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El hombre que derribaba montañas

El hombre que derribaba montañas

En El vientre de la Tierra, Elio Quiroga —director y guionista de cine, profesor universitario y escritor— se adentra por primera vez en la novela histórica con un notable ejercicio de rigor técnico y documental, unido a una clara ambición narrativa. El autor pone el acento en un aspecto fundamental y a menudo olvidado de las culturas prerromanas del norte de Hispania: el saber casi sagrado que los astures poseían sobre la extracción y transformación de los metales nobles, en especial del oro. En este marco simbólico surgen los llamados “sacerdotes de la tierra”, dominadores del poder del agua, capaces de alcanzar la médula de la cordillera y derribar montañas. La obtención del oro era concebida como un acto mágico que tenía lugar en un espacio cargado de significado: el “vientre de la tierra”.

Mucho antes de la llegada de Roma, las tribus astures dominaban complejas técnicas mineras y metalúrgicas que les permitían extraer el oro tanto de los ríos como del interior de las montañas. No solo conocían el beneficio del bronce (aleación de cobre y estaño), sino que sabían identificar otros metales —oro, plata, plomo y hierro— y transformar las pepitas de oro en finas láminas destinadas a la orfebrería. De ese conocimiento surgieron torques, fíbulas y otros adornos rituales estrechamente vinculados a una sociedad de marcada impronta matriarcal. Las numerosas joyas halladas en excavaciones arqueológicas y conservadas hoy en los museos Arqueológicos de Asturias y León, o en el Nacional de Madrid, constituyen una prueba indiscutible de ese avanzado dominio técnico.

"El autor describe con precisión técnicas mineras como la ruina montium, supuestamente creada por los astures y posteriormente utilizada por Roma, que permitieron mantener minas activas durante siglos"

Quiroga acierta plenamente al convertir este legado ancestral en el eje vertebrador de la novela y al encarnarlo en su protagonista, el astur Ábile —romanizado como Ábilus—, heredero de una sabiduría transmitida como secreto tribal. El hecho de que el joven sea elegido como discípulo del maestro minero y depositario del conocimiento del arte de arrancar el metal de las entrañas de la tierra confiere al relato una dimensión casi sacerdotal. El oro no es aquí un mero recurso económico: es rito, poder y magia; algo que pertenece al ámbito de los dioses antes de convertirse en objeto de codicia humana.

La novela sitúa la acción alrededor del año 19 a. C. y narra de manera verosímil el proceso de aprendizaje de Ábilus como heredero y depositario de los secretos de la obtención del oro, así como su vida militar, al ser obligado a convertirse en legionario romano. Quiroga relata las tribulaciones del astur y cómo se gana poco a poco la confianza, primero de los trabajadores de la mina y, posteriormente, la del legado del ejército romano, gracias a la experiencia y los conocimientos que ha ido adquiriendo en la dirección de los trabajos mineros. Todo cambia para Ábilus cuando el legado descubre que no solo conoce el secreto de la obtención del oro, sino también la ubicación del yacimiento aurífero en las tierras de los astures. A partir de ese instante, todo se transforma para el protagonista y asistimos al relato de cómo construye la que llegará a ser la mayor mina de oro del Imperio romano. La trama conduce al lector por senderos de intriga, traición y suspense, al tiempo que desnuda una época dura en la que los hombres afrontaban la vida con intensidad y una inquebrantable voluntad de vivirla con plenitud.

El autor describe con precisión técnicas mineras como la ruina montium, supuestamente creada por los astures y posteriormente utilizada por Roma, que permitieron mantener minas activas durante siglos.

"Espacios como el monte Teleno, Las Médulas, La Cabrera, los montes Aquilianos o el río Sil adquieren así una presencia casi mítica"

En un primer momento, los yacimientos auríferos de origen aluvial se explotaban mediante el cribado de las arenas de los cauces fluviales. Cuando estos depósitos se agotaron, los astures optaron por excavar túneles y conducir grandes caudales de agua hacia su interior, acelerando un proceso que ya se producía de forma natural. Así, mediante escorrentías forzadas, se erosionaban y comprimían amplias zonas del interior de las montañas hasta provocar su colapso. Las avalanchas de barro arrastraban las partículas de oro, que luego eran separadas mediante procesos de lavado y decantación por gravedad, dado que el metal precioso, más pesado, se depositaba en el fondo frente a las tierras areniscas y cuarcíticas que lo contenían y quedaba atrapado en los filtros dispuestos a lo largo de las balsas de decantación.

En el relato se citan, entre otros, a Vitruvio, Mecenas, Estrabón, Agrícola y Octavio Augusto. Hoy, gracias a la obra del militar, naturalista y escritor Plinio el Viejo y, en particular, a su recopilación titulada Historia Natural, conocemos la magnitud de una actividad que, según el propio autor, en su época como procurator metallorum del noroeste de Hispania (director-administrador) llegó a representar entre el 6 y el 9 % del PIB del Imperio romano durante los exitosos tiempos imperiales de Vespasiano y Trajano. Espacios como el monte Teleno, Las Médulas, La Cabrera, los montes Aquilianos o el río Sil adquieren así una presencia casi mítica. De manera especial, la explotación de Las Médulas —mina de oro trabajada primero por los astures y posteriormente por los romanos durante unos doscientos cincuenta años— merece una atención singular.

