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El hombre que le escribió los diálogos al marqués de Leguineche

El hombre que le escribió los diálogos al marqués de Leguineche

Una vez mi “negro” se encontró de frente con don Rafael Azcona (tengo “negro” porque soy incapaz de escribir, así que necesito que lo hagan por mí). Alguien se preguntará quién es DON Rafael Azcona. Pues uno capaz de escribir: el Guionista Español Por Excelencia. Murió hace ya doce años y si no llevaba firmados centenares de guiones, llevaba unas docenas. Y no sólo en España: también en Italia y Francia. Entre sus guiones españoles se cuentan los de dos películas que dirigiera José Luis Cuerda, El bosque animado, a partir de una novela inolvidable de Wenceslao Fernández Flórez, y La lengua de las mariposas, en base a un relato de Manuel Rivas que no he leído. Participó en el guión de la Belle Époque de Trueba, que en 1993 coronó el Tourmalet del Oscar, y en los de diez películas de Berlanga, poca broma. Además son suyos los guiones de un número no menor de títulos llevados a la pantalla por Marco Ferreri, uno de los santones del cine italiano. O sea, de la historia del Cine.

"Azcona y Berlanga parieron, entre otros títulos, Plácido, El verdugo y la trilogía Nacional"

La máquina de escribir de Azcona tendría que estar en el museo del Prado. Es comprensible que mi “negro” se quedara perléptico cuando vio al guionista de guionistas fumando un gitanes en un banco del paseo de los Santos Padres Recoletos. Estaba solo y parecía pensar en las musarañas, parapetado detrás de sus gaforras mientras disfrutaba de la tibieza del primer sol de la primavera. Mi “negro” me ha confesado que sintió la tentación de importunarle, pero que no quiso enturbiar la transparencia de la mañana madrileña, así que se limitó a recordar que, miles de años atrás, Azcona había inventado en La Codorniz al Repelente niño Vicente, una institución. Y también que un italiano que vendía cafeteras, el ya mencionado Marco Ferreri, le había enseñado a escribir películas; el entonces joven representante comercial estaba deseando mandar las cafeteras a paseo y gustaba tanto de Azcona y sus maneras que juntos terminaron pergeñando El pisito, primero, y El cochecito, después; por su parte el joven Azcona, que era de Logroño, como los pimientos, soñaba escribir novelas como las de Mika Waltari y Cornelius Ryan, que en la época hacían furor. La cosa no cuajó porque cuando Luis García Berlanga vio El pisito y El cochecito se dijo que tenía que trabajar con aquel tío. Y lo logró: en los treinta años siguientes, Azcona y él parieron, entre otros títulos, Plácido, El verdugo y la trilogía Nacional, con la triste y descacharrante historia del Marquis of Leguineche & Son, end of the saga).

Azcona entre López Vázquez y Carlos Saura en un plano de «El cochecito»

La crítica siempre ha destacado la compasión que Azcona siente hacia los personajes que crea, así como la crudeza que pone al pintar la situación que los envuelve. En este sentido, entre las películas con guión de Azcona, tanto mi “negro” como yo elegimos Suspiros de España y Portugal y Siempre hay un camino a la derecha; en realidad se trata de una sola película en dos partes, a saber cuál más divertida y atrabiliaria (y a saber cuál más recia y carpetovetónica). Azcona escribió ambas de un tirón y después las puso en pie un azconiano de estricta observancia, José Luis García Sánchez, que ya tenía en su haber otras dos películas, al menos, con guiones de Azcona, El vuelo de la paloma y La corte de Faraón (con un insólito Antonio Banderas pre-Hollywood). No sé mi “negro”, pero por mi parte no puedo evitar ver el binomio Suspiros como el salvaje testamento vital de un escritor de cine cuya perspicaz visión de España, y de este perro mundo en general, es comparable a las de Valle, el Arcipreste, Quevedo, el anónimo autor del Lazarillo o el mismísimo Cervantes.

"Porque Rafael Azcona es el brillantísimo arquitecto de sólidas historias tan magníficamente construidas que seguirán conmoviendo por los siglos de los siglos"

Diré, para terminar, que la gran verdad sobre Azcona la habría expresado Antonio Giménez-Rico, cineasta y popular colaborador de José Luis Garci en Qué grande es el cine. Recientemente fallecido, una vez rodó un guión de Azcona, Soldadito español, y Gregorio Belinchón recordaba en El País el pasado 13 de febrero cómo solía comentar con humildad que con nadie había aprendido tanto como con Azcona. Su única obsesión, decía Giménez-Rico, era “construir bien la historia”.

Por eso exactamente mi “negro” se quedó embobado una mañana de primavera en Recoletos. Porque Rafael Azcona es el brillantísimo arquitecto de sólidas historias tan magníficamente construidas que seguirán conmoviendo por los siglos de los siglos. Y si hago tan arriesgada afirmación es porque esas historias, simplemente, están vivas ahora hasta el punto de que cada vez que un telediario desparrama “palpitante” actualidad sobre la mesa de la cocina, mi “negro” no puede evitar erguirse con los brazos en alto y gritar como un poseso mirando al techo “¡Azcona! ¡Vuelve! ¡Sólo tú puedes contarlo!”.

Azcona está vivo porque los seres humanos, y los españoles muy en particular, estamos hechos con la misma materia que él empleó para dar vida a sus sueños. Unos sueños divertidos, pero también de una lucidez hiriente: no pocas veces, de hecho, te hielan la sonrisa y te queda un rictus ridículo en mitad de la cara. “Pero ¿de qué coño me estoy riendo?”, exclamas aterrado en la penumbra de la sala. “Si ése soy yo…”.

Azcona vive.

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