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Escribir lo vivido, de Miguel Somovilla

Escribir lo vivido, de Miguel Somovilla

Se publican en un solo volumen 350 artículos escritos por Francisco Umbral en distintas fechas (1955-2007) y en una treintena de cabeceras diferentes. La edición ha estado a cargo del periodista Miguel Somovilla, autor de un prólogo que ofrece novedades informativas sobre la vida y la obra de esta figura histórica del columnismo español del siglo XX.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas introductorias escritas por Miguel Somovilla para Escribir lo vivido, antología periodística de Francisco Umbral (1932-2007), de la Biblioteca Castro.

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Lo que queda por decir

Ante todo, columnista. Escritor de periódico en un país, España, que «pudo permitirse este lujo literario de tener a Bécquer, a Larra, a Unamuno, a Ortega, de gacetilleros». Durante medio siglo, Francisco Umbral (1932-2007), creador de un estilo propio y reconocible a primera vista, acudió diariamente al quiosco para seducir y conquistar al público con la palabra. El propósito de cualquier cronista es ese: llegar hasta un destinatario desconocido, el público, el mismo que Mariano José de Larra buscaba por las calles y fondas de Madrid para ponerle cara y «saber con quién nos las habemos». Fígaro quería descubrir si el público era una abstracción, «una palabra vana», o un «ente real y efectivo». La pregunta, tal vez retórica —pero tan válida hoy como antaño—, todavía flota en el aire: «Quién es el público y dónde se le encuentra?» (El Pobrecito hablador, 17.8.1832).

Umbral sí parecía intuir la respuesta. Contaba con una legión de lectores, unas veces favorables y otras contrarios a sus opiniones, a esos juicios suyos que mudaban según los momentos, los ánimos y las circunstancias, «siempre entre el estilismo y el terrorismo, que es como debe moverse un articulista» (Retrato de un joven malvado, 1973: 114).

De acuerdo o no con las ideas y provocaciones de Umbral, hasta sus detractores —con excepciones, claro— reconocían la calidad de su original, cautivadora y brillante prosa poética. A esos fieles seguidores mañaneros, que llegaron a ser un millón de acuerdo con los cálculos del propio Umbral, él les llamaba con apelativo cómplice «los nicotinados de la columna». Unos adictos que empezaban a leer el diario —en el metro, en la oficina, en la barra del bar, en el taller, en las aulas— por la página de su artículo. Solía ser la última, al menos en los casos de El País y El Mundo, aunque la ubicación —para disgusto del escritor— no siempre se mantuvo ahí, en esa esquina tan visible, a lo largo del tiempo.  En El Mundo, tras negociar el asunto con su director de entonces (Pedro J. Ramírez), sí logró que el emplazamiento privilegiado de la contraportada se convirtiera en definitivo para él a partir del otoño de 1993. Ya no se movió del sitio hasta su muerte, en el verano de 2007. Como es obvio, todo esto sucedía en las postrimerías de la galaxia Gutenberg, antes del auge de la era digital, sobre la que se mostraba muy cauteloso ya en el inicio de los míticos ochenta:

«Cuando ya todo sea vídeo y barbarie informática (estar informado es todo lo contrario de estar culturalizado), puede que haya hombres/columna que recuerden y reciten entera una crónica de Hemingway, de Larra, de Norman Mailer, de Baudelaire, de Tom Wolfe, de Ramón, de Ruano, de Vázquez Montalbán, de Woody Allen, de Umbral, yo qué sé» («El escritor y la rueda», Jano, Extra X aniversario, 1971-1981: 118-119).

