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En Casas de Escritores, la parlamentaria Clara Campoamor

En Casas de Escritores, la parlamentaria Clara Campoamor

El teclado de la máquina de escribir suena decidido. Es más que un rumor entre el sonido que viene de fuera, de la plaza Santa Ana en Madrid, con los gorriones alborotados entre el vuelo corto y raso de las palomas. Es una mañana donde el aire mueve las hojas caídas de otoño y a ratos el viento tira del agua de la fuente, y de las nubes, dejando por momentos un brillo de sol intenso.

Desde su despacho del número 10, de esta plaza, la abogada Clara Campoamor apenas levanta la vista del papel ajena a las luces y sombras que provoca el cielo. Más o menos es lo que ella misma siente cuando tira del carro de su Underwood y suena la campanilla de final de línea: esperanza y decepción. Prepara un nuevo discurso que sabe que, en parte, tendrá que improvisar esa misma tarde. Lleva días de tensión desde que el 1 de septiembre pronunciara el primero ante las miradas expectantes del Congreso. Ella lo articula con un objetivo claro: conseguir ese ansiado derecho para las mujeres. Algo tan sencillo y tan complicado como introducir un papel en una urna, simplemente como ellos.

"¿Es probable que Victoria siga la línea de su partido (Radical Republicano Socialista), que ayer ha pedido aplazar el voto de la mujer?"

El hecho es que todos los partidos republicanos recogen en sus programas la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y ahora que están discutiendo y votando los artículos de la Constitución, también para amparar este del voto, Clara se ha inquietado: parece que ya no va a resultar tan fácil.

El día de ayer ha sido preocupante. Ella ha contestado, ha rebatido, y eso que en principio creía no estar sola… En el parlamento hay otra mujer, la también abogada, y amiga, Victoria Kent. Son las únicas diputadas, junto a Margarita Nelken, que se incorporará unos meses más tarde.

¿Es probable que Victoria siga la línea de su partido (Radical Republicano Socialista), que ayer ha pedido aplazar el voto de la mujer? No puede ser que una mujer como ella… se pregunta mientras sigue dándole con velocidad a la máquina.

Hoy, unas horas más tarde, saldrá de dudas.

Aunque cuando comienza la sesión en el Congreso, tampoco sabe con claridad qué va a hacer su propio partido, el Republicano Radical de Lerroux.

¿Y Acción Republicana? Ha escuchado rumores y se atreve a preguntárselo al mismísimo Azaña antes de que este ocupe su escaño. Él la contesta sin mucha convicción, diciendo que no sabe lo que van a hacer los suyos. Clara desconfía. Luego mira también de reojo a Alcalá-Zamora. Comienza la sesión… Se oyen carraspeos, murmullos…

El discurso de Victoria Kent fue amargo para ella, aunque no una sorpresa. En definitiva, pensaba que el voto femenino debía aplazarse:

“La mujer no se lanza a las cuestiones que no ve claras, y por esto entiendo que son necesarios algunos años de convivencia con la república…”, decía sin titubear Victoria.

"Toda esta lucha, su trayectoria, quedaría recogida en 1936 en un primer libro"

Fue un duro revés, sin duda, pero finalmente acabaría ganando la causa que Clara había defendido tanto tiempo… Así que las mujeres pudieron votar en las elecciones generales de 1933, aunque, contradictoriamente, el resultado para Campoamor fuera quedarse sin vida política ni partido.

Toda esta lucha, su trayectoria, quedaría recogida en 1936 en un primer libro: El voto femenino y yo: Mi pecado mortal, donde también aparecerán parte de sus discursos, como aquel del 1 de octubre de 1931:

“Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. ¿Es que no han luchado las mujeres por la república? No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. A eso, un solo argumento: aunque no queráis, y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española.”

Pocos meses después de la publicación del libro vendría el estallido de la guerra civil y el exilio.

Atrás dejará Madrid, para no volver. Con ella marcharía también una sobrina y una madre ya anciana, camino de Suiza y más tarde de Argentina. Dejaba su vida, no solo en Madrid, también en Zaragoza o en San Sebastián. Pero sobre todo dejaba sus raíces, la casa familiar del barrio de las Maravillas, donde nació el 12 de febrero de 1888: en la calle del Marqués de Santa Ana nº 4. Aquel barrio en que habitaron y habitarán mujeres que dejarán huella: como Manuela Malasaña, víctima del levantamiento del 2 de mayo (1808) convertida en símbolo de la resistencia civil y que en 1980 daría nombre a la zona. O Concepción Arenal (1820-1893) que vivió en la calle Madera nº6, o Rosalía de Castro (1837-1885) que del 56 al 58 se alojaría en la calle la Ballesta 13, o la periodista Carmen de Burgos (1867-1932), que en la calle San Bernardo 76 organizaría los llamados miércoles de Colombine. Y entre otras, una escritora destacada como Rosa Chacel, que vivió en la calle San Vicente Ferrer 12, dejando constancia de este laberinto de calles estrechas y pequeñas plazas en su libro Barrio de las Maravillas.

Una zona bulliciosa, detrás de uno de los tramos que se estaban construyendo de lo que luego sería la Gran Vía, la Vía de los Obuses, como empezó a llamarse una vez comenzada la guerra. Un barrio con mucha vida de calle, de pequeñas tiendas y talleres artesanales y de obreros, lavanderas, artesanos, porteros…

De gente humilde, como Manuel Campoamor, el padre, que trabajaba de contable en un periódico, o como Doña Pilar, la madre, que era costurera. También lo fue Clara, además de dependienta y telefonista, periodista, escritora, abogada, diputada y sobre todo luchadora.

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