No me resulta fácil precisar el tiempo y el lugar en que nació esta historia aunque sepa muy bien cómo termina, porque errar en el inicio podría desviarla por un rumbo que no le corresponde. Acaso germinó en 1884, en un oscuro confín del Uruguay, cuando un joven de nombre Ireneo y apellido Funes fue derribado por un caballo trotón. O tal vez su origen deba rastrearse en los albores de 1889, el día en que el espíritu de Friedrich Nietzsche se derrumbó en una plaza de Turín, deshecho en un abrazo al cuello de otro caballo (un percherón viejo, dócil y maltratado), clausura trágica de aquella carrera febril iniciada apenas dos años antes con la arquitectura implacable de La genealogía de la moral. Aunque muy bien podríamos remontarnos al siglo XVII, en un lugar de la Mancha…
Madera muerta. Ese era el estigma que el profesor Larson creía descifrar en los murmullos de colegas y estudiantes de posgrado con quienes compartía diariamente el elevador hacia el piso catorce de Van Hise, la torre más alta del campus. No lo encontraba, como Rosalía, en plantas, fuentes, pájaros ni astros —todo eso permanecía enmudecido bajo el gélido invierno de Wisconsin—, sino en la crueldad del léxico académico norteamericano: deadwood, el profesor yermo que ha dejado de producir.
Aquella afrenta lo perseguía hasta su despacho, un recinto de autoridad mermada cuya ventana ofrecía, como liviana compensación, una vista imponente sobre el lago congelado. Solo una enorme caja, sin desembalar, donde se leía “Macintosh Plus” junto al logo de una manzana multicolor, desentonaba en aquel despacho austeramente decorado con un cuadro de Nietzsche, sobre cuyo escritorio destacaban un par de prismáticos y una Underwood número 5.
A pesar del prestigio que sugería el panorama, el doctor Larson estaba anclado en su profesión. Hacía veinte años que había conseguido la permanencia, pero los años de silencio bibliográfico habían actuado como un lastre invisible, impidiéndole escalar el último peldaño del escalafón. Mientras la academia esperaba de él monografías y artículos de investigación, él se extraviaba en la relectura inacabable de un solo libro, sintiéndose, como el madero que observara desde el muelle, una pieza de desecho atrapada en la inercia de una institución que solo sabía valorar el fruto.
Para ser exacto, solo ciertos frutos. Era esta la época (lo peor estaba por venir) en que la academia americana había adoptado la moda de los filósofos franceses de mayo del 68, y nada se aceptaba en las editoriales de prestigio que no tuviera aroma deconstructivo o foucaultiano. O peor aún, butleriano. Ninguna interpretación se consideraba válida si no corroboraba la identidad entre saber y poder, ponía de manifiesto la inestabilidad del significado o confirmaba las teorías de la performatividad. Como había dejado establecido el filósofo de Poitiers, la episteme de cada época delimita lo que puede decirse.
Por aquel entonces, Larson llevaba veintinueve años seguidos impartiendo un curso monográfico sobre el Quijote. El rito se oficiaba siempre en primavera, como si esa estación fuera el único marco tolerable para esa recurrencia, porque Larson procuraba —y casi siempre conseguía— hacer coincidir la llegada de don Quijote a Barcelona con el deshielo del lago Mendota.
Yo lo conocí durante el crepúsculo de su magisterio. Larson era un hombre de hábitos tan rigurosos que parecía haber canjeado la azarosa espontaneidad de la vida por la severa geometría del rito. Sus estudiantes lo tenían por asexual. Paseaba diariamente por los alrededores del lago, cuando la meteorología se lo permitía, y entraba al aula con la puntualidad de un péndulo. Depositaba sobre la antigua mesa de madera una carpeta de cuero oscurecido por el tiempo y daba inicio a la sesión con una sentencia que, según me confesó alguna vez, había repetido solo con ligeras variaciones durante casi tres décadas:
—La locura de Alonso Quijano —decía con voz entrenada— consiste en leer los libros de caballerías como si fueran tratados de historia. Does it not?
Aquella muletilla, con la que intentaba disimular su perfecto dominio del español, solo traicionado por un leve acento mideluéstico, la pronunciaba con un regodeo casi exasperante que le proporcionaba una breve tregua para tomar aliento antes de asomarse a su siguiente sentencia y otorgaba a la frase la fijeza de un axioma. Larson sostenía (tal vez en esa convicción residiría su propia forma de naufragio) que el caballero manchego no extraviaba el mundo en la fantasía, sino que investía la ficción con la autoridad del hecho consumado. Para el hidalgo manchego, Amadís no era una invención del lenguaje, sino un antecedente genealógico; los gigantes y las ínsulas no pertenecían al orden de lo imaginado, sino a la solidez de lo real.
