Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Episodios nacionales extractados para uso de los niños, de Galdós

Episodios nacionales extractados para uso de los niños, de Galdós

Episodios nacionales extractados para uso de los niños, de Galdós

Con motivo del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, Zenda publica las primeras páginas de la edición facsímil que en su momento sacó a las librerías la editorial Hernando, hoy desaparecida, recuperados ahora por la editorial Oberon, de los Episodios nacionales para niños, titulados originalmente Episodios nacionales extractados para uso de los niños, una colección de siete novelas históricas preparadas por Galdós, probablemente, durante 1907 y 1908. En esta versión don Benito prestó mayor atención a aquellos episodios que, como Trafalgar Zaragoza, fueron cumbre de la resistencia trágica y del heroísmo, como ejemplo de los ideales patrióticos más sublimes, frente a otros episodios como La Corte de Carlos IV o Cádiz, que relatan hechos históricos o aconteceres personales, donde predomina la intriga, la vida cotidiana, social, política o cultural.

X

CAPITULACIÓN

Las alegrías de aquel momento sublime movían de una parte á otra un oleaje de actividad y de entusiasmo. Era como una segunda batalla en que los sentimientos patrióticos chocaban con exaltación parecida al furor de los combates. Allí había desaparecido la persona humana, fundiéndose en el hermoso conjunto de la Sociedad ó la Nación, que era sin duda la que conmovía la tierra con sus alaridos de gozo. Nos embriagaba la idea de que el ejército francés capitulaba, entregándonos todos sus hombres, todo su armamento. En un rapto de patriotismo delirante, mi amigo Marijuán me dijo : «Y ahora… que vuelva ese señor Napoleón á meterse con nosotros… Chico, ya podremos comernos el mundo. La Junta de Sevilla será una remilgada si no nos manda conquistar á París… ¡Viva España!»

De esto hablábamos cuando un acontecimiento inesperado nos llenó de estupor. Tambores y cornetas nos llamaron á ocupar nuestras posiciones, y gran número de gentes del pueblo corrían hacia las calles de Bailén. Nuestros destacamentos habían divisado las columnas avanzadas del General Vedel, que venía de Guarromán en auxilio de Dupont… ¡Ay! ¡Si llega un momento antes, nos habríamos visto entre dos fuegos! Pero Dios, protector en aquel día de la España oprimida y saqueada, permitió que Vedel recalara cuando estaba convenida la tregua y se había principiado á negociar la capitulación.

Al instante mandó Reding un oficio al General francés dándole cuenta de lo ocurrido, y los enemigos se detuvieron más allá de una ermita que llaman de San Cristóbal, situada á mano izquierda del camino real, yendo de Bailén á Guarromán. Al poco rato vimos un oficial francés que llegó á nuestro campo con oficios para Reding y Dupont, y como en el Cuartel General de éste se trataba ya de fijar las bases de la capitulación, nos consideramos seguros de no ser atacados por la parte alta del camino. La acordada suspensión de armas debía afectar á todas las fuerzas que componían el ejército imperial de Andalucía.

Á pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de Irlanda y el famosísimo de Órdenes, que tanto se había distinguido en la batalla, ocuparon el camino frente á las tropas de Vedel, las cuales, conforme llegaban, iban tomando posiciones. Sería poco más de la una cuando los franceses de Vedel, sin aguardar á que les contestara Dupont, rompieron el fuego contra Irlanda. Gran efervescencia y algaraza y tumulto en nuestras filas. Todos querían ir, no á combatir con los franceses, sino á pasarlos á cuchillo, por violar las leyes de la guerra.

Pero la providencia estaba de nuestra parte en aquel día. Casi juntamente con los primeros tiros de la embestida de Vedel, sonaron cañonazos lejanos, que al principio no supimos á qué dirección referir.

Era la tercera división, enviada al amanecer desde Andújar por Castaños en seguimiento de Dupont. Venía ya por Casa del Rey, y al enemigo se anunciaba con disparos de pólvora seca. Aterrado con este nuevo refuerzo, que aniquilaría los restos del ejército si Vedel al armisticio no se sometía, Dupont dió enérgicas órdenes para que cesara el fuego de la división recién venida de Guarromán, y el fuego cesó. Con esto, los nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que ajustaba su General en Jefe.

