La prosa tremenda y afilada de Richard Matheson ha encontrado un buen compañero de viaje en el francés Jan Kounen. Llama la atención que El hombre menguante, la lujosa adaptación francesa de la novela original, no adopte la estética tarantinesca de sus obras más conocidas (y casi únicas), Dobermann o el clímax lisérgico de su discutida adaptación de Blueberry (cosa que hubiera sido totalmente comprensible en este caso). Al contrario, y acercándose a la angustia existencial de Matheson, el hombre menguante ha perdido el adjetivo “increíble” en el título, disminuyendo la apuesta circense del relato. La del francés es una película técnicamente perfecta pero dramática y melancólica, sostenida, eso sí, por algunas amenos segmentos de acción para recoger el testigo de imágenes míticas del clásico de Jack Arnold de 1957.
El hombre menguante que protagoniza Jean Dujardin procura sostenerse en el descorazonador relato en primera persona de un náufrago en su propia casa, y funciona como una alegoría de los cambios de estado inevitables en la vida. Perdido a plena vista en el sótano, el de Paul es un viaje hacia la soledad más absoluta en tanto, con su disminución de tamaño, su convivencia se vuelve irremediablemente imposible. De 1,90 a una mota de polvo, el hombre común deja de ser, simplemente, importante según se vuelve más pequeño. Una suerte de vuelta de tuerca al horror corporal de Cronenberg cuando reflejaba el pavor de la degeneración física en La Mosca.
Hay escenas de fantasía romántica y descorazonadora en la película, que además sostiene su duración a poco más de 90 minutos en lo que podríamos calificar un homenaje a la serie B de antaño. La terrible mirada de adiós entre los dos amantes en la cama, ella gigante y él a los pies de la mesilla, los sucesivos combates con el antagonista del film, una pequeña e insistente araña convertida en némesis de Paul, y en general, el escalonamiento entre ciencia y ficción de la película (primero pruebas médicas, luego un largo segmento aventurero hasta un desenlace crecientemente filosófico), resultan satisfactorios… siempre que el espectador no espere un irónico espectáculo de acción y efectos especiales.
El hombre menguante pasa por ser una sentida reflexión sobre nuestro sometimiento a leyes universales, la búsqueda imposible del sentido último del universo y de la vida… y como juguete fílmico, pone en jaque la imaginación y el sueño como fuerzas a valorar en semejante combate. Una gozada si alguna vez pensaron en el Náufrago de Hanks y Zemeckis como la gran obra maestra de su década que en realidad es.



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