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En pantalones cortos (Arresto domiciliario 62)

En pantalones cortos (Arresto domiciliario 62)

«¿Ya vamos a llegar?», acosaba de niño a mis papás a lo largo de toda la carretera. No había videojuegos, ni tabletas, ni entretención posible para el pasajerito que no atinaba a capotear el tedio en el encierro móvil del asiento trasero. Seis, siete horas de viaje me parecían sendas perpetuidades, y si leía un cuento no tardaba en marearme, de modo que al trayecto había que sumarle las sufridas escalas vomitonas. En contraste, las horas en la playa se hacían en tal modo felices y veloces que cuando menos atinaba a pensarlo ya estábamos de vuelta en la tortura lenta del camino asfaltado.

"Llamo de cuando en cuando a los amigos y somos como niños que intercambian creencias y quimeras sobre los dichos y hechos de sus mayores"

La infancia está sembrada de confines. Cuando tuve en el pulso mi primer reloj —la clase regalo que a los nueve años te hacía sentir un fulano importante— su función principal consistió en ir midiendo, mañana tras mañana, los minutos faltantes para salir del averno escolar. Perseguía la manecilla segundera con la misma atención desesperada que allá en las carreteras dedicaba a los postes que iban marcando la distancia recorrida. Pues nada hace más largo el tiempo que la espera, y uno pasa completa la niñez esperando que el reloj y las hojas del calendario le cumplan cuanto antes la promesa dorada de los años menudos: “Cuando seas grande…”

Y bien, que ya soy grande y aquí estoy, encerrado como un menor de edad. Tal como en esos tiempos, escucho que las calles son ricas en peligros, sólo que ahora ya no es el robachicos (“te va a sacar un ojo para obligarte a pedir limosna”) ni el vendedor de drogas (“te las va a regalar, para engancharte”), sino un espectro aún más misterioso, recurrente y maligno del que todo el mundo habla, especialmente quienes menos saben, y nadie entiende más que vaguedades. Llamo de cuando en cuando a los amigos y somos como niños que intercambian creencias y quimeras sobre los dichos y hechos de sus mayores, de por sí inescrutables, relativos y a veces mentirosos.

"Los niños, por lo menos, cuentan con el recurso de la fantasía. Si yo fuera uno de ellos, ya estaría sugiriendo clonar a Angela Merkel"

¿Quiénes son mis mayores, por lo pronto? Me avergüenza escribirlo: los políticos. Gente que es a menudo patológicamente incapaz de llamar a las cosas por su nombre o transmitir alguna información sin hacerla pasar por filtros tan indignos de confianza como la coyuntura, el hambre de poder y la ideología. Todos los días exigen que se abstenga uno de repetir rumores infundados –tal cual se ordena al niño que no diga mentiras como las que bien sabe que se le dicen– al tiempo que ellos manipulan las cifras, experimentan con la salud ajena, toman medidas contraproducentes y sueltan falsedades a granel, con la chusca intención de tranquilizarnos. O sea que si me río, lo haré invariablemente a mis costillas.

Los niños, por lo menos, cuentan con el recurso de la fantasía. Si yo fuera uno de ellos, ya estaría sugiriendo clonar a Angela Merkel, mudarnos de planeta o construir una máquina del tiempo. En lugar de eso tengo que esperar, mientras el calendario y el reloj se encargan de estirar indefinidamente mi apabullado sentido del tiempo. Y ahora, Cuarentenario, tú que todo lo sabes, sólo dime una cosa: ¿Ya vamos a llegar?

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