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El entierro de Genarín: De la copina de orujo al macrobotellón

El entierro de Genarín: De la copina de orujo al macrobotellón

Cada Jueves Santo tiene lugar en León el llamado “entierro de Genarín”, un acto que comenzó como una mezcla de ingenio popular con toques de poesía bufa, elogio al vino que quita unas penas y te provoca otras y sátira político-religiosa, y ha acabado convirtiéndose en un macrobotellón al que viene incluso gente de otras provincias, pasando de cualquier otro acontecimiento relacionado con la Semana Santa local. Cualquier leonés se habrá encontrado alguna vez por la calle con algún chaval cargado con bolsas de bebida del súper más cercano preguntándole que “oye, ¿sabes dónde es lo de San Genarín?”.

Genaro Blanco Blanco no es santo, ni lo será nunca. Era un personaje nacido en 1861, que 67 años más tarde, el Jueves Santo de 1929, murió al ser atropellado por la Bonifacia, el primer camión de la basura que tuvo la ciudad de León, muy probablemente mientras orinaba en la calle parte del vino y el orujo a los que era muy aficionado. Lejos de quedarse únicamente de una anécdota pintoresca, la historia de Genarín, su entierro paródico y la posterior recreación literaria de este mito por parte del novelista leonés Julio Llamazares, cuyo primer libro narrativo, publicado en 1981, fue precisamente El entierro de Genarín, conforman un ejemplo fascinante de cómo la tradición oral, la marginalidad y la literatura pueden entrelazarse para construir una leyenda contemporánea.

Genarín era conocido por ser pellejero de profesión, y también por su afición a las tabernas y prostíbulos locales, lo que contribuyó a forjar su reputación de bohemio y figura marginal. Su vida transcurría en los márgenes de la sociedad, en una época en la que las diferencias sociales eran marcadas y la pobreza formaba parte del paisaje cotidiano de muchas ciudades españolas. Los detalles de su muerte, aparentemente trivial y hasta grotesca, que aparecieron en la prensa, fueron clave en la construcción del mito posterior: una muerte absurda, casi cómica, en medio de una de las celebraciones religiosas más solemnes del calendario cristiano.

A partir de este suceso, un grupo de amigos de Genarín comenzó a rendirle homenaje de manera espontánea. Estos primeros homenajes consistían en reuniones nocturnas, en las que se bebía vino y se recordaba al difunto con un tono entre humorístico y reverencial hacia el finado. Con el paso del tiempo, estas reuniones fueron adquiriendo una estructura más definida, hasta convertirse en lo que hoy se conoce como el Entierro de Genarín, una procesión irreverente que actúa como contrapunto satírico a las solemnes procesiones religiosas de la Semana Santa, profundamente arraigadas en la ciudad. Durante esta celebración, los participantes recorren distintos puntos relacionados con la vida y la muerte de Genarín, deteniéndose en lugares emblemáticos como la muralla donde falleció. En cada parada, se realizan ofrendas que, según la tradición, reflejan los gustos del personaje: vino, pan, queso y orujo.

Uno de los aspectos más interesantes de esta procesión es su carácter híbrido. Por un lado, reproduce la estructura de un ritual religioso: hay un cortejo, una figura central —Genarín— y una serie de estaciones que recuerdan a un vía crucis. Por otro lado, subvierte completamente el sentido de estos elementos, introduciendo el humor, la irreverencia y la crítica social. En este sentido, el Entierro de Genarín puede interpretarse como una forma de carnavalización de la religión, justo cuando se entra en los momentos más solemnes del año cristiano, en la que lo sagrado y lo profano se mezclan de manera inseparable. Durante la dictadura franquista, este tipo de manifestaciones fue prohibido, ya que se consideraba una falta de respeto hacia la religiosidad oficial. Sin embargo, como ocurre con muchas tradiciones populares, la celebración no desapareció por completo, sino que sobrevivió de manera clandestina, transmitiéndose de generación en generación. Con la llegada de la democracia, el Entierro de Genarín resurgió con fuerza, consolidándose como uno de los eventos más singulares de la Semana Santa leonesa.

La dimensión literaria de este fenómeno llegó de la mano de Llamazares, cuyo libro, que también tuvo avatares de publicación dignos de contar, como hizo él mismo en la edición de 2015 para Alfaguara, no se limita a narrar los hechos históricos, sino que contribuye activamente a la construcción del mito, con un tono que oscila entre la crónica, la parodia y la épica burlesca, elevando la figura de Genarín a la categoría de héroe popular. Terminado de escribir en pleno 23-F, el libro está estructurado como una especie de evangelio apócrifo, en el que Genarín aparece como una figura casi sagrada, aunque desde una perspectiva irónica, que para algunos ha llegado a convertirlo en el (no santo) patrón de borrachos y bohemios. Se le atribuyen virtudes y milagros (cuatro exactamente, entre ellos un gol de la Cultural y Deportiva Leonesa), y su vida es narrada con un lenguaje que imita deliberadamente el estilo de los textos religiosos. Esta elección estilística refuerza el carácter paródico de la obra, al tiempo que subraya la dimensión simbólica del personaje. Uno de los logros más destacados del libro es su capacidad para captar el espíritu de la tradición oral. Llamazares recoge anécdotas, testimonios y fragmentos de memoria colectiva, integrándolos en un relato coherente que, sin embargo, conserva la frescura y la espontaneidad de las historias transmitidas de boca en boca. De este modo, la obra no solo documenta una tradición, sino que también contribuye a su difusión y consolidación.

Sin embargo, según Llamazares, hubo “dos ediciones, de 3000 y 2000 ejemplares, que se agotaron en sólo una semana, la que duró aquel año la Feria del Libro de León, en cuyas casetas se vendieron todos los ejemplares y eso que en un principio algunos libreros se habían negado a acogerlos por «su carácter irreverente e irrespetuoso con la religión católica» del mismo modo en que el Diario de León, el mismo periódico que lo reeditaría años después junto a otros varios libros de autores leoneses para conmemorar su primer centenario, se negó a dar noticia de él porque su director entonces consideró que «atentaba contra la Eucaristía» (sic) (…). El entierro de Genarín, a pesar de agotarse en sólo unos días, tardó tres años en reaparecer y lo hizo ya en Madrid, en una editorial, Ayuso, luego rebautizada como Endymión, que era el nombre de su colección poética, conocida por haber introducido en España los textos marxistas fundamentales. De hecho, muchas veces le tomé el pelo a su director, Jesús Moya, veterano comunista y magnífica persona, a cuenta de la circunstancia de que los dos best sellers de su editorial fueran durante años El manifiesto comunista, de Carlos Marx, y El entierro de Genarín, tan irreverente con la religión como con las ideologías políticas”.

En definitiva, la historia de Genarín, su entierro y la obra de Julio Llamazares (también merece atención el libro De Genaro Blanco a Bendito Canalla, de Julián Robles Díez y Javier Fernández-Llamazares) constituyen un ejemplo paradigmático de cómo un hecho aparentemente insignificante puede dar lugar a un fenómeno cultural de gran riqueza y complejidad… antes de evolucionar de manera masiva y cuestionable, aunque aún se quiere mantener la llama creativa encendida de alguna manera.

Y siguiendo sus costumbres,
que nunca fueron un lujo,
bebamos en su memoria
una copina de orujo.

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