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El neopuritanismo

Ese oscuro objeto de deseo, de Luis Buñuel.

Contaba García Berlanga en El Cultural que durante una entrevista en París allá por los años setenta, cuando en España estallaba la libertad erótica posterior al franquismo, le pidieron que identificara a Luis Buñuel con un concepto. «Pornógrafo», fue su respuesta. No le sentó bien al turolense esta observación. El concepto carnal que manejó Buñuel fue siempre lo suficientemente profundo como para no ser glosado con una sola palabra en una entrevista del tres al cuarto, y menos aún con algo tan burdo como la pornografía. Buñuel sentía que al colocar la carne en primer plano escapaba del pecado, un concepto muy amasado en su moral jesuítica, y encontraba allí el origen de las pulsiones del ser humano. No en vano el surrealismo al que se adhirió había creído en el deseo, Eros, como motor del mundo, aupado por Sade, Freud, y tantos otros. Por todo ello, Buñuel buscó sugerir, buscó insinuar, esquivando el pecado. Quién iba a decirnos que ese pecado volvería, y no precisamente para ensalzar su cine.

"Para Buñuel, el arte y la carne son eso: vida. Es decir, lo contrario a esa cosificación pregonada"

He utilizado la palabra «humano» en el párrafo anterior precisamente porque el principal argumento que utiliza el neopuritanismo reinante es que la carne cosifica, cuando a mí que la carne cosifique me parece un oxímoron. Vuelvo a Buñuel, que supo hacernos entender que un caldero derramando leche sobre un muslo es, además de un acto de erotismo inapelable, un fenómeno espontáneo, vital. Y digo bien, vital, porque, para Buñuel, el arte y la carne son eso: vida. Es decir, lo contrario a esa cosificación pregonada. Si, por ejemplo, tomamos como referencia la última noticia que ha saltado a la palestra en este sentido, protagonizada por una mujer a la que no dejan entrar en el museo D’Orsay por vestir demasiado escote, vuelvo a pensar en esta relación con la carne. Y es que dentro de ese museo se exhibe un genital femenino en primer plano, una pintura a la que su autor, Gustave Courbet, tituló El origen del mundo. Es decir, el fin de la cosificación. Dejo a juicio del lector quién prohíbe y quién libera en este episodio.

"El objetivo neopuritano no es prohibir un escote a la puerta de un museo, sino que la moral lo autocensure previamente"

El neopuritanismo ata en corto. Poco le importa la cuestión feminista, un mero instrumento en sus manos para acentuar el sentimiento de culpa, para enfatizar el pecado. De este modo, el neopuritano lo mismo te censura un calendario de bomberos zaragozanos en posturas sugerentes que a las ninfas desnudas de Waterhouse. Y vuelvo a decir bien: censurar, porque este es el principal fin del movimiento, que vuelvan a restringirse las libertades, sobre todo desde el prisma interior. El objetivo neopuritano no es prohibir un escote a la puerta de un museo, sino que la moral lo autocensure previamente. ¿Hay alguna actitud que se enfrente con más fuerza a la libertad? ¿No es esto cosificar, convertirnos en meros consumidores de su moral, sin autodeterminación? Estoy seguro de que Buñuel encontraría en esta censura hortera una nueva forma de escapar. Por aquí y por allá saldrán pecadores, y ya saben aquello que dijo el maravilloso cineasta: «El pecado le da muchas más oportunidades al deseo». Pues eso.

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