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Entre tinieblas

Tras casi dos años de documentación, reflexión, planteamiento, escritura, correcciones, reescritura, más correcciones, edición y unos mil litros de café, mi última novela, titulada Tinieblas, ya está por fin terminada y a la venta.

Han sido muchos meses de duro esfuerzo y tiempo empleado en escribirla. Meses en los que con frecuencia, me venía a la cabeza la letra de una canción de Sabina, donde dice eso de «…algunas veces vivo y otras veces, la vida se me va con lo que escribo», y no podía sentirme más identificado con la estrofa, al pensar en todas las horas del día que pasaba delante de una pantalla de ordenador; horas que se convertían en meses a dieta de vida real, para alimentar a una historia que solo habitaba en mi cabeza y que, como un famélico vampiro, se nutría de mi propia existencia. La muy cabrona.

"Hagamos lo que hagamos, es imposible saber si un libro gustará hasta que no sale a la venta y empiezan a sucederse las críticas de los lectores."

Porque no sé otros, pero yo soy incapaz de afrontar el trabajo de escritor como un empleo de nueve a cinco, en el que al terminar la jornada laboral, desconectas el interruptor y te vas con los amigos a tomar unas cervezas, a cenar con la pareja, o a casa con los niños. Yo no puedo, qué quieren que les diga. No solo escribo lento de cojones, sino que me cuesta horrores hallar la concentración necesaria para hacerlo y la más mínima distracción —una llamada de teléfono, una música en la cabeza o una mosca con un vuelo especialmente interesante—, me saca completamente de la historia que estoy escribiendo, y retomarla me resulta tan difícil como volver a subir a un tren en marcha del que acabo de saltar.

En mi caso, cuando escribo una novela lo hago desde su interior; me convierto en un personaje de la trama y me limito a contar lo que pasa delante de mis narices. No lo hago como el creador o padre de la criatura, como muchos se refieren a su obra, porque no creo serlo. Para mí, escribir es como viajar a un universo paralelo al que soy invitado para ser testigo de lo que allí sucede, como un reportero de guerra en una dimensión desconocida. No me siento como el creador de nada, solo un afortunado espectador que torpemente trata de explicar lo que acontece ante sus atónitos ojos. Más que un escritor, casi cabría decir que más bien soy un «descriptor» —me temo, que alguien en el sótano de la RAE acaba de matar un gatito.

Pero como decía, han sido muchos meses de duro trabajo dando cuerpo a una idea que cada día cambiaba de forma en mi cabeza, y luego desbastando, lijando y puliéndola hasta que la historia no solo tuviera sentido sino que, además, resultara interesante, emocionante y divertida. Ahí es ná.

Y por si fuera poco, Tinieblas es una secuela de uno de mis libros de mayor éxito. Algo que tiene su lado bueno y su lado no tan bueno.

Lo bueno es que, al ser la continuación de Capitán Riley, la novela más vendida en Amazon España en 2014 —autores autopublicados, ¿veis como sí se puede?—, hay decenas de miles de lectores predispuestos a leerla.

Lo malo es que, al haber tenido Capitán Riley unas críticas particularmente buenas, las expectativas están también particularmente altas y, aunque personalmente crea que Tinieblas es mejor que su antecesora, habrá muchos que apliquen eso de cualquier-libro-pasado-fue-mejor y sentencien sus reseñas con el clásico y desdeñoso: «me gustó más la primera».

Porque, hagamos lo que hagamos, es imposible saber si un libro gustará hasta que no sale a la venta y empiezan a sucederse las críticas de los lectores. Ni las grandes editoriales con sus equipos de marketing tienen pajolera idea; así que imagínese un pobre autor independiente, al que no le queda otra que llamar a un tarot televisivo o invocar al espíritu de Hemingway con una tabla de güija.

"Salvo un puñado de autores, que podrían firmar un libro escrito por un chimpancé y aun así vender millones, el resto de los mortales nos tenemos que dejar el alma."

Cuando uno empieza a escribir un libro, lo hace con el deseo de contar una historia y la esperanza de que haya personas, a las que no conoce de nada, que estén dispuestas a leerla. Luego te pasas meses —o años— dándole forma a esa historia, que comienza siendo solo una emoción o una idea que transmitir —el amor todo lo puede, los remordimientos son una putada, si vas a la guerra de Troya llévate una rebequita, etc—, y mientras avanzas y retrocedes en la narración, y te paras, y das vueltas sobre ti mismo preguntándote cómo coño has llegado hasta ahí y dónde está la salida, todo son dudas y palos de ciego.

Los escritores trabajamos entre tinieblas, encerrados bajo llave con nuestros propios demonios y conforme se aproxima el día de la publicación, aquellos que nos jugamos las lentejas con nuestro trabajo de juntaletras, empezamos a buscar presagios en el cielo y a esquivar gatos negros y escaleras como si fueran emisarios del maligno.

