Me había acostumbrado a su letra imperfecta, con las íes inclinadas hacia el este, las oes sin cerrar del todo y las jotas y las pes truncadas por abajo, como si nunca tuviera tiempo de hacerlas descender.
Llovizna. Dentro de una hora, cuando anochezca, la agüilla cuajará en amargos copos que cubrirán el alféizar de mi ventana. Esta tarde he sacado del buzón su última postal. Los miércoles dejaron de ser miércoles; se convirtieron en el día en que el cartero me dejaba la ansiada correspondencia. Durante mucho tiempo he releído mil veces todas sus postales, enviadas durante un año, siempre desde la misma ciudad que ya conozco mejor que Madrid, de tanto imaginar sus calles, sus plazas e iglesias. Creo que esta última es la que más me gusta. Es una imagen de la ciudad de Sofía cubierta por la nieve. Al fondo se ve la catedral Alexander Nevski, baluarte de una ciudad con mil culturas, como ella, mujer de mil estampas. Sé que esta postal es distinta de todas las anteriores. Lo adivino por el peso con que descansa sobre el escritorio. Es el peso de una declaración que no tengo el valor de leer, porque adivino lo que es.
La despedida.
Ya no enviará más.
Por eso no pienso leerla.
La dejaré sobre el escritorio, apoyada en el flexo, para contemplar la catedral hundida en la nieve hasta que me canse y decida darle la vuelta. Quizá la lea algún día. Tengo toda la vida por delante, el tiempo necesario para aplazar el desenlace final en el que ella me explica por qué me abandona.
Quiero imaginar que esta tarde, a las seis y media, volveré a verla entrando en su portal.
Primero: buscará por el fondo de su bolso hasta encontrar las llaves.
Segundo: abrirá la puerta empujándola con la rodilla.
Tercero: en ese momento sonará su teléfono móvil dentro de su bolso. Se detendrá en el umbral sin saber qué hacer: si entrar al portal o quedarse en la calle, intentando parar el sonido, poniéndose nerviosa, quizá diciendo algún improperio en búlgaro en contra del tamaño excesivo de ese bolso barato que cuelga de su hombro.
Cuarto: encontrará el móvil y una sonrisa aparecerá en su cara al ver el número en la pantalla. Lamentablemente, esa llamada nunca es la mía. Escucha y cuelga después. Entra en su portal y desaparece de mi vista.
Quinto: media hora después, a las siete en punto, llegará en un taxi el hombre que presuntamente la ha llamado. Este, con su traje perfecto, pulsará el telefonillo, se abrirá la puerta y entrará como un furtivo.
Sexto: a las ocho cincuenta de la noche llegará el mismo taxi de siempre. Aparcará frente al portal y apagará el motor.
Séptimo: a las nueve, ni un minuto antes ni un minuto después, saldrá el tipo del traje para entrar corriendo en el taxi que lo espera.
Pienso que al taxista lo tiene contratado de forma permanente. Hay ciertos hombres de negocios que odian la incomodidad de conducir en la ciudad y no desean llevar chófer por una cuestión de discreción. Ese hombre le dobla la edad a Ivanka. Por otro lado, yo nunca he sentido celos y estoy seguro de que esa amistad la beneficiaba. Me hace sentir tranquilo que alguien la cuide. Los amantes mayores suelen ser protectores si ellas son mucho más jóvenes y no son las propias. Conocer este hecho, neutraliza cualquier sentimiento celoso que puedan producir en mí esos encuentros de Ivanka. Reconozco que juego con ventaja.
A las cinco y veinte de la tarde ya estoy en casa. Me preparo un té y me siento en el escritorio que he colocado bajo la ventana que da a la calle y a su edificio. Y hora tras hora, voy introduciendo en el carril de mi vieja Olivetti las hojas en blanco, que cubro de palabras, que a veces no dicen nada, y otras hablan de ella y de mí; también de nosotros, del amor que nos tenemos, de nuestro matrimonio hecho trizas y de nuestro futuro inalcanzable.
