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Palacio de la Moncloa. Foto de Antonio Dominguez Prado, de Wikipedia.

Palacio de la Moncloa. Foto de Antonio Dominguez Prado, de Wikipedia.

«Hay otras vidas, pero están en ti», dicen que dijo el poeta Paul Éluard. En mí están al menos cuatro vidas más. Las de Leo Pérez, el Joputa; Lea Pérez, una escritora desesperada; la camionera andante Lea de la Mancha; y Lander, el fontanero de la Moncloa, que se presenta hoy. Pasarán por Zenda, si les apetece, los miércoles.

Todavía curraba en El Mundo, allá por el dos mil y pico —poco pico, da igual que fuera en el otoño de 2003, cuando agonizaba con acento tejano el segundo mandato de Aznar, o en el verano de 2004, durante los primeros tropiezos de Zapatero—, el día en que unos plumillas de la prensa cultureta, que no cultural, fuimos al Palacio de la Moncloa para cubrir un sarao. Nos tragamos un par de discursos, nos obsequiaron, es un decir, con lo que cutre y pomposamente llamaban un vino español y, bueno, charlamos en corrillos y tiramos de grabadora y catamos un par de pinchos y una copa de Rioja, y cuando nos íbamos a largar a nuestras respectivas redacciones, Maite Zarra, directora del gabinete de prensa presidencial, me llamó por mi nombre, para sorpresa de todos:

—Lander, ¿te importaría acercarte un momento?

"No había pisado la Moncloa ni por supuesto había cruzado una palabra con la Rasputina, la todopoderosa mano derecha del presidente."

Joder. Flipé. Tampoco es que fuera un becario, llevaba currando unos cuantos años, pero en otros ámbitos, no había pisado la Moncloa, ni por supuesto había cruzado una palabra con la Rasputina, la todopoderosa mano derecha del presidente. Bueno, Rasputina o Rasputona, aquellos años no había redes sociales pero los motes y los memes rulaban también.

Tiré para su corrillo. Estaba con el presi, que me miró. Pero no llegué a darle la mano, él la tendió pero Maite, campechana, le retiró el brazo y, viniendo hacia mí, le dijo:

—Esto es cosa de bilbaínos, mejor nos vamos a mi despacho.

El presi alzó una ceja, como diciéndome aquí ella lleva los pantalones, y bueno, Maite le dio la espalda, sin más, me palmeó el hombro y salimos del salón y mis colegas de los otros medios fliparon tanto o más que yo. Éramos culturetas, no periodistas de Nacional acostumbrados a lidiar con la fauna política del Congreso. Nosotros nos manejábamos bien con escritores, poetastros y muertos de hambre como nosotros, o eso digo ahora, desde la distancia.

Cruzamos otros salones, subimos unas escaleras, siempre a buen ritmo, y atravesamos varios pasillos hasta que desembocamos en su despachazo, tan grande pero menos colorido y molón que el de Pedro Jota en Pradillo 42, dicho sea de paso. Y mientras tanto ella, taconeando a buen ritmo, no había dejado de parlotear. Y de impresionarme, la verdad.

Lo sabía todo de mí. Que soy de Erandio, que estudié en Navarra, que hice prácticas en El Correo, que la beca Fulbright, como a ella, me había ensanchado las miras, que en El Mundo yo había currado en Cultura con Laviana, Manu, Munárriz y Lucas, pero también en Internet con Tascón, Ana Bueno, Labari y Sindo, y que eso le interesaba especialmente, que si Pedro, sin la Jota, ya estaba al corriente…

Llegamos a su despacho y colé por fin una pregunta:

—¿Al corriente de qué? —solté.

—Pues eso, Lander…

Hablaba, la gran Maite Zarra, siempre dando todo por hecho. Como una abadesa, como el presidente de un club de fútbol.

—… de qué va a ser, no me seas sinsorgo. Pues eso, chico. Que te queremos aquí. Con nosotros. Estamos montando un departamento nuevo, esto de Internet ha venido para quedarse, y necesitamos a gente como tú. Y si encima eres de Bilbao, como yo, pues mejor, ¿no?

"Fui cogiendo galones y casi prosperaron un par de motes que prefiero no recordar, hasta que un día cuajó uno que llegó para quedarse: Land Vader."

Necesitaban fontaneros. Eso me dijo. Para controlar un flujo desbordante, el de la Red, aquellos años se hablaba mucho de la Red, y bueno, para qué seguir, un mes más tarde entré a currar en Moncloa y aquí sigo. Al principio, como fontanero, pendiente de las tuberías y los escapes y las chapuzas informativas y cibernéticas. Luego, en fin, pasaron los años, fui cogiendo galones y casi prosperaron un par de motes que prefiero no recordar, hasta que un día cuajó uno que llegó para quedarse: Land Vader, que en las redes, en las puñeteras redes sociales da un juego que te cagas, y aquí sigo, lidiando con virus y bulos, en el lado oscuro de la Moncloa.

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