—Para perplejidad del canónigo de Toledo —añadía el doctor Larson—, don Quijote argumenta que, si los libros de caballería fueran falsos, entonces las historias de personajes como el Cid, Bernardo del Carpio o los Doce Pares de Francia también tendrían que serlo.
Proseguía con una ristra de paralelismos entre don Quijote y el Nazarín galdosiano, cuya versión cinematográfica, protagonizada por Paco Rabal, siempre recomendaba a sus estudiantes.
—Largo grafismo flaco como una letra —continuaba el profesor, acaso persuadido por la repetición de que el hallazgo era suyo—, el caballero acaba de escapar directamente del bostezo de los libros. Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita… Don Quijote lee el mundo para demostrar los libros. Does-he-not?
Acaso fuera yo el único de sus alumnos que había identificado la procedencia exacta de esa afirmación: el segundo capítulo de Las palabras y las cosas. Al escuchar a Larson, tuve la certidumbre de que no estaba ante un hombre que plagiara conscientemente a Michel Foucault, sino ante uno que había sido poseído por él. En su voz, las frases del filósofo francés no eran una referencia académica, sino parte integral de su propia historia: como joven nietzscheano, había devorado a los émulos franceses del filósofo alemán: Bataille, Deleuze, el mismo Foucault; Larson, al igual que su secretamente admirado Alonso Quijano, había terminado por confundir la realidad de la clase con la genealogía de sus lecturas.
En sus años de Columbia como estudiante de filosofía, Larson había comenzado una tesis (nunca concluida) sobre La genealogía de la moral de Nietzsche. En especial le fascinaba el enigma que el filósofo se había propuesto resolver: cómo la naturaleza había conseguido criar a un animal al que le fuera lícito hacer promesas. Para ello, sostenía Nietzsche, la naturaleza tuvo que contrarrestar y cancelar esa gran fuerza, activa y positiva, que es la capacidad de olvido.
En la única pared del despacho de Larson no cubierta por estanterías o por el ventanal de la vista espectacular, destacaba el famoso retrato de perfil de Nietzsche tomado por Gustav-Adolf Schultze en 1882, y bajo el retrato, cuidadosamente enmarcado, en una pizarra que parecía no haberse utilizado nunca para otra cosa, en cuidadosa caligrafía, la siguiente cita:
Sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente. El hombre en el que ese aparato de inhibición se halla deteriorado y deja de funcionar es comparable a un dispéptico (y no solo comparable): ese hombre no “termina” con nada, no puede digerir nada. (Zur Genealogie der Moral: Eine Streitschrift).
Me llamó la atención que la primera frase de la cita estuviera subrayada con tiza roja.
Un par de años atrás, con motivo del año sabático de una profesora del departamento, le habían asignado a Larson un curso sobre el cuento latinoamericano. Al principio lo tomó como una afrenta, pero pronto la sensación de agravio se transformó en resignación: al menos tendría la oportunidad de releer Ficciones, uno de sus libros de cabecera en la época de estudiante. Un amigo mío, inscrito en esa clase, se quejaba de que Larson hubiera dedicado tres cuartas partes del semestre (en un curso que se suponía panorámico) a hablar exclusivamente del Funes, donde el narrador cuenta sus encuentros con Ireneo, el vecino de Fray Bentos que, tras ser derribado por un caballo adquiere el don atroz de una memoria infinita.
“Memoria infinita”. “Percepción infinita”. Aquellos sintagmas exuberantes marcaron desde entonces el ritmo de los paseos de Larson por Picnic Point.
Una tarde, con motivo de mi inminente graduación, decidí visitar al profesor Larson en su despacho. Lo encontré pletórico, casi exultante. Sostenía los prismáticos en la mano derecha y, con un gesto, me invitó a observar a través de ellos las cinco efigies humanas que, cubiertas de parkas y mantas, sostenían inmóviles un hilo invisible que las conectaba con el agua por medio de orificios redondos o cuadrados practicados en el hielo, sin perder la esperanza de capturar la cena.
—¿Sabe —me dijo— que en los años que llevo observándolos no he visto a ninguna de esas estatuas vivientes sacar un solo pez de debajo del hielo?
Con una sonrisa levemente sardónica me señaló un tocho mecanografiado de al menos quinientas páginas. Ahí descubrí que la Underwood número 5 de su mesa no era mera decoración. Me concedía el honor de que yo leyese la primera versión. El título —provisional, me indicó— era sobrio y enigmático: “La dispepsia de Funes: nuevos datos”.