Nunca me he atrevido a bajar a la calle y tomarla del brazo para decirle que vivo frente a su edificio. Que la espío. Que conozco perfectamente sus líos a los que tiene todo el derecho, por supuesto. Que trabajo delante de una máquina de escribir desde que regreso de un empleo que odio, pero me asegura el pago del alquiler; en eso he prosperado, le diría. Pero no digo nada. Ni hago nada que no sea levantar la mirada de las teclas de mi máquina para mirar por la ventana.
He escrito cientos de páginas sobre el día en que nuestra hija murió atropellada. En una de ellas, mi niña me apretaba la mano, tumbada sobre el asfalto, paralizada de cintura para abajo. Yo le limpiaba las lágrimas con mi sucio pañuelo y la consolaba sabiendo que no sobreviviría. Nuestra hija moría en mis brazos. He reescrito ese pasaje muchas veces explorando todos los finales posibles. Ninguno consigue salvarla. Reconozco que es una historia muy triste, pero un escritor no puede sentir lástima de sus personajes ni pervertir sus historias.
Veo en su última postal una ciudad nevada que nunca he visitado. Me imagino a Ivanka hundiendo los pies en esa nieve, cogida de mi mano para llevarme corriendo hacia el interior de la catedral como si fuéramos turistas. Sin embargo, me hallo sentado ante una nueva hoja en blanco, sin saber cómo terminar esta historia sobre una mujer tan hermosa.
El inicio de nuestro final comenzó el día en que Ivanka dejó de aparecer tras mi ventana. Me frustraba esperar, día tras día, a que dieran las seis y media de la tarde. Vivía intranquilo, incapaz de concebir una buena frase. ¿Estaría enferma? ¿Habría salido de viaje? No la había visto salir con maletas, ni siquiera con un bolso de fin de semana. Nada indicaba que su rutina hubiera cambiado.
La última vez la vi salir de su portal con el abrigo ceñido a la cintura y un pequeño bolsito de mano. Ningún otro bulto que delatase una ausencia prolongada. El hombre tampoco había aparecido en toda la semana, a las siete en punto. Eso es lo que más me alarmaba. Él tenía que saber dónde estaba Ivanka. ¿Se habrían fugado juntos? O… ¿habría sido asesinada por él? ¿Encontraría su cadáver descomponiéndose entre las sábanas de su cama? Yo tenía anotada la matrícula del taxi y no me costaría reconocer al chófer de todos los días; tampoco a él, caballero elegante de poco pelo, azulado por las sienes. Un hombre distinguido, sin duda.
Estaba decidido a esperar un par de días para denunciar a la policía la desaparición de Ivanka. Pero pensar que podría estar en apuros en su propio apartamento, a tan solo veinte metros de mi estudio, mientras yo hundía mis dedos en las teclas de la Olivetti, imaginando historias sobre ella, me desconcentraba continuamente. ¿Y si todo lo que estaba escribiendo se volvía en mi contra y se hacía realidad? ¿Y si mi pobre Ivanka había sido víctima de ese viejo sádico y se estaba desangrando poco a poco sobre la alfombra de su habitación, desnuda y con las manos atadas a la espalda a la espera de que yo escribiese otro guion para ella o diese un giro inesperado a su final? Me parecía ver sus bellos ojos verdes, estremecidos y anegados en lágrimas, suplicándome que rompiera las páginas que la condenaban a muerte.
Todo aquello era imposible. Imposible que mi escritura diera un salto de la ficción a los hechos. Pero aún así no estaba tranquilo y necesitaba verla de nuevo subiendo por la acera, pararse a rebuscar en su enorme bolso de mercadillo las llaves de su casa. Por lo que decidí acercarme a su portal y echar un vistazo a ver si encontraba algún indicio que desvelase su ausencia.
