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‘El ídolo caído’: Paraíso e infierno de la infancia

‘El ídolo caído’: Paraíso e infierno de la infancia

Durante un fin de semana, y tras marcharse el embajador en busca de su esposa, que ha estado enferma durante meses, Philippe, el pequeño hijo de los embajadores, se queda solo en la vacía embajada. El niño, que adora a Baines, el mayordomo, tanto como sufre la rigidez adusta de Mrs. Baines, se ve enredado en el complejo mar de las relaciones de los adultos, ya que Baines vive una aventura con Julie, una secretaria de la embajada, algo que sospecha su esposa, que finge un viaje para sorprender a la pareja de amantes. Cuando muere Mrs. Baines al caerse por la escalera principal, Philippe, que huye al ver fragmentariamente la caída y es recogido vagando por las calles por un policía, se ve atrapado entre la lealtad que siente por Baines, al que cree culpable, y quien le ha prevenido para que no hable de Julie ni de su presencia en la embajada, y la investigación policial que acecha las incongruencias de las declaraciones de Baines.

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Una película se define, al menos para mí, por el impacto visual de sus imágenes, la emoción que destila la acción o lo físico de sus personajes, que se te clavan en la retina del recuerdo y no te abandonan jamás. El ídolo caído (1948) es el rostro infantil del niño Philippe, con una soberbia impersonación de Bobby Henrey, un niño que no era un actor [1], un mapa de perplejidades, soledad, lealtad, temor, el espacio de una embajada vacía, un escenario para un drama doméstico, Philippe corriendo en pijama por las vacías calles de un Londres de posguerra, la viva infancia de una infancia desamparada y a la intemperie, una muerte entrevista por Philippe, como en flashes mientras huye por una escalera de incendios, una pareja en un pub semidesierto, una tarde cualquiera que hablan de adulterio y desamor en presencia de Philippe, que oye y no entiende, otra viva imagen de la intrusión intolerable del niño en un mundo de adultos.

De Carol Reed [2], los aficionados al cine solo suelen recordar El tercer hombre y, además, y de manera por completo inexacta e injusta, se le atribuyen los logros estéticos —esa atmósfera opresiva, expresionista y decadente de la Viena de la inmediata posguerra, ocupada por las cuatro potencias vencedoras— y temáticos —la reflexión sobre la lealtad y la traición de la amistad y el amor, la conciencia de la culpa moral o la ausencia de la misma— a Orson Welles, que con su fantasmal recreación de Harry Lime parece remitir a los oscuros personajes de dudosa moral —Kane, Arkadin, el Inspector— de la filmografía wellesiana. Pues bien, El tercer hombre es la obra de una pareja ciertamente singular, el cineasta Carol Reed —junto con Hitchcock en los años 30, David Lean, con el que tiene no pocos puntos de conexión, y Michael Powell y Emeric Pressburger, los grandes nombres del cine británico en los años 40 y 50— y el novelista, guionista y crítico de cine avant la lettre Graham Greene. La pareja nos legó tres películas a cual más interesante, amén de su famoso El tercer hombre: Largo viaje hacia la noche —una existencialista y noir visión de los conflictos irlandeses—, Nuestro hombre en La Habana — adaptación de la novela de Greene, una mirada moral sobre el espionaje— y esta El ídolo caído, que extraigo del Cofre del Pirata.

El ídolo caído es una película inclasificable. Podría ser un Hitchcock, por su dominio de la tensión suspensiva de un punto de vista, el de un niño que es dueño de secretos de adultos y que cree que ha visto un homicidio. Podría ser un Fritz Lang, un noir implacablemente moral sobre la perversión torcida de los deseos y del cerebro humano. O un melodrama de esos que filmaban Wyler, Cukor, Stahl, Borzage, Sirk, Minnelli, esos maestros de la regulación intensiva de las emociones. O una película de François Truffaut sobre un niño solitario y desatendido que se enfrenta a un dilema moral: traicionar a un amigo mintiendo o contar lo que cree que ha visto.

