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El escritor que deshizo el tiempo

El escritor que deshizo el tiempo

La sala de mandos del Anacronópete, según «El Ministerio del Tiempo»

En las enumeraciones recurrentes de inventos españoles, suelen aparecer citados en lugar de honor el submarino, los cigarrillos, la sopa de letras, el chupa-chups o la fregona. Rara vez se menciona que también aquí tienen su patente los viajes temporales. Existe la convicción de que el primero que imaginó los desplazamientos entre épocas distintas y distantes fue el británico Herbert George Wells, que en 1895 publicaba su celebérrima La máquina del tiempo, una novela cuyo protagonista se desplazaba al año 802.701 para ser testigo de la decadencia de nuestra especie. Sin embargo, unos años antes, en 1887, un escritor español ya había tratado ese tema en otro libro que no gozó del éxito que obtendría el de su colega anglosajón, pero que fue el que verdaderamente inició un subgénero que alimentaría durante las décadas siguientes, y hasta nuestros días, buena parte de los cauces de la ciencia ficción universal.

En realidad, pocos se acordaban a estas alturas del siglo XXI de Enrique Gaspar y Rimbau (Madrid, 1842 – Olorón, 1902), y seguirían sin acordarse si la serie El Ministerio del Tiempo —ese prodigio que han puesto en pie los hermanos Pablo y Javier Olivares— no hubiese insuflado nueva vida a la que fue su invención más memorable. Justo es rescatarlo del olvido, porque hay que reconocer los méritos allí donde se encuentran y porque Gaspar y Rimbau fue un personaje tan precoz como polifacético. Escribió textos dramáticos, novelas y zarzuelas y ejerció la carrera consular, que lo condujo a destinos tan exóticos como Macao o Hong Kong. Fue justamente en Macao donde pergeñó las páginas de El Anacronópete, una novela que, pese a su carácter seminal, no tuvo una acogida excesivamente calurosa y acabó viéndose eclipsada —si no directamente ninguneada— por la posterior incursión de H. G. Wells en el mismo tema. El escritor Alberto García Gutiérrez aporta una razón de peso para explicar esta postergación del autor español: Wells engendraría todo un corpus en torno a la ciencia ficción, del que él mismo ofició como padre fundador, mientras que la incursión de Gaspar y Rimbau fue única y, si se quiere, epidérmica, dado que, mientras el británico empleaba el género como excusa para establecer complejos análisis políticos y sociales, el español lo entendía más bien como un recurso desde el que entregarse al humor y la crítica local.

"Aunque, ciertamente, El Anacronópete carece de la hondura de la que sí hace gala la novela de Wells, sus capítulos se dejan leer hoy con cierta frescura y no poca gracia"

Sea como fuere, no se puede negar que Gaspar y Rimbau llegó primero. También hay que reconocer que su inspiración no provino de la nada: es evidente la influencia de Lumen, un relato de Camille Flammarion que no aborda los viajes en el tiempo como tales, pero cuenta cómo las almas de los difuntos se instalan en una estrella desde la que pueden observar acontecimientos del pasado, el presente y el futuro. Aunque, ciertamente, El Anacronópete carece de la hondura de la que sí hace gala la novela de Wells, sus capítulos se dejan leer hoy con cierta frescura y no poca gracia. La trama arranca nada más y nada menos que en París. Se celebra allí la Exposición Universal de 1878 y un científico español, Sindulfo García —cortado según el patrón de los eruditos de provincias—, se dispone a presentar su última gran invención, un artilugio en cuya denominación se encadenan tres vocablos griegos (ana, cronos, pete) para designar su original y nunca vista función: permitir que quienes se suben a él vuelen hacia atrás en el tiempo. El Anacrópete es una especie de paquebote dotado con las máximas comodidades —camarotes para hombres y para mujeres, lavandería, cocina, laboratorio— y equipado con un mobiliario de lujo. La tripulación que acompaña a Sindulfo en la expedición que se propone iniciar desde los Campos de Marte no es menos pintoresca. El sabio emprende el viaje junto a su sobrina Clarita —por la que experimenta un ardoroso amor no correspondido—, la criada de ésta y su ayudante más próximo, el señor Benjamín. A última hora, se añaden al grupo unas cuantas mujeres «de vida alegre» —merced a una encomienda del gobierno francés, que pide al científico que las lleve con él y las haga rejuvenecer algunos años, por ver si así reorientan sus disipadas biografías— y hasta diecisiete húsares que, al mando del capitán Luis —el verdadero amor de Clarita—, se cuelan de rondón para dejarse ver ya en pleno viaje.

Enrique Gaspar y Rimbau

Portada de El Anacronópete

Con tales mimbres, es imposible que la cosa no despierte, cuando menos, curiosidad. Gaspar y Rimbau se sacó de la manga una estructura en tres partes que tiene mucho que ver con los andamiajes de un género, el de la zarzuela, en el que era todo un experto. Así, en el primer tramo de la narración, los anacronautas viajan desde París hasta la batalla de Tetuán de 1860 para regresar al punto de partida el día anterior del inicio del periplo. Después, la tropa se desplaza hasta la Granada de 1492 —donde Benjamín profetiza ante Isabel la Católica la toma de la ciudad y le recomienda que se fíe de los planes de Cristóbal Colón— y a la Rávena del año 690 antes de dar con sus huesos en la China del siglo III. Por último, contemplan la erupción del Vesubio en Pompeya, retroceden hasta los tiempos de Noé y, en un remate que no deja de ser una lograda paradoja, el Anacronópete y sus tripulantes acaban desapareciendo al alcanzar el preciso instante de la creación del mundo.

"Es probable que él mismo fuese consciente de que su principal hazaña era la de erigirse en pionero de las odiseas espacio-temporales"

Entre medias, van desperdigándose aquí y allá algunas anécdotas, como la que da pie a la teoría sobre el tiempo que terminará engendrando el armatoste que da título a la obra («Los grandes efectos no son siempre efectos de grandes causas», se dice al inicio del cuarto capítulo) o las explicaciones que detallan el funcionamiento de éste. El Anacronópete funciona gracias a la energía eléctrica, que impulsa el movimiento de cuatro grandes cucharones, y es indispensable que quienes viajan en él se sometan a las corrientes de un fluido García que impide que los organismos de los pasajeros sufran los estragos temporales propios del trayecto. Éste consiste en un giro alrededor de la Tierra que se realiza a una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas veces superior a la de la rotación del propio planeta, lo que implica que cada jornada suponga un retroceso de cuatrocientos ochenta años. Por más que el estilo de Gaspar y Rimbau adolezca de ciertos resabios decimonónicos que hoy suenan irremediablemente obsoletos, sería injusto no ponderar su sentido del humor y el ingenio con que mezcla el costumbrismo con lo fantástico, sin perder de vista un leve sarcasmo que, diseminado aquí y allá, evidencia lo mucho que tuvo que divertirse mientras ponía en pie su particular fantasía. Ya se ha dicho al principio que su producción literaria se extendió más allá de esta pieza —entre otras muchas cosas, de su pluma salió un relato de resonancias existenciales, La Metempsicosis, y no dejan de resultar interesantes los apuntes sobre sus experiencias consulares en el continente asiático, que recogió en su Viaje a China—, pero es probable que él mismo fuese consciente de que su principal hazaña era la de erigirse en pionero de las odiseas espacio-temporales. Eso se infiere, al menos, de las palabras que pone en boca del protagonista de El Anacronópete: «Hay que reconocer que mi obra tiene por lo menos un mérito: el de que un hijo de España se haya atrevido a tratar de deshacer el tiempo.»

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