Enero

Fotografía de Daniel Mordzinski: por la izquierda, los autores José Ramón Fernández e Inma Chacón. De pie: Soledad Olayo, José Manuel Lucía Megías, Gracia OlayoIrene Ruiz y Miguel Munárriz. Sentadas: Concha López, Palmira Márquez y Clara Berzosa. Presentación de Las Cervantas (ediciones Antígona), en la Biblioteca Nacional.

Domingo, 1 de enero

CUIDADO: CAEN ÁNGELES

Cartel colocado frente a la iglesia de Santa María della Salute, en Venecia, durante la restauración de sus ornamentos de mármol.

Jueves, 5

Volverán los Reyes Magos / de tu balcón los juegos a colgar, / pero aquel que aprendió nuestros nombres… / el presidente de la República, por ejemplo,/ ese … ¡no volverá!

Lunes, 9

Vuelta al cole.

“Quien solo sabe algo de música, no sabe nada de ella”, dijo en una ocasión el compositor Hanns Eisler, y esta frase, trasladada al campo de la literatura, se me quedó grabada y me ha acompañado, dice Lothar Baier, escritor y crítico alemán, en su ensayo: ¿Qué va a ser de la literatura?, que la editorial Debate, entonces de la sabia mano de Constantino Bértolo, publicó en 1996. Baier encabezó su libro con la frase, “Quien solo sabe de literatura, no sabe nada de ella”.

Esto me trae a la memoria otra frase parecida que no sé cuándo ni dónde la leí pero que me quedó grabada y que repito alguna vez: “Quien solo sabe de química no sabe ni de química”, una frase, como dice Baier de la literatura, “que invita de muchas maneras a entender también algo de otras cosas, de historia, política, psicoanálisis, economía, teoría crítica, de otras culturas y sociedades”.

Martes, 10

Leandro Pérez publica su segunda novela en Planeta, La sirena de Gibraltar. La imagen de la portada es atractivamente inquietante y refleja muy bien el interior. La faja que rodea el libro tiene estas frases de dos escritores de éxito: Lorenzo Silva: “Leandro Pérez cuenta con una baza que ya quisiera todo narrador: Torca, un tipo que está solo y al que desde la primera página no puedes dejar de acompañar”, y Juan Gómez-Jurado: “Seca y precisa como un puñetazo en la tripa. Un thriller absorbente”.

Y ya puestos, no puedo dejar de señalar las citas que encabezan la novela, porque preludian lo que vamos a leer:

“Quien a damas escarnece y así abandona a traición, que otro tanto le acontezca o alguna cosa peor”, del Cantar de Mio Cid.

“Todas las vidas vienen con una condena a muerte”. Walter White, en Breaking Bad.

Con esto, Leandro Pérez se declara amigo de los clásicos y de lo último en literatura: las series de televisión.

Para escribir La sirena de Gibraltar, dice el autor: “Una mañana de octubre de ese año [2013] salí a pasear por la ribera del Manzanares en busca de un lugar donde debía aparecer el cadáver de Rebecca Cruz. Lo encontré junto al estadio Vicente Calderón. Fotografié el río, los jardines, los puentes”.

Esa es, pues, la primera imagen impactante que recibe el lector de este libro, el cadáver de una mujer -la sirena del Manzanares- clavada a un bloque de hormigón que está siendo elevada por una grúa. A pocos metros de allí la escena es observada por el único que pondrá remedio a tanta locura: Juan Torca. El protagonista de ambas novelas de Leandro Pérez (la anterior se titulaba Las cuatro torres, Planeta, 2014), es un tipo curtido, exmilitar y mercenario. Elegantemente frío, atractivo, deportista, un hombre que está de vuelta de miles de batallas. Ordenado y calculador, su personalidad es tan atrayente que en solo dos novelas ya forma parte del imaginario de los lectores.

Hacer algo a lo Juan Torca tiene ya su gerundio: juantorqueando.

