Inicio > Actualidad > Viajes literarios > En un lugar de la Mancha
En un lugar de la Mancha

Ese miserable Avellaneda cree que puede salirse con la suya. Tienes que volver allí, Miguel. No puedes dejar que el falso Quijano se mezcle con la sombra enjuta de tu hidalgo caballero. ¿Recuerdas qué felices fuimos en aquel primer viaje por La Mancha? Yo no lo he olvidado. Me llevaste de la mano a la cueva de Montesinos, el Toboso, los campos de Montiel, las ventas del camino. Te reconocí en cada rincón polvoriento, en los castillos abandonados, los rebaños ruidosos, el queso viejo y el vino fresco. Aprendí a leerte en el camino, a reír contigo, a entender tu amor por esta tierra ingrata, tu orgullo y tu desesperanza. Me enseñaste la dignidad del solitario, el valor de la imaginación, la necesaria empresa de defender lo que nadie, excepto uno mismo, es capaz de ver.

Quiero volver contigo allí; quiero que seamos aquellos de entonces, aunque solo sea por unos días. Que me lleves en tu coche por los áridos caminos que apenas nos recuerdan, con las ventanillas abiertas para que el olor de las últimas flores impregne el salpicadero mientras conduces despacio y yo te beso en el cuello poniendo a prueba tu sangre fría y la flexibilidad del cinturón de seguridad.

Quiero que me hagas reír imaginando nuevas escenas de don Alonso Quijano, al que creía un loco antes del viaje y que se me desveló como un sabio por el camino.

La aventura empieza en Troya, pequeña, pero no termina en tu amada Ítaca, como piensas, sino en un lugar de la Mancha.

Apuntes de Don Quijote de la Mancha: Mapa de aventuras.

En coche por La Mancha.

Tatuaje de Lepanto.

Fresco de la batalla naval de El Viso del Marqués (del blog elrincondesele.com).

 

Villanueva de los Infantes, Quijote.

Argamasilla de Alba, Quijote.

"A vueltas siguen con la disputa, cuatrocientos años después, como las siete ciudades de Grecia con su Homero"

Me lo decías sonriendo, y yo asentía porque la frase era bonita, y evocaba lugares remotos a los que deseaba ir: islas misteriosas; naves negras con un ojo pintado en la proa; sirenas y lotófagos; sacos de viento y Cíclopes, y magas enamoradas de guerreros que habitaban mis sueños. Aún no había aprendido a mirar. Al otro lado de la ventanilla del Golf, el paisaje rodaba ardiente ante mis ojos desvelando detrás de cada loma un espejismo que rielaba al son de las cigarras. Recuerdo perfectamente mi desilusión inicial. Al fin y al cabo, tú eras un hombre de mar; habías navegado y peleado en él y llevabas en el brazo como recuerdo un tatuaje de Lepanto. Me gustaba besarlo mientras nos abrazábamos desnudos en las tardes de siesta, apasionados, envueltos en aquella historia extraña de un caballero andante y su fiel escudero. Yo entonces hubiese firmado un pacto con el diablo por navegar junto a ti, cruzar las bocas de Escanderlu recordando aquella batalla atroz y desproporcionada en el mar, tres a ocho, con todo el Mediterráneo derramado en tus ojos claros. Pero no, aquí estábamos, en mitad de un secarral, camino del primer destino. Tomando por la N-310 en dirección a Manzanares, en la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de San Juan, llegamos al pueblo. Rezaba en su entrada: “El lugar de La Mancha”. Tú sonreíste al ver el cartel.

Otro más, y con este ya van tres: Villanueva de los Infantes, Mota del Cuervo y ahora, Argamasilla. Vive Dios que hice bien en ocultar el nombre, porque demasiado conozco yo a los españoles. A vueltas siguen con la disputa, cuatrocientos años después, como las siete ciudades de Grecia con su Homero.

"No es cualquier policía. ¿No lo han reconocido? Es el famoso Plinio, detective del cercano pueblo de Tomelloso, y su amigo y ayudante don Lotario"

No sería la del alba, pero aún era temprano. El pueblo comenzaba a despertarse y yo necesitaba un café. Entramos en un pequeño bar de la plaza, donde el camarero charlaba en una esquina de la barra con dos parroquianos madrugadores; el más alto, con un Celta pegado a los labios, vestía uniforme gris de jefe de policía municipal, zapatos negros, correaje y revólver; el otro, con gafas de concha y mirada tranquila, tenía aspecto de médico rural. Al vernos entrar nos miraron con curiosidad; al cabo pagaron y salieron, saludando educadamente.

