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Emilio Aragón: «Una ciudad sin librerías sería una tragedia shakesperiana»

Emilio Aragón: «Una ciudad sin librerías sería una tragedia shakesperiana»

Fotos: Jacobo Medrano

Chicho Ibáñez Serrador le aconsejó que se pusiera gafas y Valerio Lazarov llegó a un acuerdo con él para poder combinar el esmoquin con unas Converse All Star. Descubrió a James Taylor gracias a sus hermanas y el mundo a través de Sin novedad en el frente. Hoy, Emilio Aragón (La Habana, Cuba, 1959) se encuentra a punto de estrenar la segunda temporada de su programa B.S.O., en Movistar+, ha cumplido 62 años y sigue poniendo voz de macarra.

Esta entradilla medía un párrafo y medio a las tres y veintitrés de la madrugada de un sábado (para domingo) con la ciudad en ardentía y en pleno conticinio. Sonaba Lo mejor de nuestra vida, de Antonio Vega, quizá demasiado acelerada para esas horas, ¿pero quién osaba rechazar la electricidad de una guitarra? Alguien en Spotify ha pensado que lo idóneo —para no perderse— era unificar la discografía completa en la etiqueta «Antonio Vega» y no mutilarla dejando 3.000 noches con Marga fuera, bajo el tag «Antonio Vega Tallés». Para Emilio Aragón, aparte de su banda sonora, Antonio Vega son más de 40 años de su vida. La primera vez que le dejaron viajar por su cuenta, Emilio tenía 15 años y su compañero de cabaña en el Sueve (Asturias) era Antonio, que entonces contaba con 17. Ambos fueron vecinos en el barrio de La Piovera y tocaron juntos en la banda que los hermanos mayores de Antonio habían formado (Emilio era teclista y Antonio Vega percusionista). La escena se repetiría similar en el estudio número 10 de Antena 3, durante el programa Noche noche, en 1993. Aragón (piano) y el ex Nacha Pop (voz y la guitarra) harían juntos «El sitio de mi recreo» (Belén Rueda fue testigo de la actuación). Al terminar, Antonio habló por el micro: «Si alguien entiende este tipo de canciones ese es mi amigo Emilio». Verlo hoy en YouTube, ya a las cuatro menos diez, es llamar al otoño para que pase pronto por Madrid.

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—Emilio, ¿por qué es imposible silbar estando enfadado?

"Es complicado ver a una persona silbar. Es una forma de hablar del poder de la música para acompañarnos en cualquier momento"

—Es algo que mi padre comentaba y que mí me ha llamado la atención. No es que sea literalmente así, pero te aseguro que la gente que ves que silba lo hace como una manera de acompañar ese momento para hacerlo más agradable y, por ende, para no estar triste. Pero es difícil tener esa actitud. No sé si te has parado a imaginarlo; es complicado ver a una persona silbar. Es una forma de hablar del poder de la música para acompañarnos en cualquier momento.

—¿Crees en los milagros o crees en la magia?

—(Risas) Desarrolla un poco más para saber por dónde ir.

—Te escuché decir una vez que está muy bien que hubiera programas de música en televisión. Pero que haya programación musical en la tele, aunque sea en la privada, ¿es un milagro?

—No. Creo que la televisión —y siempre ha sido así— va por épocas también. Ha habido una época en que la ficción ha tenido un peso muy importante, y ahora, de repente, notamos que se va abriendo de nuevo la puerta de los programas de entretenimiento en el prime time, como los concursos. He leído por ahí que vuelve El gran juego de la oca, aparentemente (o eso se comenta). Esto va por rachas. Hubo otra época en la que había muchísima música en televisión, gran parte de ella en playback, pero muchos músicos echábamos de menos la música en directo, que es algo que uno agradece mucho, porque eso que está sucediendo pasa solamente ahí, en ese momento único. Por ejemplo, en B.S.O., he tenido la oportunidad de poder acompañar a Bebe o de escuchar a cualquiera de los invitados que ha venido al programa, y eso es algo que ya quedó —para mí— para siempre. Una cosa es lo que se ha grabado en un disco, que puedes escuchar un millón de veces, pero esto que se grabó en el estudio con B.S.O., ese directo, para mí tiene un valor muy importante en la televisión en esos momentos.