Leandro Pérez tenía 24 años cuando nos conocimos en El Mundo. Desde 1996 hasta 1999, el mismo grupo que andábamos alrededor de La Esfera y de la sección de Cultura del periódico somos, veinte años después, los mismos que nos reunimos de vez en cuando para comer y hablar de libros, o fundamentalmente de libros: Santos Sanz Villanueva, la cabeza pensante más preclara de la crítica literaria en España. Qué libro tan magnífico y útil es La novela española durante el franquismo (Editorial Gredos). ¿Algún inteligente miembro de la que limpia, fija y da esplendor, le llamará algún día para hacerle una propuesta que no debería rechazar? Juan Carlos Laviana, el muchacho que antes de ir a la mili ya estaba al lado de Pedro J., y que, tras saber que libraría del deber patrio, llamó desde una cabina para decir que volvía, que ya estaba volviendo al periódico; el autor de Los chicos de la prensa (Nikel Odeon, 1996), un ensayo sobre cine y periodismo que ahora en Zenda amplía con la magnífica serie de “Los libros de la prensa”. Manu Llorente, el logroñés que nació en donde le dio la gana, como dicen que hacen los de Bilbao, el periodista impenitente y aguerrido, que no se despeina si tiene que levantar dos páginas a ultimísima hora por una noticia mejor; el poeta que escribió: “Si apuestas por mí, escúchalo bien, / si te adentras en mi niebla /no habrá retorno”.

Pide un jarigüai, Manu, pago yo.

Y claro, Leandro Pérez (que hasta que firmó Las cuatro torres fue Leandro Pérez Miguel), el benjamín de la sección y el que prometía ya maneras proponiendo temas y entrevistas y, en aquellos comienzos de “las nuevas tecnologías”, el que nos iba poniendo al día de los avances de los correos electrónicos y de las páginas de búsquedas de información. Hoy tiene dos novelas publicadas, dirige en Burgos, donde montó hace años su cuartel general, las exitosas jornadas de iRedes, que llevan celebrando ya su sexto encuentro, y también dirige esta web literaria, de la que dije en mi Dietario de octubre: “Hoy es una realidad palpable y creciente, hermosa gracias también al talento de su director, Leandro Pérez Miguel, que ha diseñado este útero poético en el que se vuelcan semanalmente las reseñas, los reportajes y las entrevistas que va marcando la agenda literaria de este país en el que se sigue publicando cada año más libros mientras disminuye el número de lectores y se cierran librerías que fueron emblemas de la cultura”.

Compartir un nuevo espacio con los periodistas con los que fraguamos tantas historias, muchas veces hasta las tantas de la madrugada, es un honor y un privilegio.

Viernes, 13

Se publica Las Cervantas (Ediciones Antígona), una obra de teatro escrita a cuatro manos por Inma Chacón (finalista del Premio Planeta, 2011) y José Ramón Fernández (Premio Nacional de Literatura Dramática, 2011), que ha sido representada en Almagro, en Cáceres y en Matadero Madrid. La obra está basada en una idea original de Gracia Olayo, a partir de sucesos de la vida de Miguel de Cervantes. El reparto lo formaron, con Gloria Olayo, Soledad Olayo, Yaël Belicha, Clara Berzosa e Irene Ruiz.

El asunto es el siguiente: Corre el año 1605 en Valladolid; Cervantes y su mujer viven con las dos hermanas del escritor, más la hija de una de ellas y una hija bastarda de don Miguel, conocidas como las Cervantas, cuando un hombre es asesinado a la puerta de su casa y el dedo de la justicia apunta hacia ellas. El interrogatorio será un intento de formar una cortina de humo para cubrir al supuesto asesino, un personaje de la nobleza. Cinco mujeres en la España del siglo XVII, libres, cultas, que viven de su trabajo haciendo ropa, que han sobrevivido a los abandonos y a la falta de palabra de hombres defendidos por los usos de la época. Esta es la historia de la defensa de estas mujeres en un mundo que las prefiere sumisas.

Yo he tenido el honor de ser invitado por los autores a escribir este prólogo.

EL AMOR, LAS MUJERES Y LA VIDA

“La fotografía es el arte de la observación. Tiene poco que ver con las cosas que ves, y todo que ver con la forma en que las veas”. Elliott Erwitt

Acudo al título de un libro de poemas de Mario Benedetti, que le da la vuelta al ensayo de Schopenhauer, El amor, las mujeres y la muerte, en el que ellas no salen muy bien paradas, porque a diferencia del filósofo alemán, Benedetti muestra que el amor, como fuerza de la vida encarnada por las mujeres, es lo único importante para enfrentar la muerte. Y para enfrentar también la vida cuando esta viene con dobleces y flechas envenenadas y cuando el engaño, los intereses creados y la corrupción son algunos de los elementos contra los que luchar.

“¿Y quiénes son Las Cervantas?”, exclama Catalina -mujer de Cervantes- casi al final de la obra, para responderse: “¡Las que se vieron envueltas en un negocio que sirvió de tapadera de unos truhanes!”.