El oficio de escribir en la prensa aún desprendía, en los albores de la carrera periodística de Umbral —años cincuenta y sesenta del siglo xx—, aromas clásicos y perfumes románticos. Humeaba el tabaco en las redacciones y se lanzaban desde las rotativas guantes dialécticos destinados a duelos imaginarios al amanecer. Miembro destacado de esa tribu, Umbral cultivó y renovó, con indudable éxito —muy pronto consiguió reconocimiento social, económico y académico— un género, el columnismo, pródigo en antecesores y maestros ilustres, como los ya citados. Les rindió honores permanentes a muchos de ellos y transformó el articulismo en un arte modelado a su imagen y semejanza:

«Para hacer un buen artículo hay que quemar un ensayo, un soneto y una noticia. Si el artículo resbala hacia el ensayo, se comprime en soneto o se queda en noticia, es un mal artículo, y la mayoría de los articulistas propenden hacia el lirismo o el ensayismo» (Retrato de un joven malvado, 1973: 112).

En sus crónicas hay fragmentos de autobiografía, toques de dandismo, hallazgo de metáforas, arrebatos líricos, crítica social y política, amor y sexo, filias y fobias artísticas: todo un abanico de pasiones más o menos intensas en función de los días. Nadie podría explicar las causas últimas de este frenesí periodístico mejor que él, capaz de hablar de sí mismo en tercera persona, como ocurre en el epílogo del que sería su último libro:

«Francisco Umbral estaba poseído por los demonios de la escritura, que no le abandonaron nunca. Había sido siempre, desde niño, un profesional de lo suyo y nunca pensó en dedicarse a otra cosa. (…) Su vida avanzaba con el mismo ritmo que su escritura» (Amado siglo xx, 2007: 293-295).

No hay inteligencia artificial capaz de superar en menos líneas este autorretrato, salvo que plagie o imite a su autor, que es lo propio de tales herramientas cuando afrontan encargos de esta índole. Aunque apenas estuvo escolarizado durante una década en el Valladolid de su infancia —a los catorce años ingresó como botones en el Banco Central—, el futuro escritor fue consciente de su talento natural desde muy joven.  Desarrolló con esmero sus cualidades y, autodidacta por necesidad, se entregó a la lectura de libros y periódicos hasta lograr su sueño: triunfar en Madrid. El suyo era, en el fondo, el mismo afán perseguido, en la centuria anterior, por el mencionado Larra, quien —ya convertido en Fígaro— pudo anunciar jubilosamente, aunque con evidente ironía, su conquista laboral y social más anhelada: ¡Oh qué placer el de ser redactor! (La Revista Española, 19.3.1833).

CRONISTA DE LO MINUTÍSIMO

Cuando alcanzó el preciado estatus de columnista e ingresó en el noble y agitado gremio de los plumillas, asociado a los cafés y al recado de escribir, Umbral defendió —y definió— con insistencia la figura del escritor perpetuo:

«La escritura perpetua supone una perpetua renuncia a la vida. Se vive para escribir lo vivido, y si esto le ocurre, en buena medida a todo escritor, en el escritor diario llega a ser monstruoso. Uno ya no sabe si vive o acumula material para escribir (mediante la necesaria crítica, naturalmente). (…) La escritura perpetua, pues, es la que incesantemente transforma la vida en texto, y el escritor que nos hace esto más visible es el cronista, hoy columnista. La escritura es perpetua o no es tal escritura. El escritor de raza está escribiendo siempre» (La escritura perpetua, 1989: 10-12).

Umbral fue partícipe de este compromiso extremo con la escritura. Entendía como perpetuo al autor dedicado en cuerpo y alma a la causa literaria en sus distintas vertientes. Él las recorrió casi todas, con más o menos convencimiento y fortuna, pese a desdeñar las divisiones marcadas por los géneros. Hizo poesía, periodismo, ensayo, novela, teatro y hasta publicidad. El resultado se plasmó en cincuenta mil artículos y ciento veinticinco libros, a tenor de sus propias cuentas (Días felices en Argüelles, 2005: 107), si bien estos datos son difíciles de afinar con precisión, dada la diversidad de sus publicaciones, muchas de ellas dispersas y olvidadas en las hemerotecas. Sin entrar en eso que los periodistas llamamos «guerra de cifras», hay quienes rebajan los artículos a treinta mil y los libros a ciento quince. Quien más subió la apuesta del número de columnas escritas por Umbral fue Raúl del Pozo: «un millón». La amistad y la admiración generan hipérboles entrañables.

