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El gotelé está pasado de moda

El gotelé está pasado de moda

Nueva entrega de Mi vida por delante, la sección de textos publicados en Instagram por Emili Albi.

Cuando era pequeño buscaba figuras en el gotelé, como si esos grumos de pintura fueran nubes y yo practicara el fenómeno de la pareidolia en miniatura. Y veía un montón de cosas.

El gotelé lleva muchos años pasado de moda, y es difícil encontrárselo por ahí, pero cuando me choco con uno, paso mi mano por su superficie de oleaje y celebro la magia que ya no está.

Hoy ya no veo nada. Ni en las paredes, que ahora son lisas como la cáscara de los huevos, ni en las nubes, hace tiempo que no me tumbo a mirar el cielo. Pero no es nada malo, ahora miro algo mucho más mágico: miro a mis hijos y su asombro cuando descubren allí arriba una ballena cabalgando sobre un perro, un caracol libando de una flor o a Papá Noel montado en un ratón.

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De todos los juegos infantiles, creo que mi preferido es el globo. Me flipa de toda la vida, hablo del globo humilde, del de las fiestas de cumpleaños, el de colores deslavados, el que adquiere esa característica forma de pera si uno se pasa al hincharlo, el relleno de CO2, no me refiero a esas pijadas de feria llenas de helio cuyo único incentivo es aspirar su interior y hablar como los minions. Hablo del humilde. El que cuando se acaba la fiesta se olvida detrás de un sofá y se encuentra días después con esa apariencia y tacto de hongo o de alga o de organismo no terrestre.

Esos que explotan bajo los pasos de los niños y provocan sustos cargados de risas.

A mis hijos también les flipa. Y es que el globo es todo potencia. Son como aquellos juegos reunidos de nuestra infancia que nos parecían el puto Aleph de Borges, continentes de todo lo posible. Con un mero globo, mis hijos pueden ser jugadores de voleibol, futbolistas, embarazadas, tenistas, malabaristas…

Cuando los veo jugar no puedo evitar recordar al Chaplin de El Gran Dictador, dándole al globo terráqueo con el culo, feliz bajo el hechizo fatal de jugar a su antojo con el mundo. Como el ser humano es un bicho simbólico, quizá, me digo, sea tan buen juguete porque represente justamente eso, el mundo, y, al igual que los cachorros de león juegan entre ellos a cazarse, los cachorros de humanos jugamos a darle mamporros a nuestro propio planeta. Jugamos a la dominación. A la arbitrariedad.

Yo prefiero pensar que mis hijos lo flipan con el globo porque representa jugar con lo imposible: el aire. Y es que eso hacen al final, ¿no? Se pasan el aire, ven el aire, lo tocan, golpean el aire, hacen girar el aire. También me gusta lanzar un puente con lo que hace su padre, que es jugar con algo que comparte con el aire su naturaleza invisible e imposible: las palabras, las ideas y eso, aún más invisible que el aire y todo lo demás, algo tan transparente que, todavía hoy, no se puede nombrar.

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En un pasaje maravilloso, y un punto inquietante, de «El infinito en un junco», @irenevallejomoreu cuenta que tanto griegos como romanos tenían la creencia de que cuando un texto era leído, su autor venía a poseer al lector y ponía la voz de este a su servicio. Y esto era posible a pesar de que el escritor llevara siglos muerto o de que viviera a estadios de distancia. Es decir, aquel uso, un punto impúdico, del lector, era invulnerable a las leyes del tiempo y el espacio. Por esto, explica Irene, los más «idóneos» para aquel trabajo eran los esclavos.

La actividad lectora, continúa, solía ser objeto de metáforas (en obras literarias que van desde Platón hasta Catulo) que la vinculaban con la «prostitución o con el compañero pasivo en las relaciones sexuales». Era percibido, pues, como un acto concupiscente, y su abuso, claro, podía caer en el lúbrico y resbaladizo terreno de lo vicioso y lascivo.

Muchas veces, al leer, he fantaseado, desde la razón literaria, justamente con esto, con que el autor del que se tratara había allanado mi mente. Eso sí, con mi voluntad, e incluso con mi deseo. Me ha hecho gracia, pues, leer estos párrafos que emparentan la lectura con la posesión y lo libidinoso. Quizá la lectura sea el trasunto de la masturbación física para el alma (¿y la conversación el coito?).

El hecho de ser editor, que, simplificándolo mucho, se podría reducir a que me pagan por leer, me ha llevado a pensar que el origen de mi oficio está muy cerca del de la prostitución. Y no me puede gustar más. Soy abolicionista, pero hay pocas personas que merezcan más mi respeto que las putas.

Lo que está claro es que a partir de ahora, cuando lea las obras de mis autores y me introduzca, con su permiso y de su mano, en la edición de sus novelas, viviré con mucha más intensidad el acto literario y seré más delicado en las formas. Mi trabajo será más excitante. Y lo haré, ay, con más amor.

¡Gracias, Irene!

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La primera vez que fui a Barcelona fue en el 93, yo tenía 14 años y recuerdo a mis padres comentar la brutal transformación de la ciudad tras los JJ.OO. Después de esa fecha la he visitado mucho. Trabajo en una empresa catalana y voy a menudo, aunque normalmente son viajes de ida y vuelta. Comento todo esto porque jamás conocí la Barcelona previa a las Olimpiadas y, sin embargo, esa es mi favorita. Aquella ciudad de barrio, de charnegos buscándose la vida y granujas y golfillos planeando golpes imposibles con los que salir de la miseria, de pensiones regentadas por señoronas viudas, de ancianos seniles que fuman caliqueños y saltan de taberna en taberna avivando su locura, de represaliados de la guerra aplastados por la derrota, de maquis que bajan ‪de madrugada‬ a la ciudad para ver la luz encendida del que fue su dormitorio y soñar que acarician a sus esposas. Esa Barcelona que he recorrido de la mano de Marsé, de Mendoza, de Pla o de Vázquez Montalbán. La ciudad portuaria y cruda, la industrial, un punto gris y con olor a coliflor en la escalera de vecinos. La de la muchacha de Almería que sirve en casas, la de las prostitutas murcianas. Esa ciudad que ya no existe. Esa que desapareció aplastada por la suela de Samaranch y Maragall y renació luminosa, pero un poco artificial, como un tubo de neón.

© Gitanilla (1950) Català-Roca

En El embrujo de Shanghai, Marsé escribe en voz de su personaje Daniel que “así, con el tiempo y casi sin darme cuenta, el escenario vital de mi infancia se me fue convirtiendo poco a poco en un paisaje moral, y así ha quedado grabado para siempre en mi memoria”. Y creo que es por esto, porque la literatura eleva las ciudades a ideas (con su ética y su estética) que prefiero esa Barcelona recordada por otros y ya muerta, que jamás pisé, ni olí, ni saboreé, ni toqué, esa Barcelona que conozco y experimento mejor que esta, la actual, luminosa y vibrante. Esa.

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