Pasando ahora de lo grande á lo minúsculo, sabréis que nuestro amo, el primogénito de Rumblar se nos perdió en lo más rudo de la batalla. Terminada ésta, y viendo la desolación de la Condesa y de las adorables niñas, Marijuán y yo pedimos licencia para salir á buscarle. Acompañados del afligido preceptor, que lacrimoso y suspirante creía encontrar á su amado discípulo entre los muertos, recorrimos todo el campo por una y otra parte, llegándonos al fi n, para que nada nos quedase por investigar, á la ermita de San Cristóbal, próxima á las posiciones de Vedel.

Ya nos volvíamos descorazonados, cuando vimos que, camino abajo, hacia nosotros venía un jovenzuelo saltando y jugando con la volubilidad y ligereza de los chiquillos al salir de la escuela. Á ratos corría velozmente; luego se detenía, y acercándose á los matorrales sacaba su sable y la emprendía á cintarazos con un chaparro ó una pita; luego parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo en la punta de la espada.

«¡Qué veo!—exclamó D. Paco con súbita exaltación.— ¿No es aquel mozalbete el propio D. Diego; no es mi niño querido, la joya de la casa, la antorcha de los Rumblares…? Eh…, D. Dieguito, aquí estamos… venid acá.»

En efecto, era D. Diego en persona. Nos vió, y al punto vino corriendo para abrazamos á todos con grande alegría. Recogimos al lindo y travieso mayorazgo, que nos contó ridículas historias para justificar su extravío, y Marijuán y D. Paco se encargaron de devolver á su familia el rapaz inconsciente, de puro tonto, en que fundaba su futura grandeza. Yo me quedé en el campamento y me abstuve de entrar en el pueblo y de pisar la casa de Rumblar, porque la inopinada ingerencia de aquella familia en la sacratísima esfera de mi Cuento de Hadas me causaba indecible desconsuelo, como he de referir en sazón oportuna.

Las conferencias para la capitulación iban despacio. Los parlamentarios, que por Francia eran los generales Chabert y Marescot, y por España Castaños y Conde de Tilly, deliberaban en Andújar, regateando con verdadero ensañamiento las condiciones de la rendición… En la tarde del día 20, recorrí con otros amigos el campo francés, observando la terrible situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban larguísima extensión, y para sepultar sus tres mil muertos, habían abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montón, cubriéndolos luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos de distinción estaban en las Ventas del Rey. Aquí y á lo largo del camino, los cirujanos no daban paz á la mano para vendar y amputar, salvando de la muerte á los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y unos zoquetes de avena, que parecía tierra panificada.

Todos anhelaban, para salir de tan lastimoso estado, que se firmase de una vez la Capitulación; pero ésta se retrasaba, porque nuestros Generales querían sacar el mejor partido posible de su triunfo. Según oí decir aquel día, ya estaba acordado que se concediese á los franceses el paso de la Sierra para regresar á Madrid, cuando se interceptó un oficio en que el Lugarteniente general del Reino mandaba á Dupont replegarse á la Mancha. Comprendimos entonces los españoles que conceder á los franceses lo mismo que querían era muy desairado para nuestras armas.

También alcanzamos á ver á lo largo del camino real la interminable fila de carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba. ¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que el afán de no dejar atrás los quinientos preciosos carros les puso en el aprieto de rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo que hubieran podido escapar con carros ni sin ellos, porque allí estábamos nosotros para impedírselo; pero, sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón dijo algún tiempo después á Savary en Tolosa, hablando de aquel desastre tan funesto al Imperio:

Más hubiera querido saber su muerte que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor de comprometer lo que habían robado.

Firmada quedó al fin en Andújar la Capitulación llamada de Bailén, gloriosísima para nuestras armas, humillante para las de Napoleón. Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el General Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. Á pesar de que la primera y segunda división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fué otorgada á la tercera y á la de reserva. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas en pabellón, nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.

Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la Geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios, y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo… Ninguna victoria francesa resonó en Europa como aquella derrota, que fué, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son invencibles.