La policía madruga por estas tierras, dijo Miguel, sonriendo. Yo lo miraba, enamorada. Siempre se le dieron bien los camareros, los recepcionistas de hotel, los taxistas y las secretarias, pues la información que estos atesoran o la ayuda que pueden prestar son valiosísimas para alguien que se mueve por el mundo y vive de contar historias. Es fácil, pequeña. Solo hay que acercarse con interés y humildad, hacer las preguntas adecuadas y dejarles hablar.

El camarero nos miraba, suspicaz. No es cualquier policía, dijo, misterioso. ¿No lo han reconocido? Es el famoso Plinio, detective del cercano pueblo de Tomelloso, y su amigo y ayudante don Lotario. Van camino de Madrid; andan investigando un nuevo caso, el de las Hermanas Coloradas.

Historias de Plinio, de García Pavón.

Cueva de Medrano, en Argamasilla de Alba.

Botica de los académicos, en Argamasilla.

Exvoto de don Rodrigo de Pacheco.

Iglesia de San Juan Bautista en Argamasilla.

"Lo que no deja de sorprenderme, pequeña mía, es que los descendientes de aquellos académicos ridículos reunidos en la botica, de quienes me burlé por sus ínfulas literarias, hoy quieran seguir repitiendo el lugar, los gestos, la palabrería"

La Mancha despertaba ofreciendo, soñolienta, sus enigmas. La cueva de Medrano, fresca, encalada y acogedora, casi convencía al viajero de ser el lugar, oh cielos, donde el Quijote comenzó a ser novela. «Cuatro meses de cautiverio en este lugar dan para mucho», decían los defensores de esta teoría. El más insistente de todos era el bueno de Hartzenbusch, que, fiel a su ascendente alemán, se empeñó de por vida en ello, logrando incluso imprimir una bella edición aquí mismo de la mano del gran impresor Ribadeneyra. Aquella empresa no convenció a todos, pero logró convocar a los fantasmas quijotescos haciendo que, a lo largo de los siglos, escritores, poetas y letrados se acercasen al pueblo a rendirles homenaje.

Lo que no deja de sorprenderme, pequeña mía, es que los descendientes de aquellos académicos ridículos reunidos en la botica, de quienes me burlé por sus ínfulas literarias, hoy quieran seguir repitiendo el lugar, los gestos, la palabrería… En fin. Ven; vayamos a ver el retrato del vengativo Rodrigo Pacheco, que me hizo encarcelar por estafa o por celos. Hay incluso sesudos trabajos filológicos que intentan demostrar que en él me inspiré para mi Quijote.

Yo creo que la locura del Quijote termina contagiando, como la maldición de una tumba egipcia, a los estudiosos académicos que pretenden desvelar sus misterios —le digo, soñadora, en el silencio de la hermosa Iglesia de San Juan Bautista.

Me besa Miguel largamente en la penumbra y sonríe, socarrón: De las epidemias / de horribles blasfemias / de las Academias / ¡líbranos, Señor!

Trastámara y El Cruel (Desperta Ferro).

Casa manchega.

Casco viejo de Villanueva de los Infantes.

Exterior de la casa del Caballero del Verde Gabán.

"A pocos kilómetros de aquí, en Alcázar de San Juan, en plena locura colectiva, los republicanos cambiaron el apellido de San Juan por el de Cervantes"

