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«No es un lamento», dice en la p. 86, «es una afirmación científica»

«No es un lamento», dice en la p. 86, «es una afirmación científica»

Ilustración: Juan Carlos Viéitez.

Me gustan los diarios, en parte porque no tienen título, pero reconozco que no se me da nada bien leerlos. El de Alice James[1], crónicamente encamada por un mal tan vago como imposibilitante, está repleto de observaciones extraordinarias sobre la pintura[2], el pudor de clase[3], el plagio[4], el suicidio[5], los franceses[6], etc. Hay, sobre todo, un pensamiento que me entusiasma (me sonó inmediatamente a pensamiento propio, como un pensamiento antiguo dejado a medias que me hubiera prometido pensar mejor más adelante, cuando tuviera tiempo o estuviera más capacitado, y del que me había acabado olvidando, o conformando con la formulación provisional que le hubiera dado en el momento, ya irremediable); me refiero a la segunda frase de este pasaje, en la p. 57: «La enfermera dice que hay una gente en el piso de abajo que va a todas partes en coche y no admira nada. Me siento tan agradecida porque en efecto veo, para mi conciencia, el cuarto de pulgada en el que se posa mi vista».

¿A qué se refiere Alice James, y en qué puede consistir este «ver»? Varias explicaciones posibles:

  1. Como está encamada la mayor parte del tiempo, no puede ver del mundo (quitando el esporádico paseo enervante, y omitiendo las lecturas, que en sentido estricto no forman parte del mundo) más que el «cuarto de pulgada en que se posa [su] vista [desde la cama]»: esto hace que lo pueda mirar con un grado de atención mayor de lo acostumbrado; y, como sabemos, todo objeto mirado el tiempo suficiente (el enfermo, liberado de las obligaciones del ciudadano saludable, tiene más tiempo que dedicarle[7] a estas superficies mínimas pero potencialmente inagotables) se acaba volviendo interesante[8], «la sensación de “hogar” […] entre cuatro paredes cualquiera», p. 141.
  2. Según un conocido argumento, la enfermedad nos hace apreciar aquellas cosas de las que nos priva (una interpretación decepcionante, pero tal vez justificada por el uso de «agradecida»). Comparemos el paseo en coche de los vecinos sanos que «no [admiran] nada» con este paseo estremecedor de Alice James: «Hoy he vuelto a salir, y me he comportado como una demente, sollocé […] ante la vista de una granja, un prado, algunos árboles y cuervos graznadores», p. 57[9]. (Claro que este argumento solo es válido si nos recuperamos [antes de la enfermedad no sabíamos apreciar esto o lo otro; ahora que estamos mejor, sin embargo, no volveremos a caer en ese error, etc.], y ella nunca se recuperó.)
  3. Otro conocido argumento asegura que la pobreza en estímulos de la vida enferma nos invita a mirar hacia adentro. No podremos salir al mundo y tener nuevas percepciones, de acuerdo; pero nada nos impide recrearnos tanto más en los recuerdos[10], o incluso desarrollar nuestras propias teorías[11]. Lo interesante, entonces, no es tanto el «cuarto de pulgada» inescapable como su misma falta de interés, que nos hace volcarnos en el llamado «mundo interior».
  4. Pongamos que es al revés y el «cuarto de pulgada» sí es interesante, pero no en sí mismo: es la enfermedad la que modifica nuestra manera de ver las cosas y puede, entre otras cosas, hacerlas interesantes. Un ejemplo muy concreto: «desde que soy miope no veo polvo ni miseria y por tanto me concibo viviendo en esplendor», p. 78. Otro, más abstracto: ante la imposibilidad de describir su dolor[12], puede ocurrir que el doliente le pierda por así decir el respeto al lenguaje, y empiece a relacionarse con él de otro modo: el lenguaje ya no es, como para el sano, un instrumento fiable al servicio del entendimiento y la manipulación de la realidad exterior, sino una especie de fiebre compartida o de «microbio fantasma», p. 110 (inextricablemente interior y exterior, tan propio como la propia voz y tan incapacitante y ajeno como la propia dolencia que no nos permite expresar); de ahí que podamos tener visiones nuevas y, ¿por qué no?, interesantes.
  5. Pero ¿y la salud? ¿No deforma también nuestra manera de ver las cosas? Como dice Woolf, el cuerpo no es una «lámina de vidrio a través de la cual el alma ve todo con claridad»[13]; entonces, tiene sentido decir que un cuerpo enfermo nos hace ver enfermo, pero, por lo mismo, un cuerpo sano nos hace ver sano. La literatura epistemológica está plagada de referencias a afecciones que nos hacen ver incorrectamente el mundo (el ejemplo clásico de la ictericia que lo tiñe todo de amarillo[14]), pero por lo general no dice nada de cómo la salud nos hace ver el mundo de manera «saludable»; y ¿acaso no es igual de sesgada la manera de ver de los «sanos»? Alice James dice algo sumamente importante, que habría que releer una y otra vez: «Tengo […] la leve sospecha de que los saludables, especialmente esos que llaman “de espíritu sano” —¡que son cantidades deprimentes!— deben de ver las cosas de modo igualmente desproporcionado», p. 101. De ser así tendríamos, por un lado, el mirar sano: un mirar apresurado, «en coche»; un mirar resolutivo y cortante que no se detiene a «admirar», y por eso mismo es un mirar superficial[15]; un mirar puramente acumulativo, el «alma insensible» y la «piel dura» inherentes en la «búsqueda de cualquier “éxito”», p. 120; y, por otro lado, estaría el mirar enfermo: un mirar paseante que se detiene, «sin la menor vergüenza o degradación», p. 63, en lo particular y lo improductivo; un mirar que, precisamente por abandonarse a lo particular, no tiene en sí mismo nada de particular, sino que tiende a volverse impersonal[16]; un mirar flatulento, satisfecho de su propio «vacío», y que al no pretender acumular experiencias se evita la decepción de encontrarse siempre «relativo» e incompleto[17]: «lo único que sobrevive es la resistencia que nosotros aportemos a la vida y no la tensión que la vida nos aporta a nosotros», p. 129.

