Los engreídos (Lola Books, 2025) es irritante porque nos retrata con detalle y con una inusitada precisión, incluido cierto anómalo sentido del humor. Con todo ello se descubre el miedo sectario del progresismo actual, su racismo soterrado, su innegable responsabilidad en el crecimiento de la derecha populista. Ante todo, Sahra Wagenknecht desenmascara una furiosa y malhumorada vanidad alimentada por el pánico a lo real, a una realidad popular que el empoderamiento alternativo desprecia.
Estas soberbias páginas no tendrán ningún efecto, al menos en España. ¿Conocen a alguien que las haya leído? Se diga lo que se diga, Sahra Wagenknecht es una persona perfectamente cancelada entre nosotros. El anatema de rojiparda, su supuesto traspaso de no se sabe qué líneas rojas en el campo de la inmigración, ha significado que este libro, indispensable para entender en qué situación de bochornosa complicidad se encuentra el progresismo, sea prácticamente inexistente entre nosotros. Y tal cortina de silencio no se debe a que Los engreídos se ocupe demasiado de Alemania. Al contrario, se debe a que se ocupa demasiado de España, de lo que el complot alternativo contra la realidad comparte en casi toda Europa.
La de Wagenknecht sería hoy una investigación crucial para intentar un progresismo no sectario, otra izquierda real, abierta a la imperfección popular. Pero estamos demasiados ocupados con nuestro narcinismo como para escuchar voces que nos adviertan que llevamos décadas empujando los votos obreros hacia la extrema derecha. Si Guy Debord insistía hace treinta años en que nuestro nihilismo social, al no tener nada vital y afirmativo que ofrecer, vive a expensas de enemigos incesantemente recreados, el libro de Wagenknecht es clave para actualizar, a veces con una precisión milimétrica, tal diagnóstico inquietante. Y clave también para un corolario implícito que esta mujer toca de algún modo: una profunda complicidad entre la izquierda, el centro y la derecha actuales. Donald Trump, Kaja Kallas y Pedro Sánchez tienen en común el engreimiento: vale decir, la sordera política del narcisismo. Esta es la sustancia de lo global, de su ficción primermundista. El entero arco ideológico comparte una agenda autorreferencial en la que no hay afuera que nos imponga nada: ni Dios para la derecha, ni Pueblo para la izquierda. Tal ideología política, la de un nosotros que ya no necesita siquiera ideas, es el cemento inconsciente del sistema. ¿Por eso las ideologías están en crisis?
No es que la personalidad intelectual de Sahra Wagenknecht carezca de líneas de sombra. Perteneciente a una tradición de izquierda coherentemente ilustrada y kantiana, Wagenknecht (a diferencia de E. Todd) ignora la profundidad antropológica de las culturas, también la relevancia cognitiva de las religiones. De ahí que a veces caiga en una asimilación demasiado rápida entre “islam” y “fundamentalismo”. O que eluda metódicamente el hiriente tema de Palestina, quizá para no dañar esa “cuestión de estado” que es en Alemania la seguridad de Israel. Con todo, sus incisivas páginas sobre la manera en que la arrogancia de izquierda ha arruinado en Europa la cultura del debate, por tanto, cómo nuestro dogmatismo moral ha cebado los argumentos de la extrema derecha recurriendo a emociones en vez de argumentos, no tienen desperdicio. Que las constantes alusiones de Wagenknecht a la realidad popular sean tomadas por algunos lectores españoles como “demagógicas” indican hasta qué punto, a pesar del escándalo de las matanzas en Gaza y Ucrania, de la invasión de Venezuela, las filas alternativas están muy lejos de hacer examen de conciencia sobre una sordera endémica.
A veces la ironía de Wagenknecht contra la soberbia de la izquierda como “estilo de vida” roza una genial metapsicología. Podría recordar incluso a la Naomi Klein de No logo. Para ellas, es el dogmatismo moral de una izquierda convencida de que ya ha llegado lo que convierte el indispensable debate político en una cuestión de urgente “decencia” que no puede debatir sus principios con nadie. Ya saben, Hitler es un unicum para ser a la vez un modelo universal: padre de Sadam Hussein, de Maduro, etc. Y con los dictadores no se discute. Si uno se siente amenazado, en esta piel tan fina de la nueva izquierda, es normal que nos limitemos a tender un cordón sanitario y deseemos que cierta clase de elementos incómodos para nuestra gloria progresista se vayan cuanto antes a una extrema derecha convenientemente encintada. Pero este gesto faccioso, insiste Wagenknecht, es políticamente funesto, pues no hace más que convertir la auto-convicción de la izquierda en un campo cada día más baldío. ¿No es la impunidad democrática de Trump una prueba de ello?
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Autor: Sahra Wagenknecht. Título: Los engreídos. Traducción: Carlos García Hernández. Editorial: Lola Books. Venta: Todos tus libros.


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