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Escribir es nadar a tientas

Ilustración: Juan Carlos Viéitez.

Estoy escribiendo un libro de cuentos. Casi todos empiezan así, como este texto, con una frase corta proyectada como una diapositiva en la pared del cerebro del lector. La primera imagen de un cuento es fácil de encontrar; basta con cerrar los ojos sobre la almohada, dar vueltas en la cinta de equipajes del aeropuerto o escuchar la discografía completa de Regina Spektor. Es justo después de esa imagen cuando llega el desconcierto, porque ni el cuento aún es nada ni el lector aún es nadie.

¿Cómo se hace un cuento? Para averiguarlo me compré un libro de Carmen Martín Gaite, un proyecto que durante años fue una marea de papeles a máquina agrupados por temas a base de tijeras y pegamento Imedio en cuadernos grandes con tapas azules —esos a los que ella llamaba «Cuadernos de Todo»—, y que en 1983 se convirtió en uno de los ensayos más completos sobre el arte de narrar de la literatura española: El cuento de nunca acabar.

«Mientras el narrador no se haya embarcado todavía en el viaje narrativo, mal podrá predecir desde la orilla las vicisitudes del itinerario», dice uno de los capítulos del libro, dedicado a la incertidumbre. Y es verdad. Si algo he aprendido este año es que escribir es un viaje a la deriva a merced de las casualidades. No hay mapa ni hay brújula, ni todas esas cosas que dicen los manuales: escribir es nadar a tientas por una ciénaga oscura. Si tenemos la suerte de que haya una porción de luna, esta podrá marcarnos los perfiles de las cosas, la magnitud del paisaje, para adivinar, en todo caso, por dónde no ir. Pero el camino siempre será en solitario y con la intuición como única linterna.

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Me asomo a la ventana mientras nace el invierno. Un borrón corta el cielo de este a oeste. Hay una mujer que grita contra los muros de una escuela infantil. Un perro lame el cristal del piso de enfrente. Incluso donde no me alcanza la vista sé que están pasando cosas, que hay monedas abandonadas en las fuentes y camioneros con talento artístico y que en algún lugar un sótano se está inundando. Los humanos tenemos un especial interés por lo concreto, y así es como se construyen los relatos. No veo peor manera de hablar de la Soledad que hablando de la Soledad. No veo peor manera de hablar del Amor que hablando del Amor. Solo una imagen aparentemente inocua —el perro, el sótano, las monedas— puede servirme para estar más cerca de las palabras grandes, y a veces ni tan siquiera llego a rozarlas, sino que me quedo orbitando alrededor, en ese territorio fantástico dominado por la sugestión.

Y es así como avanzo a tientas. Agarrada a esas imágenes, escuchando a sus protagonistas. Porque narrar no es solo hablar, como quien se dirige a una audiencia desde un estrado —el mayor de los aburrimientos—, sino más bien contestar a un amigo en una conversación de madrugada. No hay más que mirar un poco adentro: contenemos multitudes que no paran de hacerse preguntas. Las respuestas, como las historias, son infinitas, y que nos conduzcan a alguna revelación depende más de nuestra búsqueda en ellas que de su propio contenido.

En Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit dice: «Tratamos el deseo como un problema que hay que resolver (…), pero a menudo es la distancia que existe entre nosotros y el objeto de deseo lo que llena el espacio entre ambos con el azul del anhelo». Los cuentos, los relatos, se irán construyendo así, alimentados por el anhelo de llegar a alguna parte, pero también muchas veces sin llegar a ninguna en concreto.

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Mientras me encontraba en pleno proceso de escritura de mis cuentos, vi a una señora clavada a Carmen Martín Gaite en la tienda donde trabajo. Bueno, no sé si era clavada, pero llevaba una boina igual, bajo la que asomaban una mirada despierta y unos rizos blancos. Lo demás estaba tapado por la mascarilla, así que probablemente esta mujer no era ni Carmen, ni Martín, ni Gaite. Pero igualmente imaginé que era ella y que me estaba vigilando para que lo hiciera bien. Y algo más importante: imaginé que se acercaba para decirme que tampoco pasaba nada si no lo hacía bien. Que no es tan importante. Que siempre se puede volver atrás, borrar lo escrito, retomar el camino en la ciénaga, seguir improvisando.

Y aun así quien escriba nunca dejará de tener miedo. ¿Por qué escribir, entonces?, le preguntaría yo. No hay ninguna razón, contestaría ella, pero algunas no sabemos desprendernos de otra forma del peso que nos abruma. Y serán esas improvisaciones que surgen mientras contamos, mientras nadamos, las que nos iluminarán y harán entender los asuntos que estamos tratando. «Creíamos tenerlos sabidos de memoria, que no valía la pena ponerse a contarlos. Pero claro que valía. Desatender las coartadas de la inercia siempre vale la pena».

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Autora: Carmen Martín Gaite. Título: El cuento de nunca acabar. Editorial: Siruela. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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