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El fin del mundo nos ofrecerá bella literatura

El fin del mundo nos ofrecerá bella literatura

Si aceptamos que la lengua oficial de Europa es la traducción, lo primero que tendríamos que preguntarnos es si ser capaces de traducirnos unos a otros nos asegura que seamos capaces de entendernos unos a otros. Como la pregunta es retórica, no hace falta que fabriquemos respuestas. Desde fuera, es posible que todos los europeos —al menos los de Estados pertenecientes a la Unión Europea— proyectemos una imagen similar, como suele sucedernos a los occidentales con los chinos, que nos parecen iguales; desde dentro y mirándonos cara a cara, somos miembros de familias infelices porque cada cual es infeliz a su manera, a diferencia de lo que sucede con las familias felices, muy parecidas entre sí. La infelicidad alemana es distinta de la infelicidad griega y también la belga y la italiana tienen poco o nada en común. Europa, de hecho, es infeliz de múltiples maneras y debería escribirse E-U-R-O-P-A, sin permitir que las letras de su nombre se toquen, para no olvidar cuánto nos separa a escala nacional y en algunos casos incluso a escala regional. No sé qué sería de nosotros, los europeos de esta parte del continente, si intentásemos procesar nuestros lazos de unión con los abjasos, los georgianos, los armenios o los azerbayanos, con quienes apenas tenemos relación. Seguramente se nos fundirían los plomos.

El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov intenta establecer las diferencias entre los europeos en su novela Las tempestálidas. Primero nos analiza de manera individual, atendiendo a los casos de Alzheimer y devolviendo a los pacientes una parte de su pasado, pero muy pronto el análisis se vuelve colectivo porque cada país quiere recuperar su arcadia temporal. A cada nación se le permite volver a su periodo de mayor esplendor, para superar así la tristeza global del continente y borrar los malos presagios. Gana la década de los ochenta del siglo pasado por goleada, aunque la de los noventa le siga de cerca. ¿Quién querría repetir el siglo XIX, parcial o totalmente? ¿El XVIII? ¿O el XVII? Y no digamos el siglo XX hasta la reconstrucción y reconfiguración geopolítica de Europa, con la desaparición de sus dictaduras, la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. Teniendo todo esto en cuenta, a los europeos nos queda muy poco tiempo para la nostalgia si hemos de pensar cuándo vivíamos mejor que ahora mismo. Nuestro problema, claro, es el ahora mismo. El ahora mismo y el futuro. Recelamos tanto del presente como del porvenir. Recelamos tanto del presente y el futuro en la novela de Gospodínov como para no importarnos las estrecheces de un pasado glorioso de apenas un lustro o una década, nuestra historia —la historia de los diferentes países de Europa— no da para mucho más. Quizás lo que nos sucede es que hemos dejado de pensar.

"De Dario Džamonja no tenía noticias hasta la aparición de Cartas desde el manicomio, hace unas semanas, gracias al trabajo instigador de Marc Casals y a la complicidad de Sajalín Editores"

Las tempestálidas dibujan un cuadro mental europeo digno de una película de terror. Vivimos, según parece, en un tiempo tan catastrófico como para que incluso las catástrofes de nuestro pasado nos parezcan preferibles; preferimos refugiarnos en una nostalgia temporal reducida antes que enfrentarnos con nuestra capacidad transformadora —la que hasta ahora nos había caracterizado— a un presente y un futuro que parecen habernos vencido definitivamente. Intentar entender todo esto no es tarea fácil a no ser que, además de a Gospodínov, hayamos leído a Danilo Kiš, Dubravka Ugrešić o Dario Džamonja. ¿Por qué? Porque cada uno de ellos fue un triunfo personal de la literatura sobre la nacionalidad, la religión o el sexo, pero también un fracaso de Europa. Danilo Kiš, por ejemplo, era un escritor cosmopolita al que el aparato comunista de la antigua Yugoslavia acusó de plagio y empujó al exilio, condenándolo a partir de entonces a ser un alma que arrastra un cadáver, como les sucedió a Dubravka Ugrešić y Dario Džamonja durante las guerras de los Balcanes, al tener que irse ella a Holanda y él a Estados Unidos. Como escritores, los tres comenzaron sus carreras saqueando en Jorge Luis Borges, las vanguardias rusas y el realismo sucio estadounidense, con el viejo sueño de ser luego capaces de cambiar el mundo, tal como antes la literatura los había cambiado a ellos, haciendo que la nacionalidad indicada en sus pasaportes pasara a un segundo plano de sus identidades. Tuvieron el mundo en sus cabezas y sus cuerpos en Yugoslavia hasta que algo se torció y ese delicado equilibrio se fue al traste.

