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En silencio y a las 4:30 de la mañana

En silencio y a las 4:30 de la mañana

Me parece que fue en 2014, o quizá en 2015, siempre he tenido muy poca memoria para las fechas. Leía un periódico, juraría que era El País, aunque también en eso mi cabeza es poco fiable. Sea como fuere, el caso es que me encontré con un titular que llamó mucho mi atención, daba pie a la entrevista a un asistente sexual, figura que se podría describir así: «aquella persona que presta apoyo para que otra persona con diversidad funcional pueda acceder sexualmente al propio cuerpo». Sí recuerdo que el entrevistado era griego y que, después de haber vivido en Barcelona, donde colaboraba con una conocida asociación, se había mudado a Valencia para empezar en solitario a asistir a personas con diversidad funcional. Me impactaron determinadas historias subjetivas muy dramáticas: un padre que contrataba una prostituta para su hijo, una madre que ha de «ayudar» a su hijo a tener sexo, y muchos más casos tan o más estremecedores que estos. Aquella lectura me conmovió sobre todo por el hecho de ser consciente de que jamás había pensando en el sexo de las personas con limitaciones físicas o psíquicas. Yo, que me consideraba una persona sensible a lo que ocurría a mi alrededor, caí en la cuenta de que había estado obviando a una gran parte de nuestra sociedad. En aquel momento no pensé, sin embargo, en escribir una novela sobre ello, pero la idea ya había anidado en mí.

Unos años después, tras haber escrito una primera obra fallida, el argumento de la asistencia sexual volvió de donde quiera que se hubiera ocultado y pasó del estado latente a latir. Era agosto de 2017 e iniciábamos las vacaciones de verano, a mí me habían operado hacía un par de semanas y había tenido un problema de cicatrización que me impedía ir a la playa. Así que mientras mi familia disfrutaba del Mediterráneo todas las mañanas, yo me quedaba en casa y empecé a escribir La amante ciega. Nada más comenzar, intuí que aquella novela iba a ser muy diferente a la primera. La llevaba mascando mucho tiempo de una manera inconsciente y la sensación era la de que manaba de una forma muy natural. Es un símil facilón, pero a veces lo sencillo es lo más eficaz: era como un parto, la novela surgía con esfuerzo y dolor, pero con los huesos en su sitio (su estructura), con sus músculos (su tono) y con su piel (su estilo). Había sido gestada durante mucho tiempo y ahora tenía lugar el intenso y feliz alumbramiento.

"Cuando éramos pequeños y viajábamos en familia, mis hermanas y yo protestábamos a menudo por tener que tragarnos tantos museos delante de pinturas o esculturas que no terminábamos de comprender"

Cuando en septiembre volvimos a Madrid, sentía que aquella historia era algo imparable, pero yo ya estaba recuperado de la intervención y tenía que volver a la rutina: las horas en la oficina, llevar a los niños al cole, el piano del mayor, la matronatación, el pilates… Intenté escribir aquí y allá, robarle tiempo a los fines de semana, profanar las noches… Nada funcionaba y la frustración crecía en mí. Al final, recordando el consejo de un colega editor y escritor, encontré la fórmula: a la cama a las 21:00, despertador a las 4:30, una hora u hora y media de escritura fresca y silenciosa, releerse en aquella hora transitoria. La creación, como los buenos crímenes, ama los espacios solitarios y umbríos. ¿Y qué queréis que os diga? Añoro el aroma del café, la manta sobre las piernas, la escritura desatada y rápida. Quién lo diría, despertándome a las 4:30 de la mañana. «Debes amar el tiempo de los intentos. Debes amar la hora que nunca brilla», cantaba Silvio Rodríguez.