XI

Sabed ahora, queridos niños, lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel mismo mes de julio. El día 7 había jurado José en Bayona la Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día 9, el mismo José traspasaba la frontera para venir á gobernarnos. El día 15 ganaba Bessières en los campos de Ríoseco una sangrienta batalla, y al tener de ella noticia Napoleón decía lleno de gozo: «La batalla de Ríoseco pone á mi hermano en el trono de España, como la de Villaviciosa puso á Felipe V.» El 20, un día después de nuestra victoria, entró José en Madrid, y aunque la recepción glacial que se le hizo le causara suma a icción, aún le parecía que el buen momio de la corona duraría bastante tiempo.

Pero hacia los días 25 y 26, se esparce por la capital un rumor misterioso que conmueve de alegría á los españoles y de terror á los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas tropas de línea han derrotado á Dupont, obligándole á capitular. Este rumor crece y se extiende, pero nadie quiere creerlo; los españoles por estimarlo demasiado lisonjero, los franceses por considerarlo demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero la corte de José se ríe y no da crédito á aquel cuento de viejas. Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado á La Mancha, se unen á las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país por donde pasan.

De mí os diré que tuve que volverme á Madrid, escoltando á unas señoras que me pagaron buena soldada con tal objeto, y si ello me alegraba por cambiar de vida y de teatro (que en tiempos de guerra es harto enojosa la quietud), no fué completo mi gozo, porque hube de separarme de mi más que amigo hermano Marijuán. De éste no supe nada en algún tiempo: ya os hablaré de nuestro encuentro en el curso de estas historias, y de las inauditas proezas que él y yo en distintos lugares de España presenciamos.

En Madrid me alisté en el Cuerpo de Voluntarios que allí se formó; mas no tuve ocasión de añadir á mi hoja de servicios ningún acto resonante. Continuó la guerra, encendiéndose con nuevo ardor en el otoño del año 8. Los sitios de Valencia y Zaragoza mantenían el fuego sagrado. Napoleón, aplicando su inmenso ingenio militar á robustecer su terquedad caprichosa, reforzó el ejército conquistador, y en persona vino á traernos á su hermano José, que con los tiros de Bailén salió de aquí espantado como un conejo. Forzó Napoleón el paso de Somosierra con hueste numerosa; sus lanceros polacos excediéronse en bravura loca y en crueldades de guerra. Dueño quedó de Madrid el 2 de diciembre. Se aposentó en el palacio del Duque de Pastrana, en Chamartín de la Rosa, de donde salió para visitar á su hermano en Madrid y en el Pardo.

Y ya que os hablo del Rey José, debo preveniros contra las imposturas que el vulgo acumulaba sobre la persona de aquel buen señor, primera víctima en España de la soberbia y de la obcecación de su hermano. El patriotismo, en casos de lucha encarnizada contra la invasión, no puede repudiar ninguna forma defensiva y agresiva, y las acepta y utiliza todas desde las más sublimes hasta las más vulgares y chocerreras… Pero pasado el tiempo, y depuestas las armas nobles así como las viles, no digáis que el llamado José I era borracho, ni tuerto, ni disoluto. Los injuriosos motes de Pepe Botella y Rey de Copas eran el arma del vejamen y de la burla, usada por los que no podían usar otra. Y debéis saber también que en su corto y adverso reinado, dentro de la redoma francesa, que absolutamente le aislada del sentimiento español, dictó el noble José resoluciones de grande utilidad, como el quitar de en medio el Santo Oficio, reducir los frailes á su tercera parte, y otras saludables medidas. Mas era extranjero, traído por la fuerza con insolente arrogancia y menosprecio de la dignidad de la Nación.

Á mí me fué muy mal en aquella etapa de nuestra gloriosa guerra. Prendiéronme por sospechoso, y en una cuerda de pilletes y vagabundos me encaminaron á Francia. Entre aquellos pillastres iba el gran poeta Cienfuegos, el actor Isidoro Máyquez y el afamado latinista Sánchez Barbero. Me confabulé con otros dos de la cuerda, obscuros y pobres como yo, y desplegando tanta picardía como audacia, nos escapamos antes de llegar á Burgos… ¡Oh dicha! ¡Libertad al fin! Con unánime pensamiento resolvimos marchar á Zaragoza y pedir á la heroica ciudad tres puestos, tres fusiles y tres pedazos de pan para pelear por España.

—————————————

Autor: Benito Pérez Galdós. TítuloEspisodios Nacionales extractados para uso de los niños. Editorial: Anaya Multimedia. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

5/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)