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El jolgorio siniestro (Arresto domiciliario 44)

El jolgorio siniestro (Arresto domiciliario 44)

Pasadas seis semanas de confinamiento, mis estados de ánimo se disparan hacia arriba o abajo como los de un enfermo entrado en años que una mañana está bien y de buenas y a la siguiente quiere dictar su testamento. Nunca antes la pregunta “¿cómo amaneciste?” me había parecido tan compleja. ¿Qué puede uno decir? ¿“Mal, gracias, ¿y tú?”? ¿”Muy bien, pero no importa”? Y tampoco se trata de quejarse, porque las aflicciones se contagian con la facilidad del sarampión y lo cierto es que todos andamos en las mismas. Todos los confinados, es decir, porque el resto la pasa mucho peor.

"Vivo en un país donde los chistes tristes no son menos comunes que el culto a los difuntos"

Los vecinos de atrás opinan diferente. Llevan dos noches celebrando unas fiestas en tal modo estruendosas y concurridas que no sería raro escucharlos llorar de aquí a pocas semanas. Nada parece raro, de un tiempo para acá. Se va uno acostumbrando a saber de tragedias inenarrables, como en los días que siguen a un terremoto, sólo que en este caso es como si la tierra continuara temblando indefinidamente. El horror puede no tener final; sí, en cambio, la capacidad de digerirlo. Acudimos de pronto al humor negro no porque el panorama nos parezca gracioso, como por sus acreditadas propiedades analgésicas y sus poderes cauterizadores. Uno sabe que comprendió el problema cuando es capaz de hacer algún chiste al respecto. Arde, duele, incomoda, restaña, cicatriza.

Vivo en un país donde los chistes tristes no son menos comunes que el culto a los difuntos. Tan famoso, este último, que ha sido exagerado y reinventado por la influencia de Disney y James Bond. Confieso que jamás he construido ni celebrado una ofrenda mortuoria —con perdón de turistas y folcloristas, tiendo a ser un necrófilo autosuficiente— pero en cuanto al humor soy materia dispuesta. Pocos, entre los peores momentos de mi vida, no han merecido chistes ácidos y astringentes, sin duda más amargos que muchos lamentos, y aun así bienvenidos como un consuelo a tiempo. ¿Quién dijo que las risas son siempre divertidas, que la alegría del triste no cabe en su amargura, que existe una etiqueta para el sufrimiento?

"Sabemos unos de otros sólo por nuestra música y algunos cuantos ruidos ambientales, como el rumor de voces y carcajadas que brota de sus juergas o los ladridos de nuestros perrotes"

Mis vecinos de atrás son un chiste macabro que se ignora. Nunca nos hemos visto, ni sabría decir cuál es su casa, ya que la orografía nos acerca poco menos de lo que nos separa. Sabemos unos de otros sólo por nuestra música y algunos cuantos ruidos ambientales, como el rumor de voces y carcajadas que brota de sus juergas o los ladridos de nuestros perrotes, pero vivimos dándonos la espalda. ¿Cómo ignorar, no obstante, la lúgubre ironía de oír sus alaridos animosos mezclarse con el audio escalofriante del noticiero en la televisión? ¿Seré yo quien presuma de sensato, después de semejante tratamiento?

¿Que cómo amanecí, Cuarentenario? En efecto, acostado y en ayunas. Con la cabeza llena del cascajo reunido el día anterior y una escoba en las manos para abrirme paso. Ingeniando algún chiste, ojalá no muy negro, para teñir de risa la tristeza. Aguardando por alegrías modestas y a su manera inmensas, como ver a los chuchos corretearse de la sala al jardín, servirme el capuccino de las once y seguir las carreras de las lagartijas. Buscando la manera de sacarle una risa a mi correclusa, que es generosa en ese departamento.

Amanecimos: esa ya es gran noticia. Que me lleve el demonio si me quejo.

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