En un recuento provisional, Bénédicte de Buron-Brun —hispanista francesa que ha dedicado gran parte de su vida académica al estudio de la obra de Umbral— ha localizado colaboraciones suyas en al menos ciento cuarenta cabeceras distintas. Descubrirá más. Él mismo ha contado —tal vez sea una de sus boutades— que, cuando veía en el quiosco una revista en la que nunca había colaborado, le mandaba al día siguiente un artículo a su director.

En contra de lo que pueda parecer, el escritor perpetuo proclamado por Umbral no es necesariamente un grafómano. El primero «escribe siempre, incluso cuando no escribe: sobre todo cuando no escribe», mientras que el segundo, el grafómano, se limita a llenar páginas con destino incierto, solo para dar rienda suelta a una manía casi patológica. Es la diferencia entre el profesional y el amateur o el diletante, según el credo umbraliano: «El dinero de la literatura es la única ratificación cierta (ni premios, ni críticos, ni coñas) de que a uno lo aceptan. A los escritores millonarios, a los escritores de domingo, a los escritores con primera o segunda profesión, se les nota en seguida que son de Aduanas, por muy bien que lo hagan» (El País, 11.8.1986). En su caso, los premios Cervantes (2000) y Príncipe de Asturias (1996) coronaron, entre otros galardones, esa fructífera carrera como autor.

También ejerció como «cronista de lo minutísimo», expresión arcaizante que, además de certera, es —al igual que el concepto de escritura perpetua— inequívocamente suya. Siempre tuvo tendencia a hacer de la anécdota categoría, a dar más valor a la letra pequeña de las historias que a los grandes titulares. Si Gustave Flaubert no había reparado en el color ni en la textura de las ligas de Emma Bovary, aquí estaba Umbral para advertirnos —en uno de sus habituales juegos y juicios literarios— del olvido del maestro. El narrador francés había cuidado el detalle «y la minucia como realidad última de la novela», pero de aquella prenda femenina, tan asociada al erotismo de su tiempo, ni una palabra. Umbral no tenía la respuesta, pero sí se planteaba la pregunta: ¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary? (2003: 45).

A los jóvenes de entonces que acudían a pedirle consejo o ayuda, desde el hoy veterano Ángel Antonio Herrera hasta el prematuramente fallecido David Gistau, Umbral les daba la misma recomendación: «David, deja ya de viajar, trabájate Madrid y busca un periódico al que pertenecer. Porque el escritor que no tiene un periódico detrás es como si no existiese» (El Mundo, 29.8.2007). Hemos citado como ejemplo a dos colegas hacia los que Umbral sintió auténtico aprecio personal y profesional, pero fueron decenas los que se acercaron a él con inquietudes similares y siempre les sugirió buscar ese apoyo protector.

Umbral se aplicó a sí mismo esa doctrina: toda su carrera está hecha a la sombra y al amparo de alguna cabecera periodística. El Norte de Castilla fue el primer diario que le dio cobijo empresarial de forma continuada, entre 1957 y 1969. Desde que asumió como inevitable su condición de periodista a tiempo completo supo también que existían limitaciones prácticas, como la dificultad de vivir del verso, su vocación primera. Las servidumbres con la prensa del escritor perpetuo —que Umbral nunca vivió como exigencias penosas como le ocurría a Álvaro Cunqueiro— las recordaba, en el verano escurialense de 1991, el poeta y académico Pere Gimferrer (Barcelona, 1945):

«El problema de Umbral, ante su carrera literaria, no es al cabo muy distinto al que tenía Josep Pla. Son personas que deciden que solo desean escribir. En nuestro tiempo no hay mecenazgo relevante: desear solo escribir significa, en primera instancia, escribir en los periódicos. Y el problema de Umbral —que no es un problema, como no lo era para Pla— es escribir en un habla personal sin dejar de escribir en los periódicos» (Ínsula, 1995: 1).