Salvo un puñado de autores, que podrían firmar un libro escrito por un chimpancé y aun así vender millones, el resto de los mortales nos tenemos que dejar el alma —y parte del hígado en algunos casos—, para escribir algo que los lectores quieran comprar. Y la putada es que, por mucho que nos esforcemos, a veces nos equivocamos y escribimos algo que a nosotros nos encanta, pero que al resto del mundo no tanto —por decirlo de un modo suave.

Y es que el oficio de escritor tiene sus ventajas —no hay jefes que soportar u oficina en la que fichar y, además, puedes ir a trabajar en calzoncillos—. Pero entre alguno de sus inconvenientes —inestabilidad económica y mental, y la posibilidad real de que no te quede más remedio que escribir calzoncillos—, se encuentra el no saber si lo que estás escribiendo le va a gustar a alguien, incluido a ti mismo.

Cuando te enzarzas en una novela que lleva tanto tiempo escribirla, como esta que ahora publico, casi siempre llega un punto en que estás tan metido dentro de la espesura de la trama que, no es que ya no veas los árboles o el bosque… es que no verías a la puñetera Caperucita Roja aunque te estuviera golpeando en la cabeza con el cesto. Pierdes la perspectiva y buena parte de la capacidad de raciocinio y, como un explorador desquiciado, acabas abriendo un sendero a machetazos hacia ningún lado, hasta que de puro agotamiento simplemente te sientas en el barro, rendido, te abrazas las rodillas y, cerrando los ojos, entre sollozos deseas ser otra persona en otro lugar y con un trabajo decente.

Qué risa ¿no? Pero, ¿saben qué es lo más loco de todo? Que aun así, no lo cambiaría por nada del mundo. Ni yo, ni ningún escritor que yo conozca.

"Escribir Tinieblas no ha sido tarea fácil. Ha sido emocionante, intenso y en ocasiones desquiciante."

A pesar de la soledad, la inestabilidad, la incomprensión, el riesgo, y no tener ni la menor idea de a dónde me dirijo o de si acabaré con un tetrabrik de Don Simón debajo del brazo y residiendo en un cajero automático, me encanta contar historias y no quiero dejar de hacerlo.

Posiblemente, porque sea una manera de viajar con la mente más allá de donde no puede llevarme el cuerpo; o quizá, porque escribir una novela me salvó la vida —ya os contaré los detalles otro día—; o puede que, por el simple placer de dar vida a personas que no existen; o tal vez… Bah. Qué demonios. Porque me gusta escribir, carajo.

Pero bueno, antes de irme otra vez por los cerros de Úbeda, lo que quería contaros es que escribir Tinieblas no ha sido tarea fácil. Ha sido emocionante, intenso y en ocasiones desquiciante, pero creo que el esfuerzo ha valido la pena y el resultado final es una buena novela de aventuras.

Una novela escrita con el corazón y las tripas —la única manera en que sé hacerlo—, en la que he compartido con vosotros todo aquello que he vivido en ese maravilloso universo paralelo y al que de vez en cuando me dejan asomarme, habitado por héroes cansados, mujeres valientes y malvados con causa.

No sé si os gustará, si habré cumplido fielmente con mi misión de descriptor —perdón, gatito— de esa realidad alternativa de la que se nutren los libros, si me llamará Spielberg para hacer una película, o si los lectores me recibirán a tomatazo limpio cuando salga a la calle. No lo sé, y resulta aterrador y excitante al mismo tiempo.

Alea iacta est, como dijo el tipo aquel a orillas del Rubicón.

En fin… solo me queda añadir que espero que disfrutéis leyendo Tinieblas, tanto como yo he disfrutado escribiéndola. Os aseguro que he puesto todo de mi parte para tratar de conseguirlo.

Y ya que estamos, quiero aprovechar para agradecer el apoyo y los sabios consejos, a aquellos que me habéis soportado y ayudado a sacar adelante este proyecto —vosotros ya sabéis quiénes sois.

Aunque, por encima de todo, a quienes debo un verdadero agradecimiento, una reverencia y hasta unas copas, es a todos los lectores que me habéis leído durante estos años, acompañándome incansablemente por selvas ignotas, desiertos infinitos y mares embravecidos. Sin vosotros, Ulises no habría encontrado la última cripta, Blanca no habría escapado de Guinea, y Alex Riley no nos habría salvado a todos del apocalipsis. Porque esos libros sin vosotros, amigos lectores, sencillamente no existirían.

tinieblasAsí que, por mi parte, ya está todo el trabajo hecho. Ahora os toca a vosotros salvar el mundo.

A partir de este momento el libro es solo vuestro, y vuestra también la decisión de embarcaros o no, en esta nueva aventura con Riley, Jack, Carmen, Julie, César, Marco, y algunos otros que se sumarán por el camino.

Ojalá que tengáis buenos vientos y regreséis de este libro con una sonrisa en el corazón.

Gracias a todos por compartir tantas aventuras.

Nos vemos en la cubierta del Pingarrón.

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Autor: Fernando Gamboa. Título: Tinieblas. Edición: Kindle

 

 

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