De Dario Džamonja no tenía noticias hasta la aparición de Cartas desde el manicomio, hace unas semanas, gracias al trabajo instigador de Marc Casals y a la complicidad de Sajalín Editores. Marc Casals hace aquí el papel de traductor y prologuista, para situar a Džamonja en un contexto vital y literario comprensibles, y Sajalín Editores amplia el campo de acción de su modélico catálogo, añadiendo un escritor borracho y sarajevita a los criminales, adictos, perdedores y parias que había publicado con anterioridad en su colección “Al margen”. Estamos ante un narrador al que los temas literarios, la física cuántica, la inteligencia artificial o la moral, nuestra moral, le interesan bien poco. Su mundo es diminuto y quebradizo. Quizás por eso sus relatos son breves y porosos, sin principio ni final, como si solo quisieran servir de puente entre las cosas, para unirlas y que así tengan sentido. Observemos, por ejemplo, el relato Gente de fiar. En él, un refugiado bosnio en el medio oeste americano habla por teléfono con un amigo, también refugiado bosnio, que vive en Florida. Después de una conversación sin nada relevante que contarse el uno al otro, el del medio oeste decide coger un autobús y pasar unos días con el de Florida. Nada de esto tendría mucho sentido si no supiésemos que el refugiado bosnio del medio oeste es un ex convicto, su agente de la condicional acaba de irse a un congreso, está harto de su trabajo (como el refugiado bosnio de Florida), acaba de recibir un salario por encima de lo normal gracias a las horas extra, es un alcohólico tan recalcitrante como para rellenar botellas de Coca Cola con whisky que le permiten beber donde le plazca y sube con una al autobús, dispuesto a soportar los próximos dos días entre malos olores y compañeros de viaje con sobrepeso. Como en las grandes narraciones y a diferencia de la literatura posmoderna (más teórica y ensimismada con su posible brillantez), Džamonja es como una esponja y va recogiendo cuanto encuentra a su paso, dejando claro que ni el mundo está hecho a su voluntad ni sería recomendable que así fuese. Sus relatos son en apariencia lineales, trazan la distancia entre dos puntos pero no necesariamente la más corta. En eso se diferencian de la literatura oral y de los cuentos tradicionales. Van en busca de lo inesperado, de la epifanía, a la manera de Chejov o Joyce, aunque con un estilo entre lo periodístico y el diario íntimo, desnudo y directo, propio de la literatura norteamericana desde Sherwood Anderson, con el sarcasmo brutal de Flannery O’Connor, sin patetismo, sin hacer prisioneros, caiga quien caiga, solo apegado a la ciudad de Sarajevo, como si fuera de ella la vida no resultara posible y por mucho que allí la vida fuera absurda.

"Prefiere una pequeña ciudad en un país pobre a cualquier gran ciudad en un país riquísimo, una vida precaria en un entorno pobre a una vida precaria en un país capitalista"

Cartas desde el manicomio nos recuerda que la literatura es un oficio de alto riesgo, perseguido por gobiernos intransigentes, a veces incluso por los propios escritores (que se odian entre sí de una manera desproporcionada y a menudo inexplicable) y por circunstancias personales. Džamonja es de los últimos. Todo lo narra en primera persona y, da igual si pretende esconderse tras una máscara o no, siempre se refiere a cuanto sucede en el radio de acción de su mirada y en la periferia de su corazón, a prueba de balas. Es como Joe Gould, el vagabundo a quien conoció Joseph Mitchell y que le inspiró las dos piezas recogidas en El secreto de Joe Gould. Una narración y dos narradores. Gould era un fabricante de cuentos chinos y un alcohólico, cuya obra Historia oral de Estados Unidos estaba dispersa en cuadernos dispersos por la ciudad de Nueva York; Mitchell era un novelista frustrado y también un alcohólico, cuya obra estaba igualmente dispersa, en su caso en cientos de artículos periodísticos. No es posible leer a uno sin leer al otro, a uno por escrito y al otro oralmente. Los dos son un producto de la misma ciudad, Nueva York, y la misma cultura, la estadounidense de mediados del siglo XX. Solo es posible entenderlos juntos, porque por separado serían como las dos mitades de una pieza de fruta desangrándose y oxidándose sin dejar nada tras de sí. Una alquimia similar se puede notar en el libro de Džamonja, escrito entre el exilio y su regreso a casa, desde su huida de Sarajevo durante el asedio que sufrió por parte de los serbios en los años noventa y su regreso antes de que comenzase el nuevo milenio. «Prefiero morir como escritor en Sarajevo que como cocinero en América», dice. Prefiere una pequeña ciudad en un país pobre a cualquier gran ciudad en un país riquísimo, una vida precaria en un entorno pobre a una vida precaria en un país capitalista. En Sarajevo te destruyes tú solo, parece insinuar, y en Estados Unidos te destruye el sistema. En Sarajevo no tienes dinero (que tienes que robar a tu abuelo) pero no te faltan amigos; en Estados Unidos no tienes amigos y cuando cumples cincuenta años tú mismo te envías un ramo de flores al trabajo para despistar a tus compañeros, porque nadie más se acordará de ti y porque realmente allí nadie conoce a nadie.

