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El pájaro de la muerte

Ilustración de Borja González Hoyos

Para Vicent Negre (por los guiños)

Aquella mañana soleada de finales de julio de 1909, Holmes y Watson desayunaban apaciblemente bajo el porche de su granja de Fulworth. Ambos permanecían sumidos en sus pensamientos. El detective estaba inmerso en dos recuerdos trascendentales de su existencia.

El primero de ellos se refería al día en que una hechicera india, durante su viaje al Salvaje Oeste con la compañía teatral, le facilitó dos fechas de capital importancia en su vida: una ellas era en la que conocería a Watson y otra la de su propia muerte.

Y el segundo, cuando cierta mañana, paseando por Hyde Park, se tropezó con una anciana rusa que, por mediación de un empleado suyo llamado Boris, le confirmó también ambas fechas con la advertencia de que en su día recibiría un aviso puntual.

Watson parecía no pensar, y sin embargo observaba con detenimiento el camino que llevaba hasta la granja serpenteando a los lejos entre las verdes colinas de Sussex.

—¿Sabe usted, Holmes, si acaso viene algún circo a instalarse en los alrededores? —preguntó de improviso.

—No tengo ni idea —respondió el detective, saliendo de su ensoñación.

Estaba de un excelente humor, porque acababa de darse un reconfortante baño en el mar acompañado de Harold Stackhurst, el encargado del centro docente de «el Gables».

—Pues a los lejos se puede contemplar un carromato de los que utilizan para transportar sus útiles de trabajo y hasta como vivienda.

"A Holmes le pareció una descortesía no invitar al visitante a entrar en la casa y lo hizo de una manera educada, como lo hubiera hecho cualquier hacendado de la región"

Pasados unos minutos, el aparatoso vehículo se paró frente a la granja, el conductor descendió del pescante y pidió permiso para dejarlo situado un momento frente a la puerta de la cerca. Era un hombre de considerable estatura, de aspecto arrogante, rostro alargado muy curtido por el sol y vestido de una forma muy llamativa. Era de destacar su levita roja con grandes botones dorados y también un sombrero de copa muy alto que tan pronto colgaba de su mano como se lo introducía hasta sus pobladas cejas. Se hace preciso añadir que, suspendida del hombro, llevaba una jaula que contenía un pajarraco negro, de enorme pico curvo, rostro con rasgos ligeramente humanos y ojos saltones, que no paraba de graznar o refunfuñar.

—¿Es usted el señor Sherlock Holmes? —preguntó el visitante.

—¿Y qué es lo que desea de él? —inquirió a su vez el detective mientras se acercaba a saludarlo.

Una vez cumplido este requisito dio una vuelta al carruaje y observó con detenimiento que en un costado figuraban unas aparatosas letras muy llamativas y coloristas con el siguiente mensaje: «El pájaro de la muerte» y en la otra, con iguales letras: «La melena de león». Aquellos rótulos picaron su curiosidad y uno de ellos lo relacionó con sus recientes pensamientos.

A Holmes le pareció una descortesía no invitar al visitante a entrar en la casa y lo hizo de una manera educada, como lo hubiera hecho cualquier hacendado de la región. El individuo hizo acto de presencia en la salita de estar y se quitó un par de veces su pintoresco sombrero para saludar a la señora Hudson y a Belinda, quienes miraban al sujeto con evidente curiosidad y desconfianza.

—Ya me pueden perdonar que venga a molestarles, pero viajo periódicamente desde la Borgoña francesa para cumplimentar diversos encargos, y entre ellos tengo el que me ha hecho una gitana rusa que se dedica en cuerpo y alma a predecir el futuro. Me imagino que tengo el placer de hablar con el señor Sherlock Holmes —insistió—, y que la otra persona que estaba en la mesa junto a usted es su ayudante y biógrafo, Watson.

"Luego se despidió de todos, abrió la puerta de la jaula y dejó al pájaro en libertad"

—Está en lo cierto. ¿Querrá ahora decirnos lo que se le ofrece? —le dijo Holmes.

—Pues miren —añadió quitándose de nuevo el sombrero—, mi nombre es Stiletto y se me conoce por el apodo de «El mensajero». Cada cierto tiempo hago la ruta de la Borgoña hasta Londres y traigo mercancías para personas que me honran en ambos destinos con sus encargos. El mes pasado una gitana rusa de gran prestigio adivinatorio me encomendó que viajara hasta su granja para entregarle este pájaro, que es una rara mezcla de cuervo montaraz y loro doméstico, procedente de Siberia, que tiene las virtudes y vicios de ambos. En las aldeas de España lo llaman «El pájaro de la muerte» porque se posa en los tejados de las personas que van a morir de forma inminente. La gitana rusa que me lo entregó para que se lo hiciera llegar me dijo que hace muchos años le informó a usted, por mediación de un empleado suyo, llamado Boris, de la fecha exacta de cuándo acontecería la suya. Este pájaro será como un recordatorio que confirmará en su día la premonición. Ahora, en este momento, se trata de otra persona.

Antes de marcharse, Stiletto invitó a Holmes y a Watson a visitar el interior de su carromato y a los dos les sorprendió ver un buen número de Strand Magazine en una estantería adosada a la pared. Luego se despidió de todos, abrió la puerta de la jaula y dejó al pájaro en libertad. Todos lo vieron alejarse como una media milla larga y situarse sobre el tejado de un edificio al que conocían por el nombre de «el Gables».

Para entonces la rubia niña Maud, que les regaba las enredaderas y les proporcionaba lenguados para cenar, se había convertido en una preciosa señorita, la belleza del pueblo.

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