Treinta y tantos años antes de que llegaran los hippies, cuando aún faltaba más de medio siglo para que la masificación turística acabase con su encanto, Ibiza ya era un punto de reunión de la bohemia internacional. En la tercera década de la centuria pasada, visitaron la isla los dadaístas alemanes. Raoul Hausmann llegó en 1937 huyendo de los nazis. Por aquel entonces, también se vio en la pitiusa mayor al poeta Tristan Tzara y al filósofo Walter Benjamin. Cuando en 1938 Hausmann se topó en el puerto, en el dique Botafoc —la Marina Botafoc, que allí la llaman— con un buque de la Kriegsmarine, la armada de la Wehrmacht, comprendió lo estrecha que era la alianza entre la España de Franco y los nazis, de modo que decidió poner tierra de por medio.
El más singular de cuantos artistas y bohemios recalaron en Ibiza fue un húngaro, un diletante que vivió el París de Matisse, de Derain y, a veces, hasta el de Picasso. Pertenecía a una de las familias con más rancio abolengo de Budapest, y un día como el de hoy iba a vivir su gran momento, su Big Time, entrando a la vez en la historia del fraude y en la del cine. Elmyr de Hory, el húngaro en cuestión, había llamado la atención de Orson Welles, quien hace ahora 51 años, en marzo del 75, estrenaba F de Fraude, un documental sobre la impostura y la falsificación, que habría de ser un nuevo hito en la filmografía de un fingidor que en octubre de 1938, puesto a retransmitir una dramatización de la La guerra de los mundos (H. G. Wells, 1898), al frente del Mercury Theatre en la CBS radio, había hecho creer a sus oyentes que los marcianos atacaban la Tierra.
A Elmyr no le faltaban aptitudes para la dignidad que le había conferido Welles. Tras ser detenido por los nazis cuando entraron en Francia, fue deportado a Alemania y torturado por la Gestapo. En Ibiza nunca acabaron de creerse que escapara de aquellos asesinos cuando, tras romperle una pierna en el suplicio, le enviaron al hospital. Pero nadie dudaba de las glorias posteriores del rey del fraude.
Se decía que llegó a vender más de mil pinturas falsificadas. La primera fue en la posguerra, cuando vivía en la pobreza, de nuevo en Budapest. Una amiga suya se fijó en uno de los dibujos que decoraban su mísera casa. Creyéndolo un Picasso, se lo compró y se lo pagó como tal.
Elmyr sostenía que no era un falsificador porque no firmó ni ésa ni ninguna de las novecientas noventa y nueve obras que llegaron después. Fue su marchante quien estampó las rúbricas. Sus óleos falsos colgaban en las mansiones de medio mundo hasta que el enfrentamiento en público de sus representantes desató las sospechas de uno de los magnates que más obra les había adquirido y les denunció. El escándalo trascendió a la escena internacional y Elmyr de Hory, afincado en Ibiza, se convirtió en un mito entre esa heterodoxia cínica que entiende el fraude como la más sublime forma de rebelión. Qué dirían ahora que el fraude es una forma de gobierno, y miente por igual el superhéroe de la paz que su archienemigo de la guerra. Qué dirían en esa segunda edad de oro de la mentira a la que asistimos, estos poetas de la impostura.
Mientras se dilucidaba su culpabilidad en el asunto de las falsificaciones, las autoridades españolas sólo pudieron detenerle por su condición sexual. Le aplicaron la Ley de Vagos y Maleantes y fue condenado a dos meses de prisión por convivencia con delincuentes, homosexualidad y “carecer de medios demostrables de subsistencia”.
Cuando salió de la cárcel de Ibiza, esa cohorte internacional que le adoraba en Dalt Vila —el recinto amurallado de la pitiusa mayor, el casco antiguo de la ciudad y el lugar de residencia favorito de los expatriados en la isla— lo había mitificado.
Apenas le hablaron de Elmyr de Hory sus amigos franceses, Welles y Oja Kodar, su compañera de entonces, sintieron la necesidad imperante de conocerlo. Dicho y hecho. Unas horas después, Welles comenzaba su experiencia ibicenca.
Ya quedan pocos de los que le conocieron, pero aún se habla de las fiestas del impostor. Hombre generoso con sus amigos, frecuentemente en circunstancias tan precarias como las que el propio Elmyr vivió antes de vender su primera “imitación”, que él las llamaba, el rey del fraude corría con todos los gastos de los distintos placeres de sus celebraciones. Pero dicen que, entre tantos aduladores, el amo del fraude siempre sabía distinguir a un amigo de verdad.
Los acólitos de Elmyr de Hory, entre los que mayormente se había desarrollado la experiencia ibicenca del cineasta desde sus comienzos, eran auténticos nihilistas. Elmyr era el astro de aquella edad de oro del fraude; los adjuntos, sus satélites, rey Luis del Versalles ibicenco. Todos adoraban al gran maestro de la falsificación y la mentira. La simpatía entre el estadounidense y el húngaro fue mutua desde el primer momento. Los que parecían figurantes en la película eran los invitados a las fiestas en la realidad, como aquella en la que el gran embaucador, socio de estafadores desde que hay noticias de él, realiza un falso Matisse, en segundos, frente a la cámara del cineasta.
Aquella Ibiza, como el París de la Generación Perdida, era una fiesta. Una fiesta que para Elmyr de Hory tocó a su fin el 11 de diciembre de 1976, cuando, sabiendo que la Interpol había dictado una orden de busca y captura contra él, decidió quitarse la vida tras una última juerga. Así se escribe la historia.


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