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El pasaje secreto

El pasaje secreto

Gudanz nació en Ulán Bator, de padres argentinos: Ramiro y Diana. Habla el español a la perfección, con un acento exótico.

Diana, gerenta operativa de una empresa multinacional procesadora de alimentos, fue selecta para manejar la planta de la capital de Mongolia. Ramiro aceptó el desafío. Ya llevan 14 años viviendo en el Asia. El parto de Diana en tierras del Kan, dos años después de haberse instalado, resultó para la pareja una festiva confirmación de que habían tomado la decisión correcta.

Aunque Buenos Aires es una referencia ineludible para Gudanz, que pronto cumplirá los 13 años, no han regresado a la Argentina.

No hubo mayores motivos para la visita y tampoco aparecen en el horizonte cercano. Sus días en Mongolia son apacibles: han visitado China, Japón y París. Cuando proceda, harán pie en Buenos Aires. Ramiro es un efectivo diseñador de páginas web, trabaja desde casa, en el noroeste de Ulán Bator, a un kilómetro y medio del centro comercial de la ciudad.

Entre la memorabilia argentina que Ramiro y Gudanz comparten de hombre a hombre, figura en un peldaño destacado el gol de Maradona a los ingleses de 1986. El gol en el aire.

"Más de treinta años después de aquel partido en el Estadio Azteca, lo gritaron juntos como si estuviera sucediendo la primera vez que lo vieron"

Gudanz concurre a un colegio multilingüe, de habla inglesa en general, y con horarios determinados para un repaso, con docentes personalizados, por los idiomas de origen de cada alumno. Ninguno de sus compañeros ha mencionado nunca alguna particularidad sobre ese gol de Maradona. Ramiro lo comentó con Gudanz como si fuera un gol legítimo con la cabeza, sin aclarar. En ningún momento se refirió específicamente a un “cabezazo”. Ni Gudanz consultó al respecto. Solo lo celebraron.

Más de treinta años después de aquel partido en el Estadio Azteca, lo gritaron juntos como si estuviera sucediendo la primera vez que lo vieron, en una filmación sin relato, musicalizada por los Rolling Stones y Serú Girán, comprada por Ramiro a un coleccionista en la web. ¿Eligió adrede esa versión despojada? El tema no pasó a mayores.

Ese gol es para Gudanz uno de los acontecimientos históricos que lo conectan con el país de sus padres. Gudanz es un cordial jugador de fútbol, interesado pero no especialmente dotado. No obstante, como espectador, siente en este deporte el llamado de sus ancestros. Es parte integral de su argentinidad a distancia.

Una tarde Gudanz le comenta a Ramiro que un alumno mexicano se ha incorporado al curso. Pronto terminarán séptimo: la secundaria es otro asunto. El mexicano, Oliverio, igual que Gudanz, cifra en la Historia del fútbol sus vínculos con Latinoamérica. Oliverio nació en el DF. Migró a Mongolia con sus padres a los 9 años. Su padre ha puesto un restaurant mexicano, su madre es ama de casa. Conoce al dedillo el Mundial 86, comenta entusiasmado Gudanz a Ramiro.

"¿Cómo impactará en el muchacho el dato de que Maradona convirtió ese gol por fuera de las reglas?"

Esa noche el padre de Gudanz no duerme. ¿Y si su compañero, hispanoparlante, le informa a Gudanz de la mano de Dios? Precisamente al final de sus doce años, cuando el joven Gudanz orilla la edad de la responsabilidad. ¿Cómo impactará en el muchacho el dato de que Maradona convirtió ese gol por fuera de las reglas? ¿Qué pensará cuando sepa que ese gol icónico tuvo más astucia que mérito? Gudanz es un estudiante discretamente honesto, apegado al esfuerzo, a la adquisición de conocimiento. ¿Cómo considerará a su padre cuando descubra que durante toda su infancia le presentó como un mito lo que era una infracción?

Por la mañana, cuando lleva a Gudanz al colegio, Ramiro permanece inusualmente silente. Gudanz apenas si pregunta qué le ocurre, y el padre responde que lo preocupa un trabajo en ciernes. Pero ese mismo mediodía Ramiro decide que cuando Gudanz regrese del colegio, aún a riesgo de que Oliverio no le haya dicho ni nunca le vaya a decir nada, le revelará la verdad: Maradona hizo el gol con la mano.

Diana ha regresado temprano del trabajo. Ramiro le advierte que al anochecer saldrá a pasear con Gudanz, quizás se queden a cenar por el centro, le transmitirá el secreto como un ritual de pasaje a la adultez. Diana sonríe por la gravedad con la que Ramiro asume el conflicto, pero no se opone. La suerte está echada.

Ramiro y Gudanz cenan temprano, en el restaurant mexicano del padre de Oliverio, en una calle lateral del centro de Ulán Bator. La ocasión lo amerita.

Ramiro repentinamente se descubre sudando. No es el picante de los tacos, ni el trago Margarita. Ha llegado el momento. Las quesadillas y el guacamole en sus respectivas fuentes, pequeñas, blancas, en vilo hasta que amaine el sismo de la sangre.

—Hijo, sobre el gol de Maradona… —expone Ramiro tras un tequila sangrita—. El gol en el aire.

Gudanz palidece. ¿O le parece a Ramiro?

Indudablemente la expresión del muchacho no es habitual. Una mezcla de temor y perplejidad. Ramiro duda. Le provoca curiosidad la reacción de su hijo. ¿Por qué la aprensión, si ignora qué le dirá?

—Ese gol —murmura por fin Ramiro, y alza la voz; si va a decirlo, debe ser concluyente— Maradona lo hizo con la mano. Más allá de toda duda razonable. El propio Maradona lo confesó.

"Cómo podrían juzgar a un jugador, a cualquier deportista, en ese deporte, en esas circunstancias, sin ponerse de algún modo en su lugar?"

No le dice “Diego” ni “el Diez”. La verdad requiere de cierta solemnidad, apego a los hechos (la realidad forma parte de la verdad, pero no es su único componente).

Ahora Gudanz, para gran sorpresa de su padre, resopla aliviado. Los colores regresan al rostro del muchacho.

—Claro —confirma Gudanz en su exótico español—. La mano de Dios.

Y agrega, tras beber su limonada con jengibre y cilantro:

—Pensé que no lo sabías.

Su hijo —Ramiro se pregunta desde cuándo—, estuvo protegiéndolo de esa información, preservando el secreto para compartir la alegría pura con el padre.

Ramiro observa a su hijo con el pecho a punto de estallarle de orgullo.

—Muchas veces me pregunto qué hubiera hecho yo en una situación así —continúa Gudanz—. No es algo que se pueda saber si no te pasa. Saltás, no llegás… Te sale automáticamente alzar la mano. No te ven. ¿Qué hacés?

Ramiro nunca lo había pensado así. ¿Cómo podrían juzgar a un jugador, a cualquier deportista, en ese deporte, en esas circunstancias, sin ponerse de algún modo en su lugar? ¿Cómo hubiéramos actuado?, le pregunta su hijo. No es fácil para el padre dar una respuesta. Pero tampoco la necesita: el pasaje secreto a la adultez de Gudanz, es también secreto para el padre. Quizás en eso consista.

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