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Elogio de la correspondencia

Elogio de la correspondencia

Soy de esos que todavía mantiene la costumbre de escribir cartas a los amigos, no sin asombro ni cierta perplejidad de aquellos que me acompañan en un viaje. Callados, sin mentar una palabra o pronunciar un comentario, observan con un punto de curiosidad en cómo me afano en una labor que muchos consideran obsoleta y, concentrado, garabateo con una pluma, la que suelo llevar conmigo, unas líneas sucintas en el reverso de una postal o me demoro en escribir cuidadosamente y con mi endiablada letra unas cuantas cuartillas o un par de hojas encabezadas por el membrete de algún hotel. Lo hacen con la estupefacción y la curiosidad de las personas que observan una artesanía o un oficio extinto, con una reverencial prudencia y un acento de incomprensión en la mirada —es sencillo reconocer en sus expresiones cómo se preguntan por qué me molesto en eso si ya existe el email y los móviles permiten enviar fotografías y mensajes instantáneos—. Resignados, aguantan la tesitura sin interponer una objeción, respetando mi silencio durante varios minutos hasta que concluyo  la tarea. Con la misma discreción, soportan el arduo y, a veces extenuante trabajo, de encontrar los sellos, el sobre y un buzón, lo que llegar a ser una cansada búsqueda, sobre todo en determinados países de Oriente Medio (y también en otros más cercanos).

"No hay que echar tanta culpa a la tecnología, sino también a la atávica pereza humana"

Adopté este hábito durante mis viajes iniciales y lo he sostenido a pesar de que los tiempos últimamente no están para estas filigranas (y otras tantas) y la reciprocidad ha decaído hasta ser prácticamente nula, hecho por el que jamás hay que dejarse influir demasiado ni perder el desaliento en este asunto como, también, en otros muchos. Escucho con frecuencia la excusa de que el correo electrónico ha sustituido a las antiguas misivas. Es ese discurso de lo nuevo ante lo viejo que hemos escuchado centenares de veces, eso de que la modernidad  viene para reemplazar lo que ya está caduco o pinta ya muy demodé. Un argumento que trata de relegar las misivas a un mero entretenimiento para pendolistas nostálgicos, almas con vocación de amanuense o últimos mohicanos como el que suscribe estas líneas. Pero no hay que echar tanta culpa a la tecnología, sino también a la atávica pereza humana.

"Cuando alguien manda una postal o una carta entran en juego unos afectos y complicidades que dicen bastante del vínculo que une a esas personas"

Cada época trae sus usos, sus instrumentos y sus maneras y lo que se quiera, y bien está. Pero recibir una carta hoy tiene unas connotaciones y significados implícitos diferentes a la época en que el escritor Pierre Ambroise Choderlos de Laclos publicó sus Amistades peligrosas. Aquí entran ahora unas emociones distintas. Igual que la aparición de la fotografía empujó a la pintura hacia otras vertientes, la correspondencia ha evolucionado hacia una sensibilidad y propósitos distintos. Ya no se remite una epístola para ofrecer unas condolencias, comunicar un nacimiento, hacer llegar cualquier mandamiento imperativo sobre un negocio o cualquier otra urgencia de calado semejante. Para eso ya hay otros canales y medios más adecuados. Durante un invierno, sostuve una correspondencia de una carta semanal, en ocasiones dos, con una amiga que vivía en Irlanda y con la que podía hablar cualquier día que me apeteciera con sólo descolgar el teléfono. Pero los dos encontramos cierta satisfacción en darnos una pausa, disfrutar de la tardanza y aprender a acudir al buzón para recoger cada ciertos días una carta, que nunca tardaba lo mismo en llegar, que es justo uno de sus encantos (de hecho, la eficiencia o no del correo postal dice mucho de un país). Quizá, entendimos entonces, cuando alguien manda una postal o una carta entran en juego unos afectos y complicidades que dicen bastante del vínculo que une a esas personas y, probablemente, incluso, del contenido de esos sucintos párrafos.

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