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El realismo de Fernán Caballero

Se suele aceptar, y así lo reflejan los manuales de literatura, que Balzac y Stendhal son los precursores del realismo europeo, esa manera de entender la literatura como imitación y reflejo de la realidad, con la intención, nunca satisfecha, de descifrar la compleja urdimbre que articula el entramado social de nuestras acciones.

Un modo de entender la literatura que ha prefigurado —por reacción o asunción— los desarrollos escriturales ulteriores de la novelística europea, a través del desarrollo de diferentes técnicas y narratologías que no cesan de buscan el mismo fin: retratar la sociedad y el alma de un tiempo o, por decirlo en términos orteguianos, el sistema de vigencias de una determinada época o periodo histórico.

Y si bien es cierto que la novelística francesa de los años cincuenta del siglo XIX y los entornos de la revista Réalisme (1857) pueden considerarse como el epicentro irradiador del nuevo arte de novelar de las literaturas europeas, también conviene recordar que en España este enfoque creativo ya contaba con un prestigioso venero de antecedentes literarios, desde La Celestina de Fernando de Rojas al género picaresco y la novela cervantina, pasando por los más inmediatos precedentes del costumbrismo español, mimbres también de la novela folletín y de la novela histórica.

"En estos tiempos en los que se busca recuperar, desde una óptica feminista, a las novelistas postergadas, Fernán Caballero tampoco vive su mejor momento, quizá por el doctrinarismo y los repulgos morales que subyacen en su literatura"

Pero, como las literaturas tienen que reinventarse cada cierto periodo histórico, bajo el sello de la novedad, cuando no del adanismo, el realismo español también tiene una fecha de origen que establece un hiato con su continuidad histórica, y por eso se considera que la primera etapa del realismo español la marcan las obras de Fernán Caballero y de Pedro Antonio de Alarcón, precursores de Valera, Pereda, Galdós y Clarín, y de cuantos escritores les han sucedido hasta nuestra época.

Fernán Caballero, tal vez por ello, se ha convertido en referencia obligada para cualquier estudiante de Filología Hispánica, a partir del sustantivo argumentario académico, pero no de la lectura de sus libros, como si fuera una escritora de obligada cita, pero de literatura muerta. Incluso, en estos tiempos en los que se busca recuperar, desde una óptica feminista, a las novelistas postergadas, Fernán Caballero tampoco vive su mejor momento, quizá por el doctrinarismo y los repulgos morales que subyacen, a veces demasiado explícitamente, en su literatura. Este carácter retrógrado o convencional que se le ha atribuido, como lugar común o sambenito que la crítica todavía no ha conseguido desprender a su obra narrativa, impide a muchos lectores introducirse en las vívidas páginas de esta culta e inteligente escritora.

Fernán Caballero tiene una biografía tan poco convencional como paradójica. Proviene de una familia especialmente culta, hija de Juan Nicolás Böhl de Faber, notable hispanista del romanticismo español, y de Frasquita Larrea —todo un antecedente de Mme. Verdurin, de Marcel Proust—, escritora y organizadora de las tertulias literarias más afamadas de Cádiz, y vivaz lectora de la obra de la precursora feminista Mary Wollstonecraft. Cecilia se formó en Alemania y escribió la mayoría de sus obras en tres idiomas, francés y español preferentemente, pero también en alemán. Vivió en diferentes países europeos; en Londres mantuvo un secreto romance con el aristócrata Federico Cuthbert, y también se casó en tres ocasiones, siendo el último de sus matrimonios con un hombre al que le sacaba dieciocho años. Como puede observarse en este apurado perfil biográfico, su vida dista mucho de ser convencional o de asemejarse a la mayoría de las españolas de su época.

"Resulta curioso cómo una mujer tan culta como Fernán Caballero, tan cosmopolita en su época, se considerase a sí misma una mera transcriptora de la realidad"

La colección Biblioteca de Castro, dirigida por Darío Villanueva, ofrece a los lectores la Narrativa escogida de Fernán Caballero, edición que cumple la función de compendiar la narrativa de esta precursora del realismo español, casi como si se tratara de sus obras completas. El libro resulta monumental, no solo por su intimidatorio número de páginas, sino por la relación de obras de Fernán Caballero que atesora. La selección de este elenco de obras fernandinas y el prólogo corren a cargo de Enrique Rubio Cremades, toda una autoridad en la materia, amén de director de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

En el prólogo, Rubio Cremades señala la división que ocasionó su obra en los escritores de su tiempo, con testimonios muy dispares entre los escritores apologéticos —Hartzenbusch, Bretón de los Herreros, Rivas, Madrazo, etc.— y los detractores, señalando entre estos últimos a Valera, Barrantes y Castelar, quienes censuraron a Fernán Caballero «no por su calidad literaria, sino por su neocatolicismo impregnado de un tradicionalismo arcaico, vetusto» (XVIII).

Resulta curioso cómo una mujer tan culta como Fernán Caballero, tan cosmopolita en su época, se considerase a sí misma una mera transcriptora de la realidad, sin otra aspiración que trasladar sus impresiones y las de poner en salvaguarda las numerosas historias que le salen al camino, que la gente le cuenta y que ella anota cuidadosamente, porque sabe que son tesoros a punto de perderse, de derramarse para siempre en las aguas del olvido. Ella misma, como recoge Rubio Cremades de su correspondencia con Hartzenbusch, se considera a sí misma «como una cotorra campesina» (XXX), una imagen que en poco se corresponde con la trayectoria de sus pasos y que hace muy poca justicia a su literatura.