"El ídolo caído no es estrictamente una muestra del expresionismo estético y moral alemán, esa muesca artística del malestar existencial europeo de entreguerras"

El ídolo caído opera en tres segmentos creativos. Uno, el espacial: una embajada extranjera, posiblemente francesa, en el corazón de Londres, transformada durante un fin de semana en un escenario vacío, en el que teatral y un tanto fantasmalmente discurre la acción y deambulan, como náufragos o exiliados, los protagonistas del relato. Reed y Greene [3] cuentan en este caso con la colaboración inestimable del director de fotografía Georges Périnal, fotógrafo habitual de Michael Powell y Emeric Pressburger, que explora en una sugestiva gama de grises brumosos, luces y sombras esa embajada vacía, con los muebles ocultos tras sábanas, a media luz o en la más completa oscuridad. A diferencia de El tercer hombre, El ídolo caído no es estrictamente, aunque participe de algunos de sus elementos, una muestra del expresionismo estético y moral alemán, esa muesca artística del malestar existencial europeo de entreguerras, sino que se adentra más bien en el terreno del Henry James de Otra vuelta de tuerca, El rincón feliz y sus cuentos de fantasmas, principalmente porque discurre hitchcockianamente —un cineasta muy jamesiano— sobre un punto de vista, el de un niño contaminado por los secretos de los adultos, un niño sin padres: el embajador es un ser humano ausente y remoto y su esposa, la madre del niño, enferma, lleva largo tiempo alejada de su vida, y además la película se precipita sobre un abismo de turbiedad moral resguardada en una calculada ambigüedad.

El segundo elemento ya está apuntado: la mirada del niño y lo que esconde cuando cree ver cómo Mrs. Baines se precipita al vacío empujada por su esposo y muere. En el fondo El ídolo caído es una fábula moral, un cuento de líneas retorcidas, en el que se cuestionan valores a su vez retorcidos por el uso, como el adulterio y la venganza, el infierno de un matrimonio de conveniencia, la soledad, las fantasías infantiles, la lealtad o no de Philippe hacia Baines, su amigo y protector, frente a la Bruja Baines [4].

"En una secuencia escalofriante, Philippe escucha una susurrada conversación desesperada entre los amantes, mientras mordisquea una galleta"

Pero hay más, y en ello probablemente aparece la mano de Greene, obsesionada con la idea —de nuevo Hitchcock— de la culpa vinculada a la mentira, y no solamente al hecho intelectual de no decir la verdad, sino al de vivir una vida infringiendo códigos morales; como quiera que ello se vincula con la ingenua vida de un niño, la perversidad de la mentira produce efectos devastadores, porque el niño se verá envuelto en toda una conspiración de mentiras que acaban socavando su pureza de miradas, su inocencia, porque además lo anudan al mundo lejano e incomprensible de los mayores, en el que Julie, la joven secretaria de la Embajada, la amante de Baines, es designada por éste como su sobrina. El pequeño Philippe es un niño por completo desvalido porque vive en un frío mundo, en un bosque entrelazado de caminos que no llevan a ninguna parte, un niño alejado del calor de sus padres, enclaustrado en el opresivo mundo de una embajada, un extranjero en un país extranjero y que solo en Baines encuentra un calor de complicidad al que se aferra obsesivamente. Cuando le cuenta Baines una historia de cómo mató a un hombre en África, lo cree a pie juntillas. Si lo ve con una mujer o pasean con ella por Londres o en el zoo, cree que Julie es su sobrina, porque así se lo explica el mayordomo. En una secuencia escalofriante, Philippe, que ha seguido a Baines hasta un próximo pub, escucha sin prestar atención —no va a entender nada— una susurrada conversación desesperada entre los amantes: nosotros, espectadores, la oímos y la entendemos; Philippe la oye pero sigue ausente, en su mundo, mientras mordisquea una galleta.

Cuando oye el grito y ve caída a Mrs. Baines al pie de la escalera, la relaciona inteligentemente con la discusión de ella con su marido al borde de la escalera, y huye en pijama, mudo y aterrorizado por un Londres nocturno y amenazador de callejones y plazas desiertas. Philippe huye no por miedo, sino porque su encogido corazón le dice que Baines ha empujado a su mujer escaleras abajo.