Este es el tono que va adquiriendo, a medida que se avanza en la lectura, la obra escrita a cuatro manos por Inma Chacón y José Ramón Fernández, titulada Las Cervantas, debido al nombre que se le dieron en la época a cinco mujeres que tenían con don Miguel vínculos de sangre y que compartían con él su casa en Valladolid: Andrea y Magdalena, sus hermanas; su mujer, Catalina; su sobrina Constanza, hija bastarda de Andrea; e Isabel, una hija -también bastarda- que tuvo Cervantes con una tabernera de Madrid.

El autor de El Quijote es el nexo de unión de esta historia de mujeres que, aunque ausente de los acontecimientos que ellas viven y sufren, se apasionan y se retratan a sí mismas, está no solo en la habitación de al lado, donde pasa sus horas de trabajo -se deduce que está escribiendo El coloquio de los perros, una de las novelas ejemplares-, sino también por las referencias a su pensamiento crítico y adelantado a su época como evidencia en todas sus novelas. La figura de Miguel de Cervantes es un buen pretexto, igual que Dulcinea, la dama de quien está enamorado Don Quijote, que nunca aparece en la novela, ya que solo está en la imaginación del caballero andante, basada en Aldonza Lorenzo (una labradora quien sí existe, pero que tampoco aparece).

La acción de Las Cervantas se desarrolla entre la noche del 27 de junio y el 8 de julio de 1605, cinco meses después de publicar su obra cumbre. Son doce días de sofocante calor castellano en que transcurren los acontecimientos -reales- de la muerte de un caballero ocurrida en el inmueble de las protagonistas, que sufren la inquisición del poder, que no solo pretende encubrir al culpable por ser persona noble, sino que busca, en el juicio a las mujeres, aplastar su condición feminista, avant la lettre, por ser leídas y libres. Aquí está de nuevo el miedo atávico del hombre ante esa condición de la mujer que no se deja doblegar y que sabe defender sus intereses como persona comprometida con su tiempo, como dos siglos más tarde abanderarían las sufragistas inglesas cuya reivindicación principal era que las mujeres votaran en las mismas condiciones que los hombres, y que el Parlamento británico aprobaría cuarenta años más tarde. Las otras reivindicaciones de igualdad educativa, de trabajo y salario aún continúan batallándose hoy.

Las Cervantas, como he dicho al principio, tiene en todo momento el tono reivindicativo de unas mujeres que no están dispuestas a ser menos que los hombres. Ellas son mujeres instruidas, que leen (en una de las escenas se describe a Andrea “que está con un libro abierto”), que conocen la obra de su pariente, y la conocen al dedillo puesto que han leído los manuscritos de algunas de las novelas ejemplares que Miguel de Cervantes escribiría entre 1590 y 1612, y que en conjunto publicaría en 1613, porque en un momento, Catalina exclama: “¡No! Yo quiero ser la pastora Marcela, La gitanilla, La Galatea, la inteligente Camila y la Dulcinea que enamoró al Caballero de la Triste Figura”.

Otro caso evidente de la libertad que proclama Cervantes ocurre en la figura de esta inteligente Camila, esposa de Anselmo en el capítulo de “El curioso impertinente” del Quijote, empeñado en cortarle las alas poniendo a prueba, a base de trampas, su bondad y su lealtad y que Catalina recuerda en esta alocución, que continuará Andrea, trayendo entre ambas parte del discurso de libertad de la pastora Marcela. Las Cervantas han hecho suyo este episodio feminista por excelencia del Quijote, el de la pastora Marcela (léalo completo el lector curioso en los capítulos XII, XIII y XIV de El ingenioso hidalgo), quien por no amar al desgraciado Grisóstomo, este, enloquecido de amor no correspondido, se suicida. Mientras sus amigos lo están enterrando, la valiente Marcela se presenta en el sepelio y suelta un discurso que no tiene desperdicio, no solo porque hace valer su condición de mujer libre, sino también por la coherencia de no estar obligada a amar a la persona de quien no está enamorada. Doscientos años se adelanta Cervantes a la lucha por la igualdad entre los sexos, en lo que pudiera ser el primer discurso feminista de la historia:

“Por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”.

