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El patinador de McGill

El patinador de McGill

Hay un joven patinando con maestría, bien abrigado, dentro de un pequeño recinto que han instalado para el invierno en el centro del campus de McGill, bajo la tarde gris y anochecida. El campus está rodeado de edificios victorianos, cuya nieve sobre los tejados puntiagudos se precipita hacia el suelo e impacta brutalmente por las ráfagas de viento.

El joven lleva un palo de hockey y golpea la bola con suavidad, como meciendo una plumilla por el hielo. La bola o la plumilla, lo que quiera que sea, no la veo desde mi posición, calentita, sentada a una mesa tras los cristales de la biblioteca. Pero me la imagino deslizándose por la compacta superficie. Es mejor imaginarse las cosas. Suelen ser más agradables. Aunque igual el chaval solo está dando golpes al viento, ¿quién sabe?, y solo simula jugar como yo simulo escribir en esta biblioteca universitaria a la que he venido para intentar concentrarme en algo, en algunas palabras, en algún escrito que valga la pena y me saque de la anomalía mental que llevo encima desde hace meses en esta ciudad congelada. Necesitaba ver personas a mi alrededor, aunque me sean indiferentes y sus vidas no me interesen porque no las conozco, aunque las podría conocer y entonces empezarían a interesarme.

"Lo increíble de todo, mientras cojo mi abrigo, la bufanda y los guantes, antes de salir de la biblioteca e irme hacia él para helarme de frío y darle mi enhorabuena, es que no hay ninguna bola sobre el hielo, ni él lleva un palo de hockey"

Me fijo bien en el patinador. Hace cabriolas y flexiones bien aparentes. Es muy elástico, y joven, puesto que estamos en un campus, aunque no le pueda ver la cara desde aquí, solo su complexión bajo el abrigo rojo y el gorro blanco. Me doy cuenta de que es muy diestro con el palo, que sabe de verdad jugar y tiene un gran estilo cuando gira la cintura y golpea afirmando su destreza, una y otra vez de forma incansable y meritoria. Gira sobre sí mismo, se curva como un profesional y golpea. Me está gustado el espectáculo. Es perseverante. Es la obsesión canadiense. El hockey. Si no estuviéramos a veinte grados bajo cero saldría al exterior y me quedaría mirándolo muy de cerca para que se diera cuenta de que me alegra verle golpear con tanto estilo. Me gustaría también aplaudirle y que se sintiera orgulloso de su arte. Le regalaría este escrito para que viera que las dos horas que lleva dando golpes de hockey como un malabarista entusiasmado le ha merecido la pena a alguien. Es lo mejor del día, de verdad.

Lo increíble de todo, mientras cojo mi abrigo, la bufanda y los guantes, antes de salir de la biblioteca e irme hacia él para helarme de frío y darle mi enhorabuena, es que no hay ninguna bola sobre el hielo, ni él lleva un palo de hockey. Ha levantado el brazo y empuña un tosco mango de madera que sujeta bajo los guantes: no termina en una pala de golpeo decorada con emblemas, como he imaginado, sino en una plancha ondulada de una fea barredora de nieve con la que aplana la superficie del recinto para los chavales que se aproximan a él con verdaderos palos de hockey al hombro.

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