"El lector, además de encontrarse con numerosas paremias y refranes que colorean la prosa fernandina, también se encuentra con otros hallazgos de sorprendente calado"

Ciertamente, Fernán Caballero demuestra un gran conocimiento de las técnicas literarias de su tiempo, de lo que se estaba haciendo pioneramente en Francia, de la literatura de Balzac y de Stendhal. Del primero, por ejemplo, retoma algunos rasgos del abate Corbín de Ilusiones perdidas; en el abad, hermano de don Martín, de Clemencia, si bien desde una perspectiva diametralmente opuesta; aunque el camino de iniciación seguido por Clemencia, a través de los consejos doctrinales del abad, conserva un paralelismo inverso al proceso de iniciación —totalmente pragmático y maquiavelesco— seguido por Lucien de Rubempré con el abate Miroué. Uno se produce en una estancia de la casa de don Martín, el otro en el habitáculo de una diligencia camino de París, pero ambos escenarios conservan la penumbrosa atmósfera de un confesionario.

Pero el lector, además de encontrarse con numerosas paremias y refranes que colorean la prosa fernandina, también se encuentra con otros hallazgos de sorprendente calado. Por ejemplo, en La gaviota se encuentra esta sorprendente descripción, en la despedida de Stein de Villamar, el pueblo que lo acogió: «Y la torre, que, según la expresión de un poeta, como un dedo, señalaba el cielo con muda elocuencia» (131-132). Una descripción de una torre que inmediatamente nos lleva a otra torre que forma parte de una página de oro de la literatura universal: «La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo». ¿Se habrá inspirado Alas, Clarín, en esta lograda imagen de Fernán Caballero para componer el romance de piedra que sobresale por un fragmento de la primera página de La Regenta? La literatura es un palimpsesto, un débito continuo, pero ¡cómo se engrandece una obra —y una autora— al encontrarse con estos hallazgos!

Fernán Caballero también nos traslada su poética escritural a través de uno de sus personajes de La gaviota, que han seguido prácticamente todos los escritores finiseculares y que a mí vuelve a transportarme a Leopoldo Alas, Clarín: «Si yo fuera la reina, mandaría escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar» (169-171).

"En Clemencia, la autora intenta rebajar el clima emocional a través de algún rasgo de humor, como el nombre que le prodiga a uno de sus personajes, Galo Pando"

Y ciertamente, Fernán Caballlero no solo escribió una, sino tres novelas. La gaviota sorprende por su escenario, el recóndito universo de Villamar, tan idealizado que conforma uno de los estereotipos de su literatura, donde los grandes valores humanos se conservan en las vidas sencillas, en los pueblos perdidos de la España rural, libre del asedio de los males que aquejaban la irrupción de los nuevos tiempos, caracterizados por su nihilista pragmatismo. La familia de Alvareda quizá sea su novela más lograda, y así lo reconoce la crítica especializada: una novela de venganzas y de expiaciones, donde la generosidad humana prevalece a pesar de la oscuridad del contexto histórico y biográfico que atraviesan sus personajes, el destino cruzado de dos familias que se entreveran como el barro de su tierra. El título resulta sumamente evocador, al servir de precedente a La familia de pascual Duarte, de Camilo José Cela. Clemencia es la novela más autobiográfica, y yo diría que la más irregular de su trilogía, por sus digresiones morales y por la perseverante transmisión doctrinal, un tanto maniquea, de la superioridad del amor de índole espiritual —un amor un tanto racionalizado— frente al amor pasional. En Clemencia, la autora intenta rebajar el clima emocional a través de algún rasgo de humor, como el nombre que le prodiga a uno de sus personajes, Galo Pando, en el que, a través de un calambur, nos define a su personaje, que no cesa de galopar por los domicilios de la aristocracia sevillana.

Pero este volumen también cuenta con un compendio, más que representativo, de sus numerosos relatos cortos y cuentos, algunos procedentes de la tradición oral, reescritos y reinterpretados por el talento de Fernán Caballero. La primera serie recogida bajo el afortunado título de Relaciones, no deja de representar los azares y vueltas de tuerca que procura la vida y que no dejan de nutrir el arte. En estos relatos queda patente el magisterio narrativo de Fernán Caballero, cuyas analepsis y discurso paradojal —más allá de su consabida sobrecarga doctrinal— la emparentan con los autores de otras literaturas, como Nathaniel Hawthorne.

"Es una magnífica edición de la Biblioteca Castro, que nos devuelve, no renovada, sino plenamente viva, su precursora escritura"

En los Relatos breves sobresale “El vendedor de tagarninas”, un relato innovador por su explícita denuncia social, por lo que en sus páginas bien podría haberse inspirado Emilio Prados para escribir su poema ¡Alerta!, que, como bien señala el poeta malagueño, está dedicado a «El Capitán, niño asperonero de las playas de Málaga que murió sepultado bajo la arena, y a todos los niños de las playas del mundo». ¿Quién no se conmueve ante la historia del niño que muere de frío buscando tagarninas para sustentar a su familia?

Este volumen compilatorio se cierra con cerca de una treintena de cuentos recogidos bajo los encabezamientos de Cuentos populares y de Cuentos de encantamiento, llenos de sabor popular, pero siempre salpimentados por los luminosos destellos de la exigente literatura.

Fernán Caballero, en una magnífica edición de la Biblioteca Castro, que nos devuelve, no renovada, sino plenamente viva, su precursora escritura.

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Autor: Fernán Caballero. Título: Narrativa escogida. Editorial: Biblioteca Castro. Venta: Todos tus libros.

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