Pere Gimferrer —partidario incluso de acometer «una ordenación conjunta de toda la obra de Umbral», como se hizo en su día con la de Josep Pla— considera que sus trabajos literarios, al margen de la procedencia de cada uno de ellos, constituyen «una obra global, que dura toda una vida». Umbral, a juicio de Gimferrer, es autor de «un solo libro, y de envergadura muy considerable, por cierto: un cuadro de la España de nuestro tiempo, que por su inventiva estilística se sitúa en la estela de Valle y de Cela» (Ínsula, 1995: 2).

El también académico Francisco Rico (1942-2024), reputado editor de los clásicos castellanos —y «especialista en Petrarca y el temprano humanismo en Italia y en España», como a él le gustaba presentarse— hizo algunas consideraciones sobre la escritura de Umbral que bien merecen destacarse en este preámbulo. Las opiniones del profesor Rico, poco dado a las alabanzas gratuitas, proceden precisamente de un prólogo suyo, escrito en italiano para un interesante libro de Marco Ottaiano (El tiempo parado, 2019: 11-13), inédito hasta ahora en español:

«Siento el deber de subrayar inmediatamente un aspecto, el rasgo que más admiro de su trabajo de escritor: Umbral escribía con toda la lengua española, no solo con el registro culto (a la italiana) o con el coloquial, popular o vulgar, sino recurriendo a cada uno de ellos y puntualizando cada tema que tocaba con la perspectiva que ofrecía cada uno. Su prosa, en esta plenitud lingüística, no tiene rival hoy en día. (…) La belleza objetiva de la prosa umbraliana no solo atraviesa esos textos de mayor naturaleza ficticia [sus libros], sino también los diarios, las biografías, los ensayos costumbristas e incluso sus (…) artículos que a través de decenios no han perdido ni una sola vez el gran esmero estilístico y la total libertad de su mirada. Dicha lectura cotidiana era para millones de españoles una cita imprescindible, capaz, siempre, de generar las reflexiones más estimulantes».

El fruto de esa labor titánica en la prensa, como adelantábamos unas líneas más arriba, está plasmado en los cincuenta mil artículos —el cálculo, como decíamos, es suyo: mil al año— publicados por Umbral en diarios y revistas —o emitidos en la radio— entre 1955 y 2007. De esa ingente hemeroteca salen los trescientos cincuenta textos reunidos en esta antología de la Biblioteca Castro, la más numerosa aparecida hasta la fecha y también la más representativa en el tiempo porque incluye, en un solo volumen, crónicas de las diferentes etapas de su trayectoria: cincuenta y dos años de columnismo. Desoyendo por esta vez el consejo de Umbral —«no me gusta llenar los comentarios de cifras»—, sí les queremos ofrecer al menos un dato más: de las trescientos cincuenta crónicas seleccionadas aquí, trescientas cuatro son inéditas en libro. No salieron antes en ninguno de los más de treinta volúmenes dedicados hasta ahora a su obra periodística, publicados entre 1972 (Amar en Madrid, Planeta) y 2025 (Yo, Umbral y El corazón y la luna, ambos en Renacimiento). Sobre los criterios selectivos y otros detalles relacionados con esta edición, nos ocuparemos a lo largo de este atrio, por decirlo —para compensar la anterior retahíla de números— con una voz —atrio— que Umbral, en sus distingos de palabras bonitas y feas, le parecía un término más sugerente que prólogo, sin duda un vocablo más convencional.

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Autor: Francisco Umbral y Miguel Somovilla. Título: Escribir lo vivido: Artículos periodísticos (1955-2007). Editorial: Biblioteca Castro. Venta: Todostuslibros.

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