Escribir es siempre una tarea titánica, inmensa, descomunal. Y uno de los consejos más rotundos que se le da a un escritor novel dice: “Escribe sobre lo que sabes”.
Otro consejo habitual es: “Si investigas una época, un año o unos escenarios, aprovéchalos para varias novelas”.
En definitiva, escribe sobre lo ya escrito, sobre lo que ya dominas.
Así me ha sucedido con mi última obra, Como si fuera a morir mañana, donde las vivencias y los recuerdos de los personajes son, en parte, el reflejo de mis propias experiencias en el País Vasco.
Las imágenes del pasado, lejos de ayudar, a veces entorpecieron y nublaron la escritura, haciendo emerger a la superficie escenas de mi adolescencia.
Una de ellas es la de una tanqueta subida a la acera de mi portal. Hablamos de Rentería, a mediados de los ochenta. Recuerdo, como si fuera ayer, bajar las escaleras de casa y toparme de bruces con aquella mole de acero y metal al salir a la calle. Permaneció varios días aparcada en mi barrio. Es una imagen que nunca he podido olvidar.
Otra imagen que me persigue es la de aquellos adolescentes atolondrados que arrojaban huevos al alcalde socialista de turno cuando salía al balcón a dar el pregón de las fiestas. Yo fui uno de ellos, y aún hoy me avergüenzo profundamente.
La novela intenta reflejar el contexto de muchos comandos etarras: grupos a menudo improvisados, formados por jóvenes inexpertos movidos por ideales patrióticos que, con el tiempo, acababan desencantados al descubrir la verdadera realidad. Durante todos mis años en el País Vasco nunca sufrí, por fortuna, un atentado de cerca, aunque sí tuve conocidos que llegaron a formar parte de un comando.
Después de cinco novelas, miro hacia atrás y me pregunto:
¿Realmente hay que ser un experto en algo para escribir sobre ello?
¿Es importante distinguir en la obra de un escritor lo que cuenta de lo que inventa?
Bien pensado, incluso cuando se escribe sobre algo ajeno a la propia vida, el tono, las emociones y la mirada siempre acaban siendo las del autor.
He tardado cuatro años en volver a publicar. Y he comprendido que lo importante no es escribir sobre lo que sabes, sino escribir; incluso cuando escribes sobre lo que no sabes.
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Autor: Ricardo Alía. Título: Como si fuera a morir mañana. Venta: Todostuslibros.



Sr. Alía,
Qué alegría leer algo así. Llevo días asomándome a este foro y de pronto aparece un escrito que no se limita a merecer gratitud, sino que pide ser retenido, guardado. El suyo pertenece a esa clase.
Me ha llegado adentro ese momento en que el consejo de manual —«escribe sobre lo que sabes»— se vuelve contra quien escribe y le devuelve, no certezas, sino imágenes que duelen y duran. La tanqueta en la acera de su portal, los huevos al alcalde, una vergüenza que no termina de irse. Eso ya no es escribir sobre lo que una conoce. Es escribir sobre aquello que se resiste al olvido, aunque a veces una desearía poder dejarlo atrás. Y me parece que ahí, justo ahí, reside la verdadera materia de la literatura.
Usted lo expresa al final con una claridad que escasea tanto. Lo importante no es saber, sino escribir. Porque escribir viene a ser, casi siempre, la única manera que tenemos de entender aquello que se nos escapa. O de sobrellevar, sin que nos destroce del todo por dentro, lo que la memoria insiste en devolvernos.
Yo también escribo, aunque todavía no vivo de ello. Y llevo tiempo dándole vueltas a esa frontera entre lo vivido y lo inventado, que en realidad es mucho más difusa de lo que nos gustaría admitir. Su texto me ha confirmado algo que intuía pero no acertaba a formular. No hace falta haber recorrido todos los caminos para contarlos todos. Basta con haber mirado bien lo poco o lo mucho que sí se ha mirado. Y haber sentido algo parecido —o acaso idéntico— a lo que otros sintieron antes.
Hay algo extrañamente reconfortante en eso de ponerse a escribir, en ver cómo una página que estaba en blanco va dejando de estarlo y se convierte, sin que una misma sepa muy bien cómo, en algo que quizá permanezca cuando ya no estemos. No creo que sea vanidad. Será más bien la necesidad de poner orden en lo que no lo tiene, o de inventar un sentido donde tal vez no lo haya. Y cuando ese empeño, tan solitario al principio, logra tocar a otro, cuando consigue dejar una huella por pequeña que sea, entonces una siente que tanto esfuerzo mereció la pena.
Gracias, de verdad. Por la honestidad, por la memoria incómoda que ha decidido compartir, por atreverse con lo que tanto cuesta contar. Y por recordarnos que escribir no consiste en exhibir lo que una sabe, sino en seguir preguntándose. En no darse nunca por satisfecha del todo.
Un cordial saludo.
Gracias por sus bonitas palabras.