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El misterioso hombre del tanque

El misterioso hombre del tanque

Los estudiantes chinos se echaron a la calle el 15 de abril de 1989. Fueron ellos quienes se encargaron de canalizar el malestar de una parte importante de la población que entendía que la República Popular China no iba por el mejor de los caminos. En 1978, Deng Xiaoping había emprendido un camino orientado a establecer de manera gradual una economía de mercado y alcanzar cierto grado de liberalización política que ensanchara un tanto los estrictos márgenes impuestos por Mao Zedong. Once años después, los resultados de esa maniobra habían generado una gran insatisfacción en dos sectores de la sociedad que serían los que terminarían por vertebrar una protesta inédita en aquellos pagos. De un lado, se encontraban los estudiantes y los intelectuales, que entendían que las reformas que se habían emprendido resultaban insuficientes, dado que afectaban tan sólo a los trabajadores de las fábricas y los granjeros, cuyos ingresos resultaban muy superiores a las ganancias a las que ellos podían aspirar, y lamentaban que el Partido Comunista les impusiera unos controles políticos y sociales que hacían que la apertura china se pareciera poco a la que se estaba desarrollando en la Unión Soviética de la mano de Mijaíl Gorbachov. El segundo gran grupo de agraviados lo conformaban los trabajadores de las industrias urbanas: según su parecer, las reformas económicas estaban desembocando en unos grados de inflación y desempleo que hacían peligrar irremediablemente su forma de vida.

"El 4 de mayo, unas cien mil personas reclamaron la libertad de expresión y el establecimiento de un diálogo formal entre los universitarios y las autoridades"

Ya en 1987 se había constatado el malestar en las aulas universitarias. El entonces secretario general del Comité Central del Partido, Hu Yaobang, entendió que los jóvenes tenían razón y su veredicto provocó que le expulsaran del gobierno de Xiaoping. A partir de entonces, fue considerado una suerte de verso libre que se movía al margen de la doctrina impuesta desde la cúpula del comunismo chino. Su fallecimiento por enfermedad, el 15 de abril de 1989, constituyó la excusa para que aquellos a quienes había defendido le rindiesen homenaje a la vez que daban curso a sus reivindicaciones. Era el momento idóneo: no habría ningún tipo de represión política porque nadie iba a disolver los funerales por todo un ex secretario general del Partido Comunista de China. En un principio no hubo más que pequeñas concentraciones en las que se elevaban oraciones por la memoria de Hu Yaobang y se solicitaba que el partido redimiera su figura y le devolviese los galones que le había arrebatado a causa de su discrepancia. Pero se produjeron enfrentamientos con la policía y los estudiantes consideraron que los medios de comunicación chinos estaban tergiversando las razones y la naturaleza de su protesta, lo que redobló su implicación. Un grupo de estudiantes se concentró en la plaza de Tiananmén, concebida en los albores de la República Popular para engendrar un gran espacio abierto en el que celebrar grandilocuentes ceremonias de adhesión incondicional, y solicitó reunirse con el primer ministro, Li Peng, a la sazón rival político del fallecido Hu. La petición no fue atendida y los manifestantes hicieron un llamamiento a la huelga en todas las universidades de Pekín. El Diario del Pueblo, en su editorial del 26 de abril de 1989, acusó a los estudiantes de crear tumultos. Fue la espita para que las protestas se incrementasen. El 4 de mayo, unas cien mil personas reclamaron la libertad de expresión y el establecimiento de un diálogo formal entre los universitarios y las autoridades. Nueve días más tarde, grandes concentraciones de estudiantes ocuparon Tiananmén para iniciar una huelga de hambre y reclamar la retirada de la acusación deslizada en el Diario del Pueblo, así como el inicio oficial de las conversaciones. Tuvieron que pasar tres semanas para que el Gobierno tomara la peor de las decisiones posibles: disolver todo aquello por la fuerza. La plaza quedó vacía en la noche del 4 de junio. Hubo bajas entre los soldados y también entre los civiles, por más que éstas nunca hayan podido contabilizarse porque la cifra sigue siendo a día de hoy un secreto de Estado. El Gobierno llegó a asegurar que no había muerto nadie en Tiananmén y hay quien opina que tal cosa puede ser verdad, pero que de ningún modo se puede negar que hubo víctimas durante la trabajosa aproximación —porque también las calles próximas estaban tomadas— del ejército a la plaza. Un funcionario anónimo de la Cruz Roja china aseguró en su día que hubo un total de 2.600 muertos y 2.000 personas heridas, además de cuatrocientos soldados con los que se perdió cualquier clase de contacto. El Comité Central de Asociaciones Autónomas de la Universidad de Tsinghua, por su parte, cifró el trágico saldo en 4.000 muertos y 30.000 heridos. Hay más cifras y todas bailan. Hace muy poco, en 2017, el Gobierno británico desclasificó un telegrama emitido por Alan Donald, embajador por aquel entonces en la República Popular China, en el que se hablaba de unos 10.000 civiles fallecidos.

