Este mes en Sopa de libros vamos a hablar de tres grandes personajes a los que les une una cosa: su incomprensión del mundo, y su lucha, por encima de todo, para vivir de acuerdo con sus deseos.
Vamos a empezar por el inmortal Don Quijote de la Mancha, que decide ser caballero andante y no hay nada que se lo impida. Adecenta a su caballo, busca algunas armas viejas, se hace de cartón una celada, y se lanza a la aventura. A mí me gusta leer El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha como la historia de un hombre que decide vivir la vida como le da la gana. Decide que nadie le va a decir ni quién es ni cómo tiene que vivir.
Luego está la discusión sobre el tipo de trastorno que tiene. Antonio Muñoz Molina lo cuenta muy bien en El verano de Cervantes (Seix Barral) y hay mucha bibliografía sobre el tema, pero el libro está lleno de dudas, momentos en los que como lector dudas si don Quijote sabe o no lo que le está pasando, si sabe que la bacía del barbero no es un yelmo (y menos el yelmo de Mambrino), si sabe que la trampa que le tienden al final para llevarle a casa, con sus amigos el cura y el barbero disfrazados, es trampa o encantamiento. Patología la debe de tener, pero ¿a cuántos de nosotros nos han llamado locos cuando hemos emprendido un camino distinto, diferente, cuando hemos tomado decisiones fuera de la norma? ¿Cuántas veces hemos pensado que éramos capaces de hacer cosas que estaban muy lejos de nuestras posibilidades?
Sancho, cuando don Quijote viaja en un carro de bueyes, encerrado en una jaula, y todos los que le acompañan van disfrazados, simulando ser seres mágicos, se lo dice, y utiliza además un argumento imbatible: si tiene hambre, sed y tiene ganas de hacer lo que nadie puede hacer por uno mismo, es que no está encantado. Y don Quijote le dice que precisamente tiene ganas de salir de esa celda en la que le llevan para ir limpio.
En la segunda parte, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, hay una aventura clave, que es la de la cueva de Montesinos, cuando el caballero andante baja, él solo, a una sima, y cuando sale cuenta lo que ha visto. Nadie le cree, y ponen mil argumentos en contra, pero don Quijote dice que el que ha bajado ha sido él, y que el único que puede decir lo que ha visto es él, y que le dejen en paz. Esa es la actitud.
A partir de este personaje, ser quijotesco se ha convertido en muchas cosas. La definición más habitual de ser quijotesco es emprender aventuras perdidas de antemano, que ya es bonito, pero a mí me gusta más cuando a la sucesión de personajes que viven en su propia realidad y que se niegan a vivir en la realidad que les imponen les llamen quijotescos. Quijotesco como sinónimo de libre.
Y vamos a hablar, en segundo lugar, de una mujer a la que le pasa lo mismo: Emma Bovary. Emma llega a un pueblo muy gris, Yonville, en la Francia profunda, donde todos los que lo habitan son seres grises. De hecho, Gustave Flaubert es lo que quería retratar, la mediocridad del pueblo, donde el farmacéutico, el alcalde, el carnicero y, por supuesto, el propio Charles Bovary, llevan una vida aburrida, pendiente de sus pequeñas miserias diarias.
Y allí en medio cae una mujer maravillosa, bellísima, elegante, divertida, inteligente, pero quijotesca. Porque Emma Bovary quiere que su vida sea como las vidas que ha leído en las novelas románticas: quiere salones de baile, ópera, trajes nuevos, diversión, amor y pasión. Pero Emma se ha casado con Charles, al que vemos justo al comienzo de la novela entrando en el colegio, y ya sabemos cómo va a ser toda su vida: gris. Pero si ese es el arranque del libro, el final es brutal, con un Charles Bovary viejo, siempre pensando en Emma, cuando ella hace ya muchos años que ha muerto, y tratando de entender. Y es que es muy difícil para alguien como Charles entender a alguien como Emma.
Emma Bovary es una mujer que no solo no se resigna a la vida que le ha tocado vivir ni al sitio donde le ha tocado vivir, sino que busca cumplir todos sus sueños y todos sus deseos, y no se resigna a que eso sea poco menos que imposible. Se niega, se rebela, se revuelve y empieza a tener amantes, que le dan (algunos de ellos), lo que desea, bailes, ópera y lujo, pero que se aprovechan de ella, que la abandonan, porque hay que ser muy fuerte, y muy inteligente, y muy poderoso para tener el valor de conservar a su lado a una mujer como ella.
Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir esa profunda exigencia sensual que Charles no puede satisfacer porque, de hecho, ni sabe que existe. Y hay una cosa muy moderna y muy rompedora en Emma, porque ella representa y defiende el derecho al placer, algo que ha sido negado por casi todas las religiones, filosofías e ideologías, y más en el caso de una mujer. Emma quiere realizar sus deseos, y la represión del placer ha sido la causa de su infelicidad.
Así que Emma termina suicidándose, comiendo a puñados el veneno que le ha dado el mozo de botica, un pobre chaval que la desea en secreto y que no ha osado jamás acercarse a ella.
Por último, quiero hablar de otro personaje quijotesco, Jay Gatsby, que en realidad se llama James Gatz: un tipo que dedica toda su vida a seducir a una mujer, que construye su vida alrededor de la mujer a la que ama, que se hace rico, que se construye una gran mansión y que organiza las mejores fiestas de Nueva York, solo para seducir a la mujer a la que una vez amó y que sigue amando, Daisy, y que vive justo enfrente de su mansión, justo al otro lado de la bahía, en una casa que tiene siempre encendida una luz verde, que Gatsby ve cada noche. Y sabe que ella vendrá alguna vez a una de sus fiestas, y cuando lo haga, no duda de que se enamorará de él, y entonces todo será como siempre ha soñado. Porque a Gatsby no le importa la realidad. O más bien tiene la capacidad de confundir sus deseos con la realidad, la vida soñada con la vida vivida. Por eso Mario Vargas Llosa dice en La verdad de las mentiras (Alfaguara), que Jay Gatsby no es un hombre de carne y hueso, sino literatura pura.
Pero cuando se ve más clara esta condición es cuando Gatsby encuentra, al fin, a su amada Daisy, que está casada. Su marido es un tipo tosco llamado Tom, y Gatsby habla con él para convencerle de que todo ha terminado entre Daisy y él, y que se van a separar, y el pobre Tom, que no es muy listo, alucina. Y a partir de ahí Gatsby se comporta como si todo pudiera ser tan fácil como eso, como si Daisy ya fuera su pareja y nadie pudiera cambiarlo, solo porque él lo quiere, solo porque él ha decidido que sea así. Y de hecho deja de hacer fiestas, y cambia de vida. Y encuentra la muerte. Pero eso es otra historia.
Llega la Semana Santa, y lo mejor que se puede hacer es leer, y si no han leído El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Madame Bovary o El gran Gatsby no hay mejor oportunidad que esta para hacerlo, y no hay mejor lectura para convencerse de que en esta vida hay que empezar a buscar nuestras propias aventuras, como don Quijote, buscar a la mujer a la que amamos, como Jay Gatsby, y empeñarse en ser felices, por encima de todo y de todos, como la gran Emma Bovary. Vivir la vida como queramos vivirla, aunque nos llamen locos. ¡Viva la literatura!




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