Un enfrentamiento a los tabúes culturales que aún no se han desterrado por completo y que en Las Cervantas cobra de nuevo ese aire gramsciano que el filósofo italiano cargó de sentido político en esta sentencia: “Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia; conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo; organícense, porque necesitaremos de toda nuestra furia”. Así es esta familia, que al final del embrollo tienen que hacer los baúles para viajar durante varias jornadas en carreta hacia Madrid; que defienden la libertad y la honra y que gritan, como la pastora Marcela, sin cortapisas: “Libre nací. Libre es mi condición. Y ni el alcaide, ni el alguacil, ni el juez… ni la mismísima historia… podrán sujetarme”.

Inma Chacón y José Ramón Fernández, tanto monta, monta tanto, han escrito al alimón un texto que, no tengo duda, pasará a la historia del teatro por la dimensión de su historia y la calidad de sus diálogos, porque en las dos horas aproximadamente que puede durar la representación (una hora la lectura del libreto), nos envuelven con el pulso de una época, el valor de la palabra, la dicotomía entre gañanes y cultos, entre poder y sensibilidad. Con Las Cervantas, estos dos escritores de la obra, a los que es imposible adivinar quién dijo qué y en qué momento, construyen un sólido edificio dramático que es también una celebración de la literatura en libertad, y eso, en los tiempos que corren, se hace cada vez más necesario.

Martes, 17

En el tren de vuelta de Asturias, en donde estuve el lunes en una reunión del Consejo de administración de la RTPA ( la radio y la tele autonómicas) me pongo al día con Zenda, con alguna lectura, algunos correos, y también proponiendo algunos nombres de poetas que pudieran ser invitados a la Feria del Libro de Guadalajara (FIL) porque en México se piensa mucho en Madrid, que escribió Agustín Lara, (“Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en ti”), y esta ciudad rompeolas es la invitada este año 2017 (“Madrid, rompeolas de todas las Españas”, escribió Antonio Machado. Antes lo había hecho Rubén Darío, y don Antonio lo sabía:  “España, rompeolas de las eternidades”).

Cómo me gusta esta ciudad.

Viernes, 20

Emprendemos viaje a la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, en Córdoba, Belén Bermejo, editora de Espasa, Palmira Márquez, directora de la agencia literaria Dos Passos, y un servidor. A José C. Vales, premio Nadal, 2014, y traductor literario de la lengua de Shakespeare, que también estaba invitado, le tocó dolerse de la gripe, que este año se cebó de lo lindo. Lo siento por él pero se perdió un fin de semana glorioso con los residentes de la Fundación, catorce jóvenes que respiraban arte por todos los poros. Quiero dejar constancia de sus nombres:

En novela, las gallegas Joana Lomba y Alba Carballal; Guillermo Arturo Borao, de Zaragoza, y Louiza Ajouau, de Marruecos. Los poetas eran Sergio Navarro, de Sevilla, y Dimas Prychysly, de Tenerife. El teatro lo cubría la mexicana Fernanda Bada. Los pintores, Salva Jiménez, de Sevilla, Marta Galindo, de El Puerto de Sta. María, Antonio Ortiz, de Córdoba, David Gómez, de Toledo, y Elisa Beltrán de Heredia, de Valladolid. Una escultora: María Rodríguez Castro, de A Coruña, y un músico: José Javier Delgado, de Úbeda.

El director de la Fundación, José María Gala, está pendiente del día a día, así como el subdirector, Enrique Velón, y la tutora literaria, la escritora María Zaragoza.

Durante ocho meses, de octubre a mayo, conviven en la sede de la Fundación, el convento del Corpus Christi del siglo XVII cedido por la Fundación CajaSur, un lugar idóneo para leer, escribir… para crear la obra por la que cada uno de ellos fue elegido tras presentar su proyecto. Solo son 14 los elegidos entre los 1.700 jóvenes creadores que se presentaron con una ilusión que deberán mostrar en mayo, antes de que vuelvan a salir ahí fuera y la Fundación se llene de nuevas ilusiones el próximo curso.

Martes, 24

Dicen los científicos que tenemos alrededor de 70.000 pensamientos al día. Hoy acabo de pensar en Daniel Moyano, un escritor que estuvo presente en mi vida en los años 80 y 90.

Daniel también era músico, tocaba el violín, y en su obra se siente en el ritmo de una prosa que recibió los elogios de vates tan importantes como García Márquez y Bioy Casares.

Moyano relacionaba lo que se hablaba en la calle con ciertos fraseos musicales y las terminaciones de algunas palabras en asturiano le venían de perlas. Por ejemplo, esta conversación que, según él, había escuchado mientras esperaba que un semáforo le diera paso:

–¿Tú crees que aquella calle también la van a alquitranar?