De vuelta en mi apartamento de estudiante, y exhausto de haber transportado el mamotreto en mi bicicleta por las calles heladas del istmo —había tenido que detenerme a recoger varias hojas de entre la nieve sucia— llegué a leer apenas media página antes de que el sueño me venciera. Solo recuerdo una frase que entonces me pareció meramente académica:
“El accidente acaecido en Fray Bentos en 1884 puede considerarse el detonante de toda una genealogía”
Un par de semanas más tarde, en el primer día soleado de aquella primavera, me encontré con el profesor en la terraza del lago. Me contó que la semana anterior le había llamado la atención un titular del Isthmus: “Cuarenta y cinco días sin ver el sol en la ciudad”. Al caer en la cuenta, sin dudarlo, había cogido el coche para ir hasta la orilla del Misisipi, a dos horas de distancia, solo para contemplar el sol durante unos minutos. Hizo una pausa y su mirada expectante delataba su curiosidad por saber qué me había parecido el ensayo.
Le pregunté, para ocultar el hecho de que me había quedado dormido leyendo las hojas mojadas y desordenadas del tocho, con una ironía que ahora me avergüenza, por qué hablaba del relato de Borges como de un expediente clínico.
Le pregunté, para ocultar que me había quedado dormido leyendo las hojas mojadas y desordenadas del tocho, por qué hablaba del relato de Borges como de un expediente clínico, con una ironía que ahora me avergüenza.
Me respondió:
—Porque acaso lo sea.
No insistí.
Semanas después me buscó con una excitación que no le conocía. Había descubierto (o creía haber descubierto) una compatibilidad sospechosa, acaso reveladora, de fechas entre el accidente de Funes y la publicación de La genealogía de la moral. Tres años exactos separaban ambos eventos.
—¿No advierte usted —me dijo— la evidencia?
No la advertía.
Entonces abrió el libro de Nietzsche en traducción de Sánchez Pascual y leyó el célebre pasaje sobre el olvido como facultad positiva. Y con una parsimonia que no olvidaré, añadió:
—Esto no es teoría. Es diagnóstico.
Su hipótesis, a fuer de extravagante, era de una elegancia casi monstruosa: Nietzsche habría conocido, por algún vericueto perdido entre la prensa rioplatense y la europea, la noticia del joven incapaz de olvidar, a consecuencia de una caída de caballo, y de ese caso habría deducido su teoría de que la capacidad de olvido es indispensable para la vida.
La filosofía, según él, no precedía al hecho; nacía de él. Pasó casi todo el semestre de invierno en una gran sala del piso seis de la Memorial Library, también con vistas al lago, que entonces albergaba una de las mejores hemerotecas en microfilm del país, buscando entre los periódicos de los lugares donde Nietzsche pasó los meses en que debía estar escribiendo La genealogía: Niza, Zúrich, Génova, Venecia, Leipzig, pero sobre todo Sils Maria. Sus ojos se cansaron recorriendo páginas apenas legibles en las imágenes microfilmadas, casi siempre de pésima calidad, del Leipziger Zeitung, el Corriere della Sera, Le Petit Niçois, el Neue Zürcher Zeitung, e incluso del exótico Il Caffaro de Génova. Buscó incansablemente posibles noticias del caso Funes, que pudieran haber llegado a los ojos de Nietzsche.
Traté sin fortuna de disuadirlo con tres argumentos que yo creía irrefutables: el primero, basado en el mismo título que Borges había dado al libro en que incluyó el cuento de “Funes el Memorioso”. El segundo, recordándole que Borges cumplía un año, exactamente un año, el día en que Nietzsche falleció. Con el otro, acaso el más poderoso, trataba de convencerlo de lo inverosímil que resultaba un Nietzsche entreteniendo sus desayunos en la Engadina con la lectura de los periódicos. Aquel hombre que había escrito con su tono más sarcástico en Más allá del bien y del mal: “El europeo de hoy… necesita su periódico, su café, su política cotidiana…”
Desde entonces, Larson dejó de leer a Borges: ahora leía el mundo según los dictámenes de Borges.
Halló (o creyó haber hallado) en un rollo de microfilm prácticamente ilegible una nota marginal en alemán: Der junge Mann aus Fray Bentos, atribuida a Nietzsche. Encontró (y descartó) en una nota de una edición olvidada del cuento una referencia a profesores propensos a leer la ficción como crónica. Llegó incluso a cotejar las fechas exactas del nacimiento de Borges y la muerte de Nietzsche: ambas habían ocurrido el 25 de agosto, pero con un año de diferencia. Todo documento, toda coincidencia, toda fecha parecía corroborar sus enloquecidas hipótesis.