La trama relacionada con la asistencia sexual fue la semilla, el origen. La tenía bastante clara (a lo largo del proceso descubriría que no era así) y creía conocer a la perfección por dónde quería que pasaran los personajes y qué obstáculos deberían vencer. Pero me faltaba aquella otra trama que viniera a completar la principal, la que explicara de manera natural todo aquello que en la otra no cabía. Y llegó de una forma muy natural cuando descubrí el oficio de mi protagonista: galerista. Mi madre es historiadora del arte y mi padre era un gran aficionado. Cuando éramos pequeños y viajábamos en familia, mis hermanas y yo protestábamos a menudo por tener que tragarnos tantos museos, recorrer salas y salas y quedarnos minutos delante de pinturas o esculturas que no terminábamos de comprender. Hoy se lo agradezco, no por esta novela, sino porque me inocularon el vicio de tratar de buscar, en este mundo oscuro y frío y brutal, la belleza. Esta novela, quizá, más que un agradecimiento, sea un mínimo homenaje.

"Volvamos a las analogías simples, pero eficaces: escribir una novela es caminar por un lugar ignoto. Uno se siente como el primer humano que transita por esos parajes, que sus ojos son los primeros en ver aquella maravilla"

También tenía muy claro que la época artística con la que quería que mis personajes interactuaran eran las Vanguardias. Siempre he pensado que el inicio del siglo XX fue el escenario de una de las más increíbles revoluciones sociales, intelectuales y artísticas de la historia. La ruptura casi total con lo anterior, la audacia (o temeridad) de esos jóvenes artistas, la pasión con la que teorizaron y buscaron nuevas vías de expresión, el cambio absoluto de paradigma, el desprecio dignísimo por la pobreza que debían sufrir, la lealtad inquebrantable a unos ideales, el todo o nada… Ese pedazo de la historia era el que quería que vieran mis personajes, del que hablaran y el que describieran.

Escribir una novela es bellísimo y jodidísimo al mismo tiempo, aterrador y balsámico. Volvamos a las analogías simples, pero eficaces: escribir una novela es caminar por un lugar ignoto. Uno se siente como el primer humano que transita por esos parajes, que sus ojos son los primeros en ver aquella maravilla. Pero ese acto no solo tiene en su interior toda la excitación y miedo y maravilla por ver lo que nadie jamás ha visto, también viene con la responsabilidad y el esfuerzo titánico de ir creándolo sobre la marcha y hacerlo de la manera correcta (verosímil, diríamos). Al poco de comenzar la caminata, uno siente una tensión inefable entre el sendero y él mismo, una electricidad extraña. Uno hace el camino, lo hace piedra a piedra, pero nota que también ese camino lo hace a uno. Al cabo, uno cae en el que la vía por la que avanza ya no le pertenece, que esta tiene vida propia, que es orgánica y crece con una voluntad cada vez más definida y autónoma, y el autor descubre, tarde, cuando ya no hay forma de escapar, que es él quien ha terminado perteneciéndole a la historia, que es él quien está a su servicio y que son sus personajes los que le roban el aire de los pulmones, el aliento vital. En ese momento uno está dispuesto a prestarle su propio corazón y su entera existencia a su creación. Es, como describió Cortázar en «Instrucciones para dar cuerda al reloj», una dulce trampa.

Bloqueos, grutas que no llegan a ningún lugar, terroríficas celadas, pasos intransitables, rutas que se angostan hasta desaparecer… Si vas a emprender una novela, equípate, sobre todo, lector, con la fe. Sí, porque escribir una novela tiene algo de religioso, de peregrinaje, de Odisea. Da igual que el destino sea Ítaca, La Meca o Santiago. Lo literario entendido como lo místico y misterioso. Porque escribir una novela es caminar internamente, hollarse, explicarse el mundo a uno. En silencio y a las 4:30 de la mañana. Tratar de hallar lo verdadero y lo bello. Caminar, escribir… Ya lo decía Cervantes, ¿no?: «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Porque leer, escribir, amar, caminar o vivir son lo mismo, pero en diferentes dimensiones. ¡Lean!

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Autor: Emili Albi. Título: La amante ciega. Editorial: Altamarea. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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