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Todos estos argumentos, me temo, tienen algo de invitación al «pensamiento positivo», a la resignación o, peor, al dolorismo, la idea de que podemos extraer del sufrimiento todo tipo de beneficios, intelectuales, morales o, más vagamente, «espirituales»[18]; y no creo ver ningún dolorismo en la actitud de Alice James, o, si lo hay, dura solo «un momento»: «me mezo un momento en la esperanza de que los resignados (…) puedan (…) no superar a Homero sino, mejor aún, tener alguna significación espiritual», p. 85; pero al rato: «Cuánto te hartas de ser “buena”, cuánto respeto sentiría por mí misma si pudiera estallar e incomodar a todo el mundo durante 24 horas; dar cuerpo al egoísmo, como dicen que [dos palabras borradas] hace. Si fuera solo voluntario y uno hiciera una elección consciente, podría enriquecer el alma un poco, pero cuando se ha vuelto simplemente automático por un sentido de conveniencia —de la grotesca futilidad de lo perverso— es degradante», p. 94. De ahí que Alice James prefiera la indiferencia de los paisajes a las atenciones de las visitas[19], que le impiden «olvidar» el dolor[20], y ante quienes puede llegar a sentirse como un «Monstruo del Barnum», p. 93 («[su] glorioso papel era representar el dolor de cabeza horrible para la humanidad», p. 77); el mismo deseo de verla «recuperada en algún momento» es una «carga que los amigos y parientes afectuosos inevitablemente imponen al inválido querido», p. 139. (Otras veces, el visitante «es tan insustancial que apenas tiene entidad para disipar la soledad», p. 55, pues ¿qué es «una tarde de charla» cuando el pensamiento, abandonado al vacío interior y exterior, puede «estirarse» exquisitamente «hasta límites cósmicos»?)

¿Entonces? Entonces no sé qué pensar de este razonamiento, pero sé que estoy leyendo[21] un libro importante (aún no lo he terminado; le estoy tan agradecido a Alice James por la frase de la p. 57 que prácticamente no he podido seguir avanzando), y en cuanto me lo acabe pienso prestárselo a todas mis visitas.

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[1] Pre-Textos / Fundación Once, edición de Leon Edel (1964), traducción de Eva Rodríguez-Halffter (2003).

[2] «Su único criterio pictórico es el número de objetos reconocibles», p. 52.

[3] «El domingo en el Paseo del Río vi a dos trabajadores, de unos treinta años, limpios, inteligentes, sobrios y serios y me moría de ganas por detenerme y preguntarles qué pensaban de las cosas en general, pero, ¡ay de mí!, yo estoy irremediablemente relegada entre los finos y los acomodados», p. 84.

