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Una mujer desesperada

Una mujer desesperada. Foto de Ria Sopala, de Pixabay.

«No soy así pero pude ser así», escribió Miguel Delibes. No soy así pero puedo ser como la camionera andante Lea de la Mancha; como Lander, el fontanero de la Moncloa; como Leo Pérez, el Joputa; y como Lea Pérez, una escritora desesperada, que se presenta hoy. Pasarán por Zenda, si les apetece, los miércoles.

Las mujeres desesperadas no viven en Nueva York. Converso con la mujer que siempre va conmigo, como diría Machado, y percibo que malvive en Madrid, en el barrio de las Letras, y subsiste ligera de equipaje y poniendo al mal tiempo buena cara sólo algunas veces: la mayoría de los días funde las horas mustia, apagada, triste. La mujer desesperada que siempre va conmigo gira sin mantenerse a flote mientras el fregadero se desangra.

Me iba fenomenal. Eso decía. Era feliz, con mi libertad y sin ataduras, a mi aire, con mi chico. Le llamaba mi chico, pasaba de los cuarenta pero era mi chico, y yo, con mis treinta y todos, su chica. También decíamos mi compañera, mi compañero, nada de ataduras ni compromisos. El escritor y la escritora, cada uno con su proyecto literario, él sus novelas y sus cursos, yo con los artículos, los ensayos, las traducciones. Proyectos compatibles, casi sin rivalidades. Dentro de una casa con miles de libros, sin hijos ni prisas, y antes de la pandemia con amigos casi todos los findes. Los viernes decíamos que llegaba ya el finde. Nos gustaba cocinar juntos, con una copa de vino y un buen rollo insuperable, hoy te toca elegir la lista de Spotify, mañana a mí, y salíamos mucho, al teatro, al cine menos que antes, sobre todo a restaurantes, también a otras casas, era feliz, eso decía.

"La mujer desesperada que siempre va conmigo gira sin mantenerse a flote mientras el fregadero se desangra"

Pero corté con todo. Se me resquebrajó todo un lunes por la mañana. Él se fue a la facultad y se despidió con un adiós, cariño, y un amago de beso en la frente con la mascarilla ya puesta y cerré la puerta y cogí una cápsula de café y me tiré con ella en la mano igual un cuarto de hora, apoyada en la encimera.

¿Cariño? ¿De verdad?

No corté por una palabra de más o de menos. Podía haberme llamado amor, corazón o por mi nombre, en sus labios Leandra sonaba bien, sonaba suave, en casa nunca decía Lea si estábamos solos, Lea era puertas afuera. Sigo, aquel lunes de noviembre me llamó cariño, que viene del latín carere quizá porque cuando se prende la llama del deseo anhelas aquello de lo que careces. Me llamó cariño porque me quería, no estuvo mal que lo dijera. El problema fui yo. Aquella mañana, con la vista perdida en la Nespresso, uno de nuestros últimos caprichos, él dijo cariño y yo me dije ya no le quiero, me dije come y duerme conmigo, compartimos el sofá, la cama y el cuarto de baño, me acompaña pero ya no le quiero. No, ya no, el amor se ha esfumado, y no tenemos ataduras, no tenemos ni tendremos hijos, así que mejor lo dejamos así, mejor se lo digo y lo dejamos como dos adultos sensatos.

Pero le partí el corazón. Lloró. Y besé sus lágrimas y lo intenté, aunque fue imposible.

Ahora, con perspectiva, veo que el mes largo que nos tiramos apenas sin salir en primavera, en lo más crudo de la primera oleada del coronavirus, nos coció a fuego lento y acabó matando nuestra relación. Y más cosas, dentro de mí. Cocinábamos juntos, entrenábamos juntos con YouTube en la tele del salón, nos pasábamos libros, como siempre, en eso éramos buenos, compartíamos lecturas como siempre, y en la cama encajábamos bien, tampoco íbamos sobrados de pasión pero nos conocíamos bien. Pero pasamos esas semanas confinados como compañeros de piso, como dos buenos amigos. Con sexo, a veces, pero sin amor.

"Es una buena persona, un poco pedante, con ego para dar y repartir, como cualquier otro escritor, como yo, como todos, el ego es el mejor aliado y el peor enemigo de los escritores."

Vuelvo a noviembre. Aquel lunes besé sus lágrimas, me di una oportunidad, aguanté un par de semanas y, a finales de ese mes, cuando despuntaba la segunda ola pandémica, una tarde salí a correr sola y con mascarilla por el Retiro, como antes. Pero al llegar al parque, más agobiada que agotada, me senté en un banco y se me hizo de noche. No quería volver a casa y repetir la escena de aquel lunes y decirle que no, que el amor que nos unió no volverá nunca. No quería verle llorar otra vez. Es una buena persona, un poco pedante, con ego para dar y repartir, como cualquier otro escritor, como yo, como todos, el ego es el mejor aliado y el peor enemigo de los escritores. No quería regresar pero despacio, andando, fría, llegué a casa y me duché y esperé, dejé que pasaran los minutos, cenamos, vimos una serie, el penúltimo capítulo de Patria, y me preguntó, enganchado, a eso de las doce y media, que si la terminábamos ya, y le dije que no, y nos lavamos los dientes como cualquier otra noche, por última vez, y luego vomité todo lo que me había guardado desde el Retiro. Fin.

Y ahora, más dos meses después, no me arrepiento, hice bien, pero percibo que ruedo cuesta abajo por una pendiente infinita, que todo lo que me rodea se tiñe de oscuro, de miedo y tristeza. Me siento más sola y más triste que nunca. Perdí a mi compañero, a mi mejor amigo, mutilé esa parte de mi vida, era necesario, y me digo y me dicen que volveré a sonreír, pero he perdido la esperanza. Me ahogo.

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