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Papá, tenemos que hablarf (Arresto domiciliario 41)

Papá, tenemos que hablarf (Arresto domiciliario 41)

—A ver, ¿qué diablos ganas con ver por la ventana? –sugiere la mirada larga del coautor, que hace ya un par de días me ve sumido en la desesperanza.

—No lo hago por negocio –me defiendo con un sarcasmo inútil, como si no supiera que como es natural él tiene la razón. Temo que he estado haciendo un mal negocio.

"Descubro que el mundo se va haciendo chiquito. ¿Y cómo no, si cada día que pasa lo recuerdo un poquito más borroso y lo imagino menos y menos vívido?"

No verás hacia afuera, establece el primer mandamiento de los confinados. Hace ya un par de días que lo desobedezco y el resultado es que he ido resbalando hacia el humor oscuro de quienes se entretienen rascando entre pasado y porvenir, a costillas de un tiempo presente que transcurre sin ellos. Los instructores de paracaidismo aconsejan a sus aprendices no mirar hacia abajo cuando están cerca del aterrizaje, puesto que hacerlo así produce la angustiante sensación de que la Tierra crece y se te viene encima. Justamente lo opuesto de lo que ahora me ocurre cuando miro hacia afuera y descubro que el mundo se va haciendo chiquito. ¿Y cómo no, si cada día que pasa lo recuerdo un poquito más borroso y lo imagino menos y menos vívido?

—¿Te has fijado en lo guapo que me he puesto? –insinúa el coautor, alzando la cabeza hacia las nubes para que no me quede la menor duda.

—Llevas toda la vida poniéndote más guapo –me permito observar, sin rastro de ironía, al tiempo que mi mente vuela a Hesperia, el pueblo en el desierto del Mojave donde lo conocí, con dos meses de vida y ocho kilos de peso. Un bombón de cachorro, cómo no.

—¿Y será que allá afuera hay perrotes más bonitos que yo? –es obvio que conoce la respuesta, pero ha movido el switch al modo pedagógico, dado lo constreñido de mi comprensión.

—¿Y tú crees que te quiero por tu linda cara? –sería mal momento para decírselo, pero creo firmemente que no hay perros feos. La fealdad es humana, por supuesto. Mientras tanto le rasco el espinazo de la cola hasta el cuello, que es al fin la respuesta que él estaba esperando.

—No sé si hayas notado que ayer tu correclusa me peinó… –se esponja ahora el coautor, como un divo flirteando con la cámara. –¿Ya tocaste ese tema en el Cuarentenario?

Mister Puppy!”, lo aclamó una de sus fans instantáneas, llegando al aeropuerto de Los Angeles. ¿Cómo evitar que fuera la estrella del avión? De entonces para acá, no ha hecho más que ensanchar su galanura e irnos colonizando el corazón. Es el coautor un can rebelde y testarudo, a saber quién le dio ese mal ejemplo, pero en uno como él esos y otros defectos pasan tranquilamente por virtudes.

"Soy incapaz de regañarlo, y en lugar de eso aplaudo sus desplantes como si fueran otra de sus gracias"

—Son iguales, no se hagan… —opina a este respecto mi correclusa, que según he observado trabaja en la creación del primer diccionario perro-español.

Hará un par de años ya que me lo dijo por primera vez. Desde entonces soy incapaz de regañarlo, y en lugar de eso aplaudo sus desplantes como si fueran otra de sus gracias. Pero lo son, ¿no es cierto? Como lo es su desdén aristocrático, ahora que se me ocurre fotografiarlo y por más que lo nombro, exalto y lisonjeo, se esmera nada más que en darme el lomo. Según mi correclusa, esos caprichos suyos son hereditarios. Debe de ser por eso que cuando finalmente Your Royal Dogness se digna echarme un ojo compasivo, su mensaje es tan claro como apremiante:

—¿Te importaría si me sigues rascando?

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