–Seguro: alquitranlaranla.

Me quedan por “consumir” los 69.000 pensamientos restantes.

Jueves, 26

“Vive oculto”, dice Epicuro. Creo que aún me queda mucho para ser un buen seguidor de sus máximas. Pero estoy en ello.

Lunes, 30

Hoy he quedado con Ramón Pernas. He leído su novela El libro de Jonás (Espasa) y me ha dejado reflexionando sobre el mundo que refleja, pero sobre todo me ha hecho volver la mirada a un tiempo ido que solo se recobra por la literatura. El libro de Jonás es un viaje a la poesía de la vida; es el trabajo de un escritor, hecho con poesía y verdad, que diría Goethe. Ramón Pernas ha escrito una novela para corazones sembrados con las huellas de la amistad y del amor. Su mirada me ha llevado hacia recovecos que hacía tiempo no exploraba, a recuerdos de vida que forman parte de un paisaje, de palabras y sonidos, de música de otro tiempo, de nostalgias de la infancia, del calor de la vida sencilla: “Se está haciendo de noche y, a traición, sin esperarlo, Argenta me abraza por la espalda, junta, pega su cuerpo al mío y la sensación es tan placentera que en la noche que debuta se apetece un arco iris de fantasía instalado fugazmente de un lado al otro de la plaza, o quizás sea la estrella boreal o un equinoccio improvisado, es la felicidad absoluta. Cierro los ojos y me considero el hombre más afortunado del universo”.

Aunque la novela está atravesada por este ritmo no todo rezuma esta felicidad porque la vida es la suma de todas las cosas, mejores y peores, que nos pasan. Y en El libro de Jonás también se cuentan episodios menos felices que este; pero esta es la conclusión a la que el autor nos lleva, porque está narrada por alguien que no siendo demasiado viejo, sí en cambio se siente como alguien con un viejo corazón: “Ya septiembre va mediado y los días son más cortos” es la frase con la que cierra esta aventura personal, y digo personal no porque la novela sea autobiográfica, aunque siempre que escribimos nos va la vida en ello, como cantó Aute. Sea lo que sea lo que Ramón nos haya querido contar, detrás de todo está el lector, y el lector que se deje acariciar por el ritmo cadencioso y veraz de esta novela, y tenga una edad aproximada a la de los personajes que viven en estas páginas, entenderá lo que el autor ha escrito sobre el paso del tiempo. El lector más joven podrá ver hacia adelante, con las posibilidades que ofrece la vida si se vive con la alegría de estar hecho de libros, de amigos, de amor y de agradecimiento a la tierra que te ha visto crecer, y en el caso del autor, al mar, “a la mar”, como él dice que la nombran los que han nacido a su orilla; un mar siempre presente, que es también un personaje lleno de matices.

El libro de Jonás es una novela melancólica -no hay memoria sin melancolía- como corresponde a todo lo que trata de uno mismo, cuando se es consciente del peso y el poso de la vida.

Durante la lectura he sentido que quien ha escrito esta novela ha tenido que estar muchas veces del lado de la felicidad, porque lo que transmiten estas páginas es la memoria de un hombre que, como pensaba Cervantes, ha leído mucho, ha viajado mucho, ha amado mucho, y en consecuencia, ha vivido mucho.

Martes, 31

El Goethe Institut ha cumplido 60 años de vida intensa en favor de la cultura alemana en Madrid. Tiene un plan de estudios del que hablaremos en otro momento; con motivo de esta efeméride tan redonda han invitado a Rüdiger Safranski para hablar de Nietzsche. Safranski pondría dar una conferencia sobre Schiller, sobre el malestar contemporáneo, sobre el Tiempo, y también sobre Goethe, pero ha elegido a un pensador más controvertido, un filósofo que no aportó nuevas teorías ontológicas, pero sí destacó radicalmente en la ética y en su agudeza como crítico histórico. Su actitud contra Sócrates y Platón le conferían un halo de “anarquista aristocrático”, en palabras de Bertrand Russell. Era un misógino incorregible, alguien que en estos tiempos de comunicación global y de lucha feminista abierta estaría continuamente en el paredón de la crítica.

De él quiero ahora recordar una de sus frases menos controvertidas  y con la que todos estaremos unánimemente de acuerdo: “Sin música la vida sería un error.”

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