—Cantaste con Raphael, nada menos.

—Bueno, eso fue un sueño. Yo tenía una mezcla de emociones. Recuerdo haber acompañado a mi padre al camerino, en San Juan de Puerto Rico, cuando yo era un niño y Raphael una estrella, así que poder tenerlo junto a mí y poder cantar una canción, acompañarlo, charlar con él y estar un día entero en el estudio fue un regalo, un privilegio.

—Hablando de regalos, hace unos pocos años un grupo de personas, entre las cuales estabas tú, ayudasteis a la librería La Regenta para que continuara abierta, cosa que se logró. Sin embargo, hoy está cerrada permanentemente. ¿Dónde compras ahora los libros?

"Esto de ver una película en un iPhone, a no ser que sea por una cuestión de trabajo y no tengas más remedio, pues no"

—Igual me los bajo en mi ebook o voy a una tienda y me los compro. No tengo un patrón fijo. En vacaciones, antes yo viajaba con varios libros y el ebook es una solución para los viajes; eso de poder tener varios libros en un pequeño formato y poder leer… Sin embargo, entiendo a los románticos, porque yo lo soy de alguna manera. Pero creo que cada cosa tiene su tiempo. Alice Walker comentó que el ebook había sido una salvación para ella, porque además devoraba thrillers y se llevaba muchísimos libros de viajes en un pequeño baulito. Es lo mismo que sucede con todo este debate de ver una película en una pantalla grande, sentado en una butaca, en un cine, o verla en una tableta o en un teléfono. Si me dices qué prefiero, sin duda alguna te diría que el cine, porque también estoy compartiendo un momento único con gente al lado, viendo sus reacciones, escucharlas y observar cómo responde la gente a tal o cual momento. Pero, claro, los tiempos van cambiando y uno no tiene más remedio que acomodarse a ellos. Evidentemente, esto de ver una película en un iPhone, a no ser que sea por una cuestión de trabajo y no tengas más remedio, pues no; prefiero verla en pantalla grande.

—Paso a citar una frase de tu libro El indiferente azul del cielo: «Un libro destruido es un corazón que llora».

—Así es. Yo siempre comento que los padres deberíamos tener una segunda oportunidad, y esa segunda oportunidad que tenemos los padres son los nietos. Con los míos estoy haciendo cosas que no hice con mis hijos, como, por ejemplo, sentarme a leer con ellos e intentar enseñarles que un libro va a ser uno de los mejores compañeros que van a tener en su vida. Y cuando digo un libro también puedo decir un instrumento, porque te puede salvar y ser un verdadero compañero de verdad para cualquier momento. Yo siempre he pensado que la literatura y la música han sido compañeros que me han sacado muchas veces de situaciones complicadas. Me han «salvado la vida». A mediados de septiembre empiezo con mi nieto el mayor a dar clases de chelo con él y vamos a ir juntos los dos. Mi hija mayor, madre de mi nieto, me dice: «Tú esto no lo hiciste con nosotros». Bueno, pero lo intenté (risas). Ahí abrimos siempre los debates en las sobremesas.

—Has hablado alguna vez de Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque) y de La casa de los náufragos (Guillermo Rosales), el cual te pareció muy duro. Si estos libros llegaron a ti cuando eras un niño, ¿qué instrumento tocaste antes?

"También me gusta muchísimo la percusión. Debe ser esa cosa que está en el ADN por mi madre, que es muy cubana y muy rumbosa"

