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El organillo mudo (Arresto domiciliario 68)

El organillo mudo (Arresto domiciliario 68)

Hoy salimos a hacer turismo de cabina. Vueltas y vueltas por calles y avenidas desoladas, sin poner un pie fuera de la camioneta. Primero con dos perros, luego volvimos por los otros tres, para que nadie se quedara sin tour. Ellos lo gozan siempre más que nosotros, aunque preferirían patrullar las banquetas. Olisquear. Dejar huellas y marcas. Saludar a otros chuchos. Pero algo es algo, al fin; más si llevabas tiempo soportando el encierro y las ansias calladas de salir a orearte. Alguna vez paseé así con mi madre, que en sus últimos años ya no podía salir y tuvo que esforzarse para llegar al coche. Ya en la última parte del trayecto, dio una mirada larga al horizonte y me hizo un comentario no sé si luminoso o lastimero: “¡Qué bonita es la ciudad, hijo!”. Fue la última vez que salió de paseo.

A veces lo que duele ilumina, y viceversa. Hoy pasamos al lado de un organillero. Estaba solo al lado del semáforo, en medio de una zona residencial totalmente vacía de peatones, mientras su compañero hacía pasar la gorra frente a las ventanillas de la gente en los coches, que de cualquier manera no alcanzaba a escuchar la música. Los dos con su uniforme color caqui, como si sólo así pudieran aferrarse a la dignidad de un oficio en agonía. Sucede ya hace tiempo: las plazas públicas han dejado de ser negocio para los oficiantes de la manivela, quienes seguramente ya entendieron que sus últimos patrocinadores acostumbran moverse en cuatro ruedas. Deben de ganar más que los pordioseros, no a cambio de la música que ya nadie disfruta sino a manera de compensación por la diaria proeza de llevar a cuestas un armatoste de cincuenta kilos, del que además han de pagar la renta.

"Su música me daba la bienvenida de vuelta a la calle, cuando salía del cine tomado de la mano de mi abuela, que siempre les dejaba algún tributo"

El cilindro solía ser luminoso. Su música me daba la bienvenida de vuelta a la calle, cuando salía del cine tomado de la mano de mi abuela, que siempre les dejaba algún tributo. Era una niña, según me contaba, cuando los vio multiplicarse y ponerse de moda en toda la ciudad. Hoy “toda la ciudad” es inconmensurable y el cilindrero especie en extinción. Si alguna vez pudieron alegrarte, hoy te encogen el alma y les pagas a cambio de un alivio fugaz en la conciencia. Suelo hacerlo en las plazas, aunque no en los semáforos, puesto que no son ellos sino la música lo que me trae de vuelta esas tardes al lado de mi abuela Celia, o aquellas madrugadas en las que me contaba de un mundo colorido que hoy sólo atino a imaginar en sepia.

No queda ya la música, sólo el organillero. Tampoco está el changuito, también uniformado, que solía acompañarle por las plazas. Y hoy que el virus infame se enseñorea en las calles, muy pocos serán los caritativos que le abran la ventana al de la gorra mientras su compañero toca para nadie. ¿Qué hacer cuando lo que haces no sirve para nada, ni se deja apreciar, ni apela ya más que a la caridad? De regreso en la casa, a salvo de esas calles hoy extrañas, desiertas y agresivas, sigo mirando al cilindrero mudo en el semáforo, como a un fantasma en sepia que invade una película de ciencia-ficción y hace el paso del tiempo lastimero. Abro entonces los párpados y contemplo la foto de mi Celia, que es fondo de pantalla en el teléfono. Menos mal que ella sigue luminosa.

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