[4] «… tengo que comentar, no vaya a ser que generaciones no natas me crean plagiaria, que una pequeña broma que hice sobre el cuco y los relojes me dijo Kath [una amiga divina que cuidó de ella buena parte de su vida] que estaba en el libro del doctor Holmes, Hundred Days in Europe. Jamás he visto ese libro ni he leído reseña alguna de él. Dado que las grandes cabezas reaccionan al unísono, esto demuestra de manera concluyente lo que siempre he sostenido frente a una esforzada oposición: que mi Cabeza es Grande», p. 91.

[5] «Qué lástima ocultarlo, toda persona culta que se suicida contribuye algo a disminuir la superstición», p. 81.

[6] «Dos franceses en un tranvía de caballos en Washington cuando se suben dos señoras que no encuentran asiento; dijo uno al otro: “Levons-nous, c’est noble! [¡Levantémonos, es noble!]”», p. 101.

[7] Pensemos en la fantasía común de ir a la cárcel para leer todo lo que se tiene que leer, escribir todo lo que se tiene que escribir, o pensar de una vez todos los pensamientos dejados a medias, en forma de apuntes para más adelante, cuando la vida (decimos ingenuamente) nos dé por fin un respiro.

[8] Es cierto que AJ no siempre parece tan «agradecida» por lo exiguo de su entorno perceptivo: en otros momentos, opone su «centímetro de observación» a la perspectiva «más amplia y variada de Henry [el hermano novelista]», p. 120, o se lamenta de la poca experiencia del mundo que tienen los postrados crónicos: «Es tan poco lo que he visto», p. 61, o: «¡Qué poquito voy a saber yo jamás de la vida!», p. 63.

[9] Es tal la felicidad que le dan estos paseos que AJ teme que su diario se acabe convirtiendo en un «receptáculo de débiles exclamaciones ante el paisaje» (!), p. 64.

[10] «¡Volveré a tener yo alguna risa convulsiva! ¡Ah, yo! […] He tenido tal festín durante 34 años que no puedo quejarme», p. 73. (En el recuerdo, podemos incluso «revivir» a los muertos, p. 59.)

[11] «Me recuerdo constantemente a un insecto del coral construyendo mis diversos arrecifes de teoría con microscópicas adiciones extraídas de la observación, o de mi conciencia interior, mayoritariamente», p. 145.

[12] En Estar enfermo (ed. Alba, trad. de María Tena, 2019), p. 33, Virginia Woolf habla de la «pobreza del lenguaje» para describir las enfermedades. Me pregunto si habrá idiomas en los que es más fácil comunicar el dolor (un curioso apunte de Gustav Meyrink en el cuento «El cerebro»: los pacientes franceses expresan mejor sus dolencias que los alemanes).

[13] Estar enfermo, pp. 31-32

[14] Descartes, Discurso del método, IV.

[15] «El contacto con la vida de la gran mayoría parece tener la superficie de una moneda de tres peniques», p. 94.

[16] El ideal de ser más como los demás que nadie: «Cuánto agradezco no haberme esforzado nunca por ser de esas “que no son como son los demás”, sino que descubrí desde muy temprano que mi talento radicaba en serlo aún más», p. 106.

[17] «Me pregunto si, de haber recibido alguna educación, habría sido más o menos tonta de lo que soy. Me habría privado con certeza de esos exquisitos momentos de flatulencia mental que de vez en cuando hinchan el vacío cerebral con un delicioso sentido de probabilidades latentes… de estiramiento hasta límites cósmicos, y ¿quién estaría dispuesto a renunciar a la realidad de los sueños por un conocimiento relativo?», pp. 96-97.

[18] Según Julien Teppe, autor de una Apología del Anormal o Manifiesto del Dolorismo, la obligación de retirarse de la vida activa le permite al sujeto doliente «entregarse completamente a la búsqueda de lo absoluto».

[19] «Varias personas han pasado en los últimos días a hacerme visitas, pero no las he visto. Enfrentarme al paisaje matutino me deja ya sin resistencia y después ¡una tarde de charla! tras esa divina contemplación sería un anticlímax excesivo», p. 64.

[20] «Qué lamentable cobarde parece haber sido [George Eliot] para el dolor físico, como si no fuera ya suficientemente degradante tener dolores de cabeza, sin enumerarlos por escrito uno tras otro y tener que mirarlos por siempre, vulnerando con ello la benéfica ley que estipula que el dolor físico se olvide», p. 69.

[21] Momentáneamente incapacitado yo también en mi sofá de lectura (rescatado de la calle), en el que solo leo tumbado.

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Autora: Alice James. Título: El diario de Alice James. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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