—Este verano estaba grabando un disco de piano y en un momento dado quería meter un xilofón. Comentaba con uno de mis hijos que no era la primera vez que lo tocaba. Fue en un programa de mi padre y mis tíos en el Canal 8 de Caracas, en el año 68. Yo tenía nueve años y fue la primera vez que toqué en directo en televisión. Mi padre me preparó un popurrí de canciones y el xilofón fue el primer instrumento que toqué. Pero mi instrumento ha sido el piano, que es el que yo he estudiado y con el que me siento cómodo y de alguna manera es con el que he compuesto y he hecho arreglos. La guitarra la maltrato y este verano he empezado a aprender el acordeón de botones, porque yo el acordeón que toco es el de teclas. Para el acordeón de botones he hablado con mi amigo Joxan Goikoetxea y le he pedido consejo. Al final me he comprado un acordeón de botones y he empezado a trastear con él. También me gusta muchísimo la percusión. Debe ser esa cosa que está en el ADN por mi madre, que es muy cubana y muy rumbosa. De hecho, las canciones y las nanas que le cantaba a mis hijos se las cantaba siempre, como dicen los cubanos, «con tumbao». He sido muy curioso con todo lo que son instrumentos de percusión. Maltrato la batería también o cualquier instrumento de percusión de mano. Y luego, instrumentos de cuerda y viento, pues tenía la asignatura pendiente del chelo, que es lo que empiezo con mi nieto ahora, y la verdad es que de viento y madera lo intenté hace muchos años con el oboe y me costaba horrores. No lo he intentado ni con el saxo ni con la trompeta, porque ya son palabras mayores. Ahora lo envidio. Por ejemplo, el saxo me parece que es un instrumento maravilloso. Tengo un amigo, Llibert Fortuny, que tocó en uno de los programas de B.S.O, justo el de Belén Rueda. Para mí, Llibert es uno de los mejores, y no porque sea amigo mío, es que es uno de los mejores saxos de Europa. Puedes contrastarlo.

—Has mostrado tu admiración hacia Serguéi Prokófiev. ¿Por qué?

—Prokófiev es un ejemplo de lo que es tener una vocación clarísima, porque te diría que no tuvo una buena crítica en toda su vida. Todos sus estrenos fueron conflictivos y la gente protestaba; hacía cosas bastante más avanzadas a lo que se hacía en su momento y cierta parte del público no lo entendía. En un concierto, incluso, había un hombre que estaba buscándolo para pegarle.

—También te gusta Maurice Ravel.

—Yo tengo un «dos caballos» (Citroën 2 CV) y se llama Mauricio por Ravel. Seguramente esto que te cuento te pasa a ti: a veces hay música que trasciende, que va más allá de solamente el hecho de que te guste como compositor. Es, a lo mejor, alguien que te ha acompañado a ti en momentos tan especiales que va más allá, que lo escuchas y es como si fuese un compañero, un amigo. Eso es lo que me pasa a mí con con Ravel. Su obra completa me la conozco de pe a pa. Este verano me estuve leyendo otra biografía suya y vi que era un nombre de una grandeza, una humildad y una delicadeza tremendas.

—Eres un tipo viajado… ¿Las risas suenan igual en todos los países?

"Es tan necesaria la risa... La vamos a necesitar. Deberíamos reírnos más"

—Yo te diría que sí. Evidentemente, por el tipo de humor, quizás cada cultura tenga cosas con las que se identifique mejor. Unos entienden mejor la ironía y otros, a lo mejor, prefieren la comedia más blanca. Pero reírse nos reímos todos. Y además, es tan necesaria la risa… La vamos a necesitar. Deberíamos reírnos más.

—¿La música suena también igual en todos los sitios?

—Supongo que con la música ya entramos en otro terreno. Si a alguien del País Vasco le tocas un tema con la trikitixa o a un andaluz de Sevilla le tocas una bulería, lo que se mueva por dentro va a ser algo distinto en un sitio y en el otro. Creo que tienen mucho que ver las raíces. Luego, dejando atrás lo que tenga que ver con el componente local y tal, está la capacidad del compositor de trascender, llegar y emocionarte. Después está el discurso de la música, su intelectualidad o su parte emocional, que ya es otro debate, pero yo creo que es importante que la música te mueva las tripas de alguna manera, para bien o para mal, pero que te mueva algo. La música te tiene que mover. Y a mí, si algo no me emociona… Bueno, ya es otro tema.

—Sé que si escuchas el «Hotel California» de los Eagles se te mueve todo.