Me puse la vieja gabardina, mis Ray-Ban de aviador y cerré mi puerta. Crucé la calle. Su portal lo encontré abierto. Buena oportunidad para no llamar la atención. Un año observando desde mi ventana discretamente, para que en cualquier momento me tropezara con Ivanka. Eché un vistazo por los casilleros hasta que vi en un buzón una pegatina blanca con su nombre y apellido: Ivanka Dvoretzka, escrita a mano, con su letra tan familiar para mí, con la i tumbada hacia el este y la o sin cerrar. No me costó forzar la puertecita. Comprobé que no había correspondencia, solo propaganda de comida rápida y de las tiendas del barrio. Tomé el ascensor hasta la segunda planta. Me paré frente a la letra D y puse el oído sobre la puerta.
Nadie dentro.
Olfateé con placer el excitante perfume de Ivanka. Me sentí perro persiguiendo el rastro del celo de una desconocida. Pensé en un perfume caro, quizá demasiado dulzón. Seguramente él se lo costeaba, como costearía el alquiler de ese piso en un viejo inmueble del barrio de Malasaña; el barrio en el que vivo desde hace tres años, un barrio de gente alternativa que me inspira las historias más rocambolescas.
Me di la vuelta y tomé el ascensor de bajada. Según salía, entraba una vecina al portal que reconocí rápidamente. Una anciana del tercer piso que vive sola —si exceptuamos al gato que suele dormitar sobre el alfeizar de su cocina—, justo en el apartamento de encima del de Ivanka. La saludé con amabilidad. Me devolvió el saludo con una calidez inesperada, casi agradecida por encontrarse con un ser humano. Se paró a descansar. Aproveché a preguntarle si había visto últimamente a su vecina del piso de abajo. Se tomó su tiempo en contestarme y recobrar el aliento, cargada como iba con una bolsa de supermercado. Respiraba con dificultad. Temí por ella, pero enseguida se recompuso. Me dijo que no me preocupara, la señorita Ivanka había partido hacia su país. La joven, por cierto —me dijo achicando los ojos—, tan hermosa, había finalizado sus estudios en la universidad. Me aseguró que lo sabía con toda certeza porque antes de su partida le había subido una caja llena de recuerdos que no podía llevarse con ella. Una joven tan amable y cariñosa con la anciana; la pobrecita tenía a su familia en Bulgaria y se encontraba muy sola en Madrid.
La interrogué varias veces, rogándole que hiciera memoria. Era improbable que mi amiga estudiara en una universidad. Pero ella se mostró cada vez más segura de su relato, con una memoria a prueba de cualquier pregunta. Me proporcionó detalles de su última conversación con Ivanka: al parecer había finalizado su trabajo fin de máster en literatura hispánica y con ello su etapa en España; además, iba a contraer matrimonio en cuanto llegara a Bulgaria con el novio que había dejado en Sofía. El muchacho le escribía cada día; sus cartas delataban inquietud, la reclamaba continuamente y discutían a menudo. Parecía ser que la parejita de búlgaros tenía el aire de los afectos antiguos, de los que empiezan cuando apenas se tiene memoria. En cuanto Ivanka regresara a Sofía, comenzarían los preparativos de la boda. Finalmente, la anciana lamentó que la joven, apremiada por la partida, no le hubiera dejado dirección alguna a la que enviarle sus cartas ni escribirle en alguna ocasión.
Según regresaba a mi escondite, me vino a la cabeza el motivo favorito de los amantes despechados para el asesinato: los celos. Los celos te conducen por caminos tortuosos. Pero también era posible que Ivanka hubiera inventado la historia del novio, fantaseando una vida en la que yo ya no tuviera nada que escribir.