Portada de La quimera del Hombre Tanque, de Víctor Sombra.

La disolución de las protestas dejó uno de los grandes iconos del siglo XX: la imagen del hombre que el 5 de junio, cuando las tropas abandonaban Tiananmén, se colocó delante de una columna de tanques y consiguió impedir su avance. Permaneció allí media hora hasta que lo redujeron y lo expulsaron del lugar. Como reconocimiento a su acción, la revista Time le eligió como una de las cien personas más influyentes de toda la centuria. Nadie pudo, sin embargo, identificar cabalmente a ese individuo que, cargado con lo que parecen dos bolsas o dos mochilas, tuvo el valor de situarse en medio de la calzada para frenar a todo un ejército. En consecuencia, tampoco ha sido posible constatar su paradero. Un periódico británico, el Sunday Express, dijo que se trataba de Wang Weilin, un estudiante de diecinueve años de edad, pero existen dudas razonables sobre la veracidad de esa información. Bruce Herschensohn, que fue asesor del presidente Nixon y también formó parte del equipo de Ronald Reagan, aseguró tener pruebas de que había sido fusilado catorce días después de la protesta que le hizo célebre. Jan Wong, periodista canadiense de origen chino, pensaba que el hombre del tanque había sobrevivido y buscado refugio en una zona rural de China, donde seguiría en nuestros días. Un compatriota suyo, el escritor William Bell, se mostró convencido de que lo ejecutaron el 9 de junio de 1989, no mucho después de su hazaña.

"A veces la realidad es tan inabarcable que sólo la ficción puede dotarla de un mínimo orden"

Hace unos días, el crítico Ignacio Echevarría recordaba en El Cultural una novela de Víctor Sombra, La quimera del Hombre Tanque (Random House, 2017), en la que un agente secreto recibe el encargo de localizar a tan enigmático personaje para ponerle en contacto con el teniente que conducía el tanque al que detuvo y propiciar así un encuentro que simbolice el espíritu de la nueva China. La narración convierte pronto esa anécdota en algo secundario para volcar su atención en las tensiones políticas, empresariales y religiosas que manejaron y manejan las pulsiones de una de las mayores potencias mundiales. A veces la realidad es tan inabarcable que sólo la ficción puede dotarla de un mínimo orden. Al fin y al cabo, treinta años después de la masacre de Tiananmén —nombre que, traducido al castellano, significa irónicamente «puerta de la paz celestial»—, tal vez no sea descabellado pensar que también la imagen de ese personaje sin nombre ni rostro reconocible desafiando a los tanques en el corazón de China es en sí misma una ficción destinada a recordar que en ocasiones la dignidad puede imponerse allí donde impera la barbarie.

Plaza de Tiananmén, en Pekín.

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