—Absolutamente. Ese fue el primer tema que bailamos mi mujer y yo. Te recomiendo un documental —dividido en dos partes— de la historia de los Eagles (History of The Eagles: The Story of an American Band) y de los momentos truculentos que vivieron, la separación… Está muy interesante.

—¿Qué es la felicidad, Emilio?

"Casi todas las cosas buenas suceden en torno a una mesa"

—La felicidad es para mí la familia, una mesa donde poner las palmas de las manos para tocar encima de ella. Curiosamente, casi todas las cosas buenas suceden en torno a una mesa.

—¿Qué significa Una décima de segundo?

—Una décima de segundo es Antonio Vega y Antonio Vega es eso. La primera vez que mi padre me dejó salir una semana de casa fue con Antonio. Nos fuimos a Asturias, a pasar una Semana Santa. Antonio Vega es mi adolescencia y es el barrio, son las las tardes de invierno y de verano en su habitación o en la mía haciendo música. Me unen muchas cosas a la familia de Antonio Vega y tengo muchísimos recuerdos y muy buenos. Yo llegué a España con 14 años y conocí a Antonio con 15. Fue de las primeras personas que conocí.

—¿Qué música y lecturas estuvieron presentes en ese viaje al Sueve?

"Sé que hay alguna cinta de un cuarto de pulgada que tiene que estar por ahí escondida con cosas que grabamos Antonio y yo"

—Antonio se llevó una guitarra. No recuerdo libros, pero sí que escribimos cosas, letras de canciones… Yo, por ejemplo, escribí a mis padres un poema. Pero vamos, escribimos e hicimos música y canciones. Tengo que ponerme a buscar, porque sé que hay alguna cinta de un cuarto de pulgada que tiene que estar por ahí escondida con cosas que grabamos Antonio y yo, tanto en casa como en el antiguo estudio de RCA que estaba en los sótanos del número 43 de la calle Doctor Fleming. Algo de eso tengo seguro: cosas que yo compuse en las que él me hacía una segunda voz o cosas en las que era yo quien le hacía una segunda voz… Debe de haber algo por ahí.

—En Noche noche (con Belén Rueda), Antonio y tú tocasteis «El sitio de mi recreo», una canción que os aconsejaron no hacer, por ser demasiado lenta para finalizar el programa. Cuando se acabó la canción, Antonio dijo: «Si alguien entiende este tipo de canciones ese es mi amigo Emilio».

—Antonio era una persona que no daba puntada sin hilo, porque cada cosa que decía lo decía con intención. Yo creo que hablaba, precisamente, de todas esas cosas vividas y de las horas juntos que pudimos vivir y de la sintonía. Lo hablaba con su hermano Carlos hace poco. A lo mejor había reuniones en las que estábamos con más gente y decíamos cosas con las que solamente nos reíamos Carlos, Antonio y yo. Claro, el resto no se reía porque no entendían el código en el que estábamos (risas). Yo creo que era eso lo que quería decir Antonio, por la sintonía en la que estábamos, utilizando el argot musical, estando en el mismo tono…

—Contaba Leonardo Padura en Agua por todas partes que un escritor es un almacén de memorias. En lo que a publicaciones escritas se refiere, has ido más por lo onírico y lo autobiográfico, mientras que lo musical era más desenfadado. De hecho, lo hiciste porque alguien te dijo que una canción de humor no podía entrar en una lista de radiofórmulas. Aceptaste la apuesta.

"Todo eso que nosotros leemos, escuchamos y vivimos está en nosotros"

—Si estaba bien tocado, ¿por qué no iba a entrar? Él me decía que era por los estilos. Pero es que hacer aquello en ese momento era una manera de reivindicar el humor. Creo que se pueden hacer cosas muy divertidas. La letra de «Cuidado con Paloma (que me han dicho que es de goma)» o «Yo tengo una bolita»… todo era muy divertido y desenfadado. Ese disco (Me huelen los pies) era humor, salvo una canción («Donde estabas tú»), simplemente por seguir esa regla del contraste, de que no debe haber tanta comedia seguida. De alguna manera también estoy de acuerdo con eso que decía Leonardo. Recuerdo que José Saramago, con quien hicimos amistad a raíz de La flor más grande del mundo, decía: «Yo no escribo, yo soy escritor». Todo eso que nosotros leemos, escuchamos y vivimos está en nosotros; nosotros escribimos, pero también somos escritores.