Tengo que reconocer que me sentí desconcertado. También triste. Necesitaba conocer el contenido de la caja que supuestamente Ivanka le había entregado a su anciana vecina. Recordaba las palabras que ésta había utilizado: «Recuerdos que no podía llevarse con ella». Tuve una sensación terrible de ansiedad por saber qué recuerdos eran esos. Veía en mi mente las fotos de nuestra historia de amor tiradas en el fondo de esa caja, junto a las que se habría hecho con su protector; todas revueltas y mezcladas sin orden alguno, con nuestros momentos románticos y sensibles confundiéndose con las imágenes de sexo abominable, que practicaba con él. No entendía cómo había pasado por alto interrogar en profundidad a la anciana sobre la caja: si la había abierto, si conocía el contenido de esos recuerdos que debían quedarse en Madrid; si ella sabía quién era yo y había fingido no conocerme para contarme todo aquello y ponerme al corriente de la verdad; o si era “celestina”, deseosa de alejarme de Ivanka sin ahorrarme sufrimiento alguno. Todas las hipótesis me atormentaban e intentaba encontrar la más adecuada.
Que Ivanka hubiera decidido volver a Bulgaria me entristecía profundamente. Lo del novio no era asunto mío; esa historia nunca la escribí. Quizá por eso no veía al taxista silencioso llegar por las tardes, ni a su protector salir del taxi con la preocupación de ser visto. Pensé en localizar al desconocido para que aclarara mis dudas, que me confirmara si de verdad Ivanka se había largado con su búlgaro. En caso afirmativo, intentaría convencerle para que intercediera por mí y la hiciese regresar; él es un hombre atractivo, es posible que ella siga enamorada del amante que la colma de regalos. Estoy seguro de que ni a él ni a mí debe importarnos su posible matrimonio con ese novio búlgaro que estará loco por ella y que le ofrecerá, sin duda, un futuro mejor que el que yo pueda jamás inventar para ella, ni de las vidas que le he creado y que nunca leerá. Mejor así. Se ahorrará el sufrimiento de presenciar la muerte de su hija en un terrible accidente de tráfico, y de los finales espantosos que he escrito para ella.
También se librará de ser la amante secreta de un hombre casado que nunca dejará a su familia, y que es muy posible que acabara asesinándola. Ivanka me inspiró tantos cuentos…, pero siempre tristes. Su rostro es el de una mujer sencilla con una sonrisa dispuesta a ser disparada en cualquier momento como una bala destinada a alcanzar el corazón de los hombres que se crucen en su camino.
Ahora solo tengo ojos para su última postal de Sofía y la tristeza de su partida.
Es curioso cómo uno se acostumbra a las rutinas diarias que dan vida a nuestros hábitos. Cuando estos faltan parece que algo se nos muere en lo más profundo. Esa ausencia me ha dejado en un estado de atonía indiferente. Necesito sustituir la rutina que ha volado por otras similares que rellenen lo antes posible este vacío, esta ausencia de creatividad. Intentaré escribir una novela que cambie el curso de otra novela que recoja lo que he escrito sobre nosotros y sobre Ivanka. Porque ahora sé que no volverá a entrar en ninguno de mis cuentos, bien porque ha partido hacia Bulgaria o porque ha sido asesinada por su amante, como pretendo escribir. El motivo es lo de menos, lo que importa es que no está y lo nuestro ha terminado. Pensar ahora en cambiarme de apartamento no serviría de nada. Tampoco servirá seguir escribiendo las postales de Sofía, que cada vez cuestan más de encontrar por las viejas tiendas del Rastro. Ni existe ya el motivo de echarlas al correo cada semana, con la dirección de mi estudio, simulando su letra eslava, su carácter de mil culturas e inventar lo que ella podría escribirme si hubiéramos vivido lo que he narrado para ella.
Si supiera en qué lugar vive de esa ciudad encantada, a los pies del Monte Vitosha, se las enviaría como regalo de boda. Todas y cada una. Pero mi vida de escritor continúa en una espera tranquila con la esperanza de que se instale en su piso otra maravillosa mujer como ella sobre la que fantasear y llenar las hojas en blanco que guardo en un cajón a la espera de ser escritas con las vidas que me invento, y cambiar las postales Sofía por las de otra ciudad del mundo que nunca visitaré.
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NOTA: Este relato es una nueva versión del original, El observador, publicado en 2011 en la antología El hilo de Sofía: 18 escritores españoles en clave de cuento.


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