"Más allá del dato histórico, El vientre de la Tierra sobresale por su capacidad para recrear el ambiente físico y moral del trabajo minero, una labor dura, sucia, peligrosa e incierta"

Esta mina, situada en la comarca de El Bierzo y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997, alcanzó —siempre según Plinio— en su periodo de máximo rendimiento una extracción de unas veinte mil libras de oro anuales, equivalentes a aproximadamente nueve toneladas, aunque resulta más realista considerar una media de entre cuatro y cinco toneladas al año.

Para dimensionar la magnitud de la obra hidráulica asociada a la minería de Las Médulas, durante toda la vida de la mina se construyeron más de seiscientos kilómetros de canales, provistos de centenares de esclusas, balsas y depósitos de almacenamiento, destinados a conducir el agua procedente del río Sil, de las balsas de deshielo del monte Teleno y de los ríos de los montes Aquilianos de León hasta la mina.

Existe, además, un hecho que confiere un aura de misterio a la explotación de Las Médulas: la mina cesó su actividad de manera brusca, sin que se conozcan los motivos que llevaron a su abandono.

"El hecho de que estas explotaciones se mantuvieran activas durante bastante más de dos siglos da idea del prolongado proceso de romanización del cuadrante noroeste de Hispania"

Más allá del dato histórico, El vientre de la Tierra sobresale por su capacidad para recrear el ambiente físico y moral del trabajo minero, una labor dura, sucia, peligrosa e incierta. Los derrumbes, el “trueno de la tierra” que precede al hundimiento de las montañas, los turnos de vigilancia, las estrategias para evitar el robo del metal y la constante conciencia de que la vida del minero “es cualquier cosa menos certeza” atraviesan la narración y la dotan de una tensión sostenida. El autor refleja con acierto el espíritu, el clima y los conflictos inherentes a un trabajo extremo que los mineros debían afrontar a diario.

La novela también narra el interés de Octavio Augusto por dominar las tierras de cántabros y astures. El Bellum Cantabricum (las Guerras Cántabras) se planteó como una guerra de conquista para hacerse con los recursos minerales del norte peninsular. Augusto consideraba imprescindible contar con una región pacificada para poder extraer y transportar a Roma el metal necesario para acuñar el áureo, moneda de oro destinada a sostener el vasto comercio imperial y, a la par, hacerlo, como le ocurrió a su padrino Julio César, inmensamente rico.

El hecho de que estas explotaciones se mantuvieran activas durante bastante más de dos siglos da idea del prolongado proceso de romanización del cuadrante noroeste de Hispania. Buena prueba de ello es la fundación de ciudades como Astúrica Augusta (Astorga), Legio (León), Lucus Augusti (Lugo), Saxum (Gijón), Auria (Ourense) o Bracara Augusta (Braga), así como la progresiva transformación de los castros celtas, próximos a las explotaciones auríferas, en asentamientos romanizados sin perder del todo su configuración original.

"Solo me queda felicitar a Quiroga por la brillante y cuidada exposición, por la construcción de una ficción verosímil y por unos personajes sólidamente trazados, en los que la intriga crece de manera constante"

Quiroga construye, en definitiva, una magnífica novela de ficción histórica sobre el tránsito de un mundo ancestral hacia otro en el que irrumpe el progreso asociado a la romanización y sobre cómo los secretos de los dioses acaban en manos de los hombres a través de una minería que no era solo un trabajo, sino también un arte y una ciencia primigenios. El vientre de la Tierra ofrece una mirada poderosa a una civilización que, hace más de veintidós siglos, fue capaz de derribar montañas y, al mismo tiempo, de otorgar un sentido sagrado a cada gramo de oro arrancado de las entrañas del suelo.

El gran acierto del autor reside en mostrar ese secreto tribal donde se funden magia, ciencia y técnica ancestral, así como los complejos trabajos de extracción y laboreo necesarios para obtener el beneficio del metal.

Solo me queda felicitar a Quiroga por la brillante y cuidada exposición, por la construcción de una ficción verosímil y por unos personajes sólidamente trazados, en los que la intriga crece de manera constante. Resulta fácil imaginar que, para que estas explotaciones se mantuvieran activas durante tantos años, debieron de existir ingeniarii como el protagonista y procuratores metallici romanos con la visión necesaria para sostenerlas. Conviene recordar, además, un detalle significativo: en el periodo descrito, los trabajos mineros eran realizados por nativos astures y legionarios que recibían un estipendio por su oficio; la mano de obra aún no era esclava.

La historia que narra Quiroga puede entenderse, en suma, como un justo homenaje a uno de los principales patrimonios heredados tanto del pueblo astur como del Imperio romano.

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NOTA DEL AUTOR

Dada la magnitud de la actividad minera desarrollada en el cuadrante noroeste de Hispania, he considerado oportuno complementar la excelente recreación literaria que ofrece Elio Quiroga con algunos datos y explicaciones técnicas. Mi propósito es contribuir a una mejor comprensión de la verdadera envergadura de aquella labor y, al mismo tiempo, invitar al lector a adentrarse en la lectura de El vientre de la Tierra.

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Autor: Elio Quiroga. Título: El vientre de la tierra. Editorial: Diéresis. Venta: Todos tus libros.

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