—¿Qué distancia hay entre Juan Olores y Bebo San Juan?

—¡Ay, Juan Olores! ¡De mi padre! Todos esos cuentos, esos relatos de mi padre, puede que tengan también algo caribeño, algo antillano, y la necesidad de volver a esos momentos y a ese lugar. Y yo con Bebo San Juan también estoy volviendo a esa patria de uno que es la infancia. Para mí la música cubana ha estado siempre presente por culpa, quizá, de mi madre, pero también por todos estos grandes cantantes a los que mi padre conocía. Le envidié siempre la suerte que tuvo de poder convivir y ser amigo de ellos, como Rolando Laserie, Benny Moré… Bebo San Juan ha sido la oportunidad de dar rienda suelta a todas esas cosas que yo hacía de puertas para dentro, en alguna fiesta o en un cumpleaños.

—No quiero olvidarme de la persona que te dijo que en las radiofórmulas no podían entrar canciones de humor. ¿Te dio la razón? ¿Ganaste la apuesta?

"Un artista debe ser libre para decir lo que quiere en cualquier momento, tanto para escribir como para componer"

—(Risas) Sí, sí. Bueno, no era una apuesta, es una manera de decirlo. Le dije que iba a ver que sí se podía, pero fue una cosa que ni yo me creía, si te soy sincero. Creo que aquello tuvo que ver también con que en ese momento estaba haciendo programas de televisión. Fue una cosa muy puntual. Si repasas un poco la discografía internacional verás que hay temas que son muy divertidos. Hasta los Beatles cuando hicieron «Yellow Submarine» o canciones como «Octopus’s Garden» (en el disco Abbey Road). Hay temas que son muy divertidos, ¿por qué no se iba a poder? Además es una de las grandezas —y por eso he sido siempre muy beatlemaniaco— de los Beatles, cuando un tema no tenía nada que ver con el otro. Se atrevían a saltarse sus propias normas. Hay que ser muy valiente, porque lo normal es que tengas a un productor que te diga el estilo que tienes que hacer, porque es el que la gente había escuchado en el disco anterior y debías seguir ese patrón. Pero los Beatles eso se lo saltaban, decían y hacían lo que les daba la gana. Con eso volvemos a lo importante que es la libertad a la hora de crear. Un artista debe ser libre para decir lo que quiere en cualquier momento, tanto para escribir como para componer.

—En el álbum blanco de los Beatles hay temas como «Ob-La–Di, Ob-La-Da», que además sirve para que los niños aprendan inglés, y otros cortes más duros del estilo de «Helter Skelter».

—¡Exacto! Creo que todo puede convivir. Hay veces que somos nosotros mismos los que nos ponemos los corsés y pienso que el público es mucho más grande y mucho más inteligente que todo eso y descubre el truco inmediatamente si no hay honestidad. Si es algo honesto, directo y sincero, la gente recibe esa química.

—Creo que era Charlie Rivel el que decía que todo ser humano era un payaso pero que solo unos pocos tenían el coraje de demostrarlo. Dime… ¿Es la vida un casting donde siempre hay que estar demostrando algo?

—Yo al menos no tengo que demostrar nada. Le estoy agradecido a la vida por haberme permitido la oportunidad —y sin falsa modestia— de poder hacer tantas cosas y sobre todo de haber aprendido de tanta gente a lo largo del camino. He tenido la oportunidad de hacer tele cuando solamente había un canal o dos canales, luego en las autonómicas, después en las privadas… He tenido la suerte de hacer todo ese viaje, de haber trabajado pero también disfrutado mucho, y de haber aprendido tanto por el camino. No sé si es un casting la vida. En mi caso, si le he tenido que demostrar algo alguien ha sido a mí mismo… Si acaso.

—¿Una ciudad sin librerías es un circo sin payasos?

—Una ciudad sin librerías sería una tragedia shakesperiana. El fin del mundo.

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