Por la carretera regional 3127, el camino a Villanueva de los Infantes parece trazado con regla en mitad del Campo de Montiel, delimitando la frontera de la vieja orden militar de Santiago. Arriba ni una sola nube, abajo el manto arcilloso de una tierra fértil en espesos vinos rojos regada durante siglos con la sangre de encarnizadas batallas. Hermano contra hermano, la historia de España, como el origen de Roma o del cristianismo, es fratricida. Aquí mismo tuvo lugar la primera guerra civil castellana, en la que aquel gabacho mercenario del siglo XIV, Bertrand du Guesclin, pronunció su frase lapidaria, “ni quito ni pongo rey, solo ayudo a mi señor”, que haría maldita la gracia a don Pedro, quien, a pesar de ser apoyado nada menos que por el Príncipe Negro y sus hombres, un ejército terrible de ingleses, gascones, mallorquines y navarros, finalmente fue derrotado por su hermano bastardo, Enrique de Trastámara, perdiendo la corona de Castilla. Pero don Pedro El Cruel, descendiente de grandes reyes y nobles damas, no iba a desmerecer ni de su sangre ni de su apodo, así que, decidido a resolver el asunto a su manera, entró en la tienda del rey bastardo retándolo a duelo. Sádico, vengativo, valiente y carismático, el rey sevillano a punto estuvo de acabar con la vida de su hermanastro Enrique, pero Dios se inclinó por el Trastámara, guiando su espada al centro del corazón de don Pedro. El futuro de Castilla se decidió así, en un duelo entre hermanos en una tienda de campaña. Un final de novela. O de película. Pero aquí nunca tuvimos un Shakespeare. Ni unos buenos guionistas de Netflix.

Siglos después, la guerra entre hermanos seguía fertilizando estas tierras. Bajo el mismo cielo azul de la Mancha, el más luminoso de todas las Castillas y a pocos kilómetros de aquí, en Alcázar de San Juan, en plena locura colectiva, los republicanos cambiaron el apellido de San Juan por el de Cervantes, rebautizando al pueblo con el nombre de “Alcázar de Cervantes”, considerando que, con ese gesto de nomenclatura iconoclasta, honraban a su paisano más ilustre al son de cantos de esperanza para una nueva España: “La tierra será un paraíso, la patria de la humanidad”. Poco podían imaginar ellos el futuro de su patria ni el de las estatuas vandalizadas de don Miguel de Cervantes en las dos orillas de nuestra historia y de nuestra lengua.

Elogio de la locura.

Muerte de Cervantes, por Víctor Manzano.

Casa de Quevedo, Torre de Juan Abad.

Celda de Quevedo, Los Infantes.

Escudo de Lope con sus 19 torres.

"La lucidez del de Rotterdam es también un consuelo para los que elogiamos a nuestra manera cierto tipo de locura. Hemos sido muy felices en su casa, la inmortalizaré en una novela"

A Los Infantes llegamos con algo de hambre y muchas ganas de siesta. Una preciosa casa a pocos metros de la plaza nos llamó la atención: ancha como de aldea; las armas, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega en el patio; la cueva en el portal; y muchas tinajas a la redonda que recordaban las del Toboso. Reconvertida en hotelito rural, ofrecía habitaciones frescas y un buen plato de huevos con torreznos. Devoramos los segundos para devorarnos después, sin prisa, en las primeras. El dueño, un tal Diego de Miranda, leía en la recepción cuando al caer la tarde, duchados y satisfechos, bajamos a hacer el check-out. Al oírnos, levantó la mirada solícito. Vestía unos elegantes pantalones de lino y, sobre la camisa, un singular gabán color verde. Leer a Erasmo es el único consuelo que nos queda a los que añoramos nuestra vieja Europa, se justificó mostrando el libro. Espero que hayan descansado.

Morias Enkomion, dijo sonriendo Miguel. La lucidez del de Rotterdam es también un consuelo para los que elogiamos a nuestra manera cierto tipo de locura. Hemos sido muy felices en su casa, la inmortalizaré en una novela.

"¿Acaso no es más sublime, viniendo acompañado por tan hermosa dama, decir que polvo serás, mas polvo enamorado? De más altura son mis versos que los de ese bujarrón peje espada de Gongorilla"

Caía la noche ligera de verano como un manto luminoso y nuestros cuerpos volvían a necesitarse, así que decidimos parar en el pueblo vecino de Torre de Juan Abad. Los huesos de Quevedo se revolvieron en su tumba al vernos llegar. Descansar en paz no ha sido precisamente el destino de los restos de nuestros genios del Siglo de Oro; removidos, escondidos, mezclados, trasladados, excavados, perdidos, olvidados, tienen sus osamentas poca paz. Y Quevedo no iba a ser menos. Viejo y enfermo, en un cuarto del convento de los Dominicos de Villanueva de los Infantes, una tarde de septiembre de 1645, le preguntó al doctor: «¿Cuánto me queda?». «Tres días», le dijo éste. Pero el poeta, pendenciero hasta el final, cuentan que le respondió: Ni tres horas. Y así fue. Genio, amor, humor, desdén, venganzas, sufrimiento, razón, lucidez, dulzura, odio vitriólico y versos eternos. Todo eso nos dejó don Francisco, cuya alma siempre perteneció a este pueblo al que ahora llegamos porque necesitamos una habitación donde enredarnos con la urgencia de los que se saben tierra, humo, polvo, sombra, nada.