Todo lo que sigue a continuación es un laberinto de sospechas y mentiras en el que Baines, un inocente culpable más allá de las apariencias hitchcockianas del Balestrero (Henry Fonda) de Falso culpable, temeroso de que las apariencias le incriminen, manipula la admiración incondicional de Philippe, provocando un efecto boomerang que amenaza con destruirlo. Baines, el verdadero protagonista de El ídolo caído, al que sirve una helada actuación de Ralph Richardson, el eje permanente del relato contemplado por su leal Philippe, miente como código de vida a su tiránica y desagradable esposa, viviendo un adulterio con Julie, y a ésta porque no se atreve a dar el paso de ruptura de su matrimonio, pero sobre todo vela la visión de Philippe, convirtiéndole en el ciego aliado de ese mundo de mentiras, disimulos y secretos, un mundo atormentado en el que Mrs. Baines monta un falso viaje para sorprender a su esposo y su amante. Baines transforma al niño en el rehén de una lealtad que es casi esclavitud, y que convierte el tercio final de la película en una pesadilla recurrente en la que Philippe miente, dice la verdad, a instancia de Julie —el único personaje dotado de entereza moral de asumir su culpa y enredado en esa conspiración existencial de Baines—, insiste patéticamente en contar lo que cree que pasó y no ha visto, aunque ello cercene la probada inocencia de Baines. La infancia destruida, la inocencia pervertida, los juegos invertidos, los secretos vacíos, el cariño traicionado, Philippe a la intemperie de los adultos, porque no hay Paraíso al Este del Edén, sino serpientes menos benévolas y juguetonas que la de la mascota de Philippe, a la que, significativamente, mata Mrs. Baines.

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The Fallen Idol (El ídolo caído, 1948). Producida por Alexander Korda. Dirigida por Carol Reed. Guion de Graham Greene, William Templeton y Lesley Storm, adaptando el relato de Greene The Basement Room. Fotografía de George Périnal, en blanco y negro. Dirección artística, Vincent Korda y James Sawyer. Música, William Alwyn. Vestuario, Ivy Baker. Montaje, Oswald Hafenrichter. Interpretada por Ralph Richardson, Bobby Henrey, Michèle Morgan, Sonia Dresdel, Dennis O’Dea, Jack Hawkins, Walter Fitzgerald, Dandy Nichols, Joan Young, Karel Stepanek, Gerard Heinz, Torin Thatcher, James Hayter, Geoffrey Keen, Bernard Lee, John Ruddock, Hay Petrie, Dora Bryan, George Woodbridge. Duración: 95 minutos.

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[1] Reed no quería un niño que ya fuera actor para el esencial personaje de Philippe, y fue rechazando a numerosos candidatos hasta que en una revista leyó un reportaje sobre una familia francesa, refugiados tras la guerra, los Henreys, cuyo hijo pequeño, Bobby, le pareció que encajaba en su idea de Philippe. Trabajó creando una gran complicidad con el pequeño, representado el mismo para él, lo que sentía o hacía el personaje.

[2] Carol Reed (1906-1976) era hijo ilegítimo del gran actor victoriano Herbert Beerbohm Tree, íntimo amigo del Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII, y el intérprete deseado de las obras de Wilde, Shaw o Gilbert y Sullivan. Construyó en Haymarket el teatro Her Majesty. El actor mantenía dos familias paralelas, algo que admitían y soportaban sus respectivas cónyuges.

[3] Graham Greene había publicado el cuento The Basement Room en 1935, y se quedó enormemente sorprendido cuando el productor Alexander Korda y Carol Reed le trasladaron durante una comida su deseo de adaptar el relato. Greene, gran aficionado y crítico de cine, no veía cómo sentían interés por un relato con un final infeliz y centrado en el impacto emocional y existencial que en una persona había dejado un suceso —la muerte de una mujer a manos de su esposo, en la que esa persona, testigo de la muerte, siendo niño, había traicionado su cariño y amistad del homicida—. Greene aceptó expandir el relato, cambiar el final, y por ende la muerte, ahora accidental de la esposa, y la idea de que la acción se desarrollase en una embajada extranjera en Londres.

[4] Parece ser que la persona con la que mejor se relacionaba el niño Bobby Henrey era precisamente con Sonia Dresdel, que interpreta a la agria Mrs. Baines.

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