Durante el último semestre Larson había condensado las más de quinientas páginas a unas veinticinco, que pensaba serían un artículo aceptable para cualquier publicación académica. El artículo concluía: “Toda lectura profunda exige la suspensión provisional de la diferencia entre historia y ficción.”
Una tarde me invitó a su despacho. Sobre la mesa estaba el artículo y, sobre el artículo, dos cartas cuyos sobres estaban torpemente rasgados.
Me enseñó las dos cartas, una de la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos y otra del Journal of Iberian and Latin American Studies. En ambas cartas se rechazaba, en el habitual tono cortés pero sin ambajes, la publicación del artículo.
En la revista canadiense, lamentaban informarle no poder aceptar el manuscrito para su publicación en su forma actual. Si bien los evaluadores consideraban que su intuición central era estimulante y potencialmente fecunda, expresaron reservas respecto al grado en que el argumento estaba plenamente fundamentado dentro del marco de la investigación académica existente. En particular, señalaban que el puente conceptual entre Borges y Nietzsche, aunque sugerente, se beneficiaría de un diálogo más sostenido tanto con los textos primarios como con la bibliografía crítica pertinente, así como de una articulación más clara de su contribución más amplia a los debates académicos actuales del campo.
En el Journal , decían que “la ausencia de un diálogo sostenido con enfoques deconstructivos y con perspectivas posestructuralistas, como las asociadas con Michel Foucault” —y esta mención resultaba especialmente hiriente para Larson— representaba una limitación significativa. Además, los evaluadores consideraban que “una ubicación más explícita de su argumento en relación con estos influyentes paradigmas críticos fortalecería tanto su profundidad analítica como su relevancia para las conversaciones académicas en curso”.
También había enviado el artículo a Casa de las Américas, persuadido por un colega experto en literatura comparada. Pero de La Habana no había tenido noticias. Ni las esperaba ya. El mismo colega le había informado recientemente que en la revista cubana no podían permitirse sellos para el extranjero.
Larson miraba por la ventana hacia los pescadores de hielo con melancolía.
Sobre el lago, el cielo estaba completamente cubierto con una capa blanca en que apenas se distinguía una sombra. La contempló con una intensidad que juzgué desmedida.
Luego me confesaría que, al verlas, tuvo la certidumbre de que alguien las recordaba en ese mismo instante con absoluta precisión.
No volví a verlo.
Durante algún tiempo pregunté por él en el departamento; me dijeron que había solicitado una excedencia, después, que ya se había jubilado.
En la primavera de 1998, regresé a Madison para visitar a unos antiguos compañeros y, en la cafetería del Rathskeller, encontré por casualidad un ejemplar atrasado del Isthmus que automáticamente me hizo pensar en aquel viaje de Larson al Misisipi en busca de unos rayos de sol. Era del 28 de febrero. Leí que el 27 de febrero de 1998 se había roto intempestivamente el hielo del lago Mendota —algo muy inusual por lo temprano— y que uno de los pescadores del lago parecía haber descubierto un “extraño trozo de madera flotando”. Continuaba el Isthmus con su estilo esforzado:
Las autoridades llegaron con rapidez. La escena, sin embargo, tenía una quietud difícil de alterar: el agua oscura, el hielo fragmentado, el frío persistente. Recuperaron el cuerpo sin hacer demasiado ruido. En cuestión de minutos, el lugar volvió a parecer casi el mismo, salvo por la cinta que marcaba una distancia y la presencia contenida de quienes observaban desde lejos.
Se sabe poco, por ahora… Un hombre, probablemente en la sesentena, cuyas manos aferraban unos prismáticos. Sin nombre público todavía. En Madison, como en tantas ciudades universitarias, las noticias y los rumores corren rápido en voz baja —en departamentos, pasillos, cafés— mucho antes de la confirmación oficial… Algunos sugieren que podría tratarse de un profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, pero nadie lo afirma en voz alta…
Se me agolparon en la mente el extraño trozo de madera flotante y el ignominioso epíteto (deadwood). Se me confundieron en la memoria la muerte de Funes por congestión pulmonar, la de Nietzsche, precedida de un largo periodo de locura, a causa de una neumonía, y la de don Quijote por melancolía, tras recuperar la cordura. ¿Y Larson? Acaso Larson, emulando las tres, murió de literatura, y solo el lago recuerde su forma precisa.


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