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El infinito

El infinito

Yo no sabía que le llamaban así. Se lo escuché a mi hermano, cuando dijo textualmente que el Infinito había tenido un escarceo con mi prima, una de esas noches húmedas y efímeras de A Mariña, hacía muchos veranos. Y la verdad es que nunca hubiera imaginado a esos dos besándose, pero lo que realmente me fascinó fue el apodo, que sin duda se debía a sus conversaciones deslavazadas y delirantes, aunque a veces pienso que también le iba con los ojos, que eran claros y profundos. Pero no, era un apodo tan cruel como cualquiera de los demás, porque solo una selecta aristocracia pueblerina se libraba de los apelativos insidiosos, o se había visto agraciada con abreviaturas de sus apellidos y cosas similares.

El infinito era largo y desgarbado y —efectivamente— hablaba y hablaba de cosas de las que no tenía ni la menor idea, inventándose la misa y llenándola de licencias. Y seguro que predicaba para los cuatro o cinco con los que se reunía detrás del casino, justo después de que lo pintaran de burdeos y blanco. En fiestas desplegaba su entusiasmo inventivo, y citaba a Amélie Nothomb como si la hubiera leído, y dibujaba anécdotas de personajes que había conocido polo mundo adiante; anécdotas que hasta llamaban la atención de la gente más cerril de la noche, porque el Infinito era un contador de historias; un buen rapsoda de los tiempos que fueron, cuando nuestras vidas aún estaban por escribir.

La época en la que más le traté estaba con el Antabus y no podía beber, lo que no le impedía trasnochar en los callejones, en esa hora de boqueras y cansancio, a la luz sucia del amanecer. En algunos ojos chispeaba la envidia de quienes nunca habían salido de la comarca, porque la mistificación no corrompía la verdad esencial de sus historias, pero, con esa malicia intuitiva de provincias, también sabían que la aventura le había devorado. Después de todo, el Infinito había vuelto a la casilla de salida con menos de lo que se llevó y sin que el pueblo le recibiera demasiado cálidamente, como solía ocurrir con los marginales y desapegados, especialmente cuando empezaban a encanecer.

Olía a una mezcla de sudor ácido y tabaco, andaba con el ritmo zambo de los hombres demasiado altos y no cambiaba mucho de atuendo. Era de ese tipo de personas a las que podías ver cuatro o cinco años con el mismo abrigo, moviéndose por corros donde sí que se cuidaban esas cosas; de ese tipo de personas que podías ver con algunos espontáneos en un soportal medio iluminado, roncas de fumar y hablar compulsivamente en la espera de su turno. De las que balbuceaban, de las que se encerraban con el resto de contumaces en alguna casa de las aldeas, para no volver a sus habitaciones hasta la siguiente noche, cuando ya se podían mover sin dar el cante o sin pasar revista; un contratiempo con el que Infinito tenía que lidiar en la temporada viva, una y otra vez.

La verdad es que pertenecía al folclore de un verano eterno, que es una forma dulce de decir que el tiempo se había desentendido de él. Su gloria se esfumó en cuanto abandonó aquellos lugares en los que sí pudo ser profeta, porque en la pequeña ciudad amurallada, casi lamida por el mar, no había sido capaz de seguir haciéndose el misterioso. Por eso acabó interesándose por los veraneantes y los random en general, contraviniendo las normas de patio, que exigían estar integrado en un grupo concreto si se quería gozar de la protección de las convenciones sociales. Además, los años del retorno comenzaban a asfixiarle en el cuarto de las resacas, que tenían que ser mucho peores en una casa compartida por una viuda y un huérfano; que tenían que ser clínicamente depresivas en la sucesión declinante de sus días.

Una de las noches de verbena me contó una historia distinta, sin las hipérboles habituales y en un tono bastante más prudente. Tuve que figurarme de qué estaba hablando realmente y si se trataba de una confesión entre líneas. Lo que saqué en claro es que se había estado prostituyendo en Canadá, que se había prestado a cosas bastante desagradables y que tenía una especie de estrés postraumático. Debía de ser por eso por lo que se había quedado atrapao, que es lo que se decía por allí de los caídos en combate. Pienso en él de vez en cuando y en ese único relato en el que no exageró los hechos. Sobre todo pienso  en cómo la oscuridad se le metió dentro, consumiéndolo desde el tuétano sin que a nadie le importara verdaderamente.

Desapareció la noche de los fuegos artificiales, justo después de un fin de festejos de hace ahora unas tres décadas. Corrieron toda clase de rumores por el casco viejo, pero todo el mundo entendía lo que había pasado, y hasta hubo una cierta piedad en ese sentido, porque no se hizo mucho escarnio más allá del olvido. Se dieron por buenos los eufemismos a los que suele recurrirse en estos casos y la vida continuó sin homenaje, pero también transcurrió así para otros más queridos, que también fueron dejando de vestir y calzar sin pisar Alberta ni haber explorado las anfractuosidades del segundo círculo, sin haber sufrido una mísera herida superficial en sus almas perfectas, sin haber transitado el lado oscuro del corazón.

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