¡Maldito Miguel! ¡Vienes hasta aquí para restregarme los versos de ese alguacil del Parnaso, ese perro de los ingenios de Castilla! ¿Acaso no es más sublime, viniendo acompañado por tan hermosa dama, decir que «polvo serás, mas polvo enamorado»? De más altura son mis versos que los de ese bujarrón peje espada de Gongorilla.

"Elegante en el insulto, maestro en la ironía, contenido en las pasiones, tú, Miguel, te llevarás la gloria de ser el inventor de ese engendro del futuro: la novela"

Miguel sonreía complacido en esta conversación con los difuntos, sin dejar de escuchar con sus ojos a los muertos. Moriré. Desde que nací lo sé, por eso lo espero y no lo temo, pero aún no tengo el pie en el estribo, ni voy con las ansias de la muerte, sino con las de abalanzarme sobre esta belleza que me acompaña, más dulce en el lecho que la mismísima Dulcinea. Pero mira, Francisco, que acabas de darme el final de la novela, con la que terminaré las aventuras de don Quijote. No puede ser de otra manera; ni en mi historia ni en esta España: en su alcoba, rodeado de los que le quieren, lúcido y triste y esperanzado, se despedirá de este mundo, de la literatura y de los posibles futuros Avellanedas: Adiós gracias; adiós donaires; adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo y esperando veros presto contentos en la otra vida.

El Viso del Marqués.

Cueva de Montesinos.

Lagunas de Ruidera.

Gigantes (elrincondesele.com).

La sombra al cuerpo hurtada de Quevedo asiente, complacido. ¿Recuerdas aquello, Miguel?: “Ningún poeta hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote”. ¡El presuntuoso Lope! Las diecinueve torres de su escudo le impidieron ver lo que ahora veo yo claramente desde mi Torre de Juan Abad: Elegante en el insulto, maestro en la ironía, contenido en las pasiones, tú, Miguel, te llevarás la gloria de ser el inventor de ese engendro del futuro: la novela.

"Mas por encima de todas serás siempre mi Dulcinea; La Mujer; mi señora, que ni engendré ni parí, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo"

Nos marchamos al fin, devolviendo a Quevedo la paz elegida de estos desiertos y ponemos rumbo de vuelta a Madrid y al final del viaje. Los ocres del suelo se tornan arcillosos al pasar junto al milagro fértil de Ruidera y sus vides, que cubren de verde el mundo secreto y surrealista de la Cueva de Montesinos. Un poco más adelante, los molinos intactos de viento han envejecido como máquinas, pienso, pero siguen vivos como gigantes. Al pasar veloces con el coche por Campo de Criptana nos dicen adiós, levantando sus fuertes brazos, agradecidos, porque de alguna manera Miguel los ha salvado de la ruina y del olvido. Miro al hombre que conduce, concentrado, a mi lado y comprendo muchas cosas. Me has traído lejos del mar, amor mío, pero cerca del firmamento.

Nos besamos largamente, en silencio, a la entrada del bullicioso Madrid. Aquí nos separamos, pequeña, porque tengo mucho que contar antes de que me llegue la hora. No olvidaré este viaje ni te olvidaré a ti, que aparecerás inevitablemente en esta historia repartida en todas las mujeres que sea capaz de imaginar: en Marcela, épica, libre e independiente; en Maritornes descarada; en la culta y desinhibida Dorotea; en una noble Duquesa; en la exótica Zoraida; en la hermosa Quiteria; en Altisidora burlona, la liberada Melisendra o la intrépida Claudia Jerónima. Mas por encima de todas serás siempre mi Dulcinea; La Mujer; mi señora, que ni engendré ni parí, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo. Para ti sola nació Don Quijote, y tú para él. Vale.

4.7/5 (92 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)