"Džamonja, que murió poco después de haber escrito las piezas que componen estas Cartas desde el manicomio, a la edad de 46 años, nos parece él mismo un campo de batalla"

La voz que nos habla en este libro no es informativa, como suele ser habitual si alguien se convierte en el narrador oficial de una ciudad, un país o una cultura. Y parece tener buena memoria seguramente por albergar en ella escasas pertenencias: algunas calles y barrios de Sarajevo, un grupo de amigos alcohólicos en su mayoría, borracheras de campeonato y alguna guinda literaria, como aquí un concierto de Joan Baez al que lleva a un amigo con la promesa de llegar a la puerta, hablar con el portero, darle un recado para ella y esperar que poco después el portero regrese con dos entradas gratis, tal como sucede. Estamos ante un narrador imprevisible porque es auténtico, un narrador que cree estar regalándonos un mapa del tesoro trazado a partir de cuanto nos va relatando y que transforma nuestra posible idea de Sarajevo en cualquier cosa menos en un inventario de bibliotecas bombardeadas, víctimas de francotiradores o intelectuales comprometidos que actúan y escriben a favor de los sarajevitas sitiados por los serbios. Al final, Džamonja, que murió poco después de haber escrito las piezas que componen estas Cartas desde el manicomio, a la edad de 46 años, nos parece él mismo un campo de batalla donde el alcohol y el humo de los cigarrillos sustituyeron a la artillería y los bombardeos, un campo de batalla del que, sin embargo, quedan intactos su sentido del humor y la autocrítica, los lamentos por haberse ido de Sarajevo y haber regresado, su incapacidad para encajar en el sistema americano pero su delicadeza a la hora de describir a los hijos desarraigados que produce, sus remordimientos por haber sido un mal marido y un mal padre, por su lucha contra la nostalgia y contra los malos presagios, y la intuición que le llevó a practicar la literatura pese a no ser el mundo para el que estaba destinado y convertirse en el cronista de una ciudad con más borrachos que lectores.

A los escritores de la Europa Central y Oriental siempre los he visto de una forma miope, he de reconocerlo. Conozco a sus clásicos mayormente porque antes los leyeron Juan Eduardo Zúñiga y Sergio Pitol, dando luego cuenta en libros como El anillo de Pushkin o El arte de la fuga, respectivamente. Llegué a ellos a través de otros que antes habían huido de sus países y de circunstancias personales gracias a la traducción o a pertenecer al mundo diplomático. De ahí que a ese tipo de literatura, a efectos íntimos, siempre la haya considerado una literatura de la huida, un refugio, la constatación de que había y hay Europa más allá de Europa. Como en nuestras literaturas, ya sean la española o la francesa, en las de la Europa Central y Oriental también hubo escritores oficiales y escritores desterrados. Por un lado estaban Thomas Mann o Stefan Zweig y por otro Robert Walser o Franz Kafka. Los primeros conferenciaban, opinaban y actuaban como representantes de Estado, y los segundos se movían por oscuros callejones, sonámbulos. A los primeros les concedían todo tipo de distinciones mientras los segundos se reunían en modestos cafés o paseaban por las inmediaciones del psiquiátrico donde los habían confinado. Parecían miembros de mundos diferentes, aunque todos ellos (e incluyo a Dario Džamonja en el lote) ofrecieron, en palabras de Thomas Mann, «un testimonio de haber llegado al último límite, de alcanzar resueltamente la meta que lleva el signo de lo extremo, que es cuando uno decide abandonar la facilidad para vivir y para hacer sus cosas y toma el camino contrario». Eduardo Chillida lo explicaba mejor cuando, en una entrevista con Félix de Azúa, contó que en su juventud le aterró un día darse cuenta de la falta de dificultad que tenía para esculpir y entonces decidió, atemorizado por su extraordinaria destreza con la mano derecha, trabajar con la mano izquierda.

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Autor: Dario Džamonja. Título: Cartas desde el manicomio. Traducción: Marc Casals. Editorial: Sajalín. Venta: Todos tus libros.

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