegada de Byron al hotel. Armado de esos frágiles retratos me puse a cotejar sombríamente los aspectos convergentes (pero más los divergentes) de un mismo lugar, las líneas espectrales de un grabado y una fotografía con las formas demasiado sólidas, pero a la vez extrañamente irreales, de su melancólica encarnación actual. Sin demasiada convicción, terminé por aceptar (pues otra cosa hubiera sido la locura) que no es responsabilidad exclusiva del tiempo el hecho de que aquello que se levanta ante nosotros nada tenga que ver con lo que generalmente esperamos encontrar, y que el hotelito encantado en el que uno confiaba en hospedarse, una casita de piedra gris con parras y enredaderas en la fachada, no sea ya más que un sueño al que sólo se puede llegar remontándonos unos doscientos metros por esa misma quai y doscientos años –llenos de vaivenes y sacudidas– en dirección a nuestros antepasados.

[…]

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Autor: Lorenzo Luengo. Título: El don tenebroso. Editorial: Espuela de Plata. Venta: Todos tus libros.

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