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Escribir por la mañana, planchar pijamas por la tarde

Escribir por la mañana, planchar pijamas por la tarde

Era un día de primavera entre semana, no habían dado ni las seis en mi reloj del sueño cuando, de repente, me desperté porque había llegado a mí una idea. Me senté en el salón del piso que por ese entonces compartía en Chamberí, abrí el ordenador y tecleé las imágenes que ya deambulaban por mi cabeza. Paré a las seis páginas, cuando entraba el primer rayo de sol y pensé: ¿así llega una primera novela? Proyecté la imagen de una virgen con aureola y en ese círculo dorado estaban colocados varios de los personajes y sus conflictos. Tal vez ahora es el momento de pensar que esta autora novel es muy religiosa, fan de vírgenes o que tiene visiones. No a las dos primeras, a la tercera no le haré un feo. La potencia de las imágenes ha sido el motor de la escritura de Una mujer con la cuna fracturada.

Desde ese día empecé a llevar la historia de Isabela, la protagonista, conmigo. Por la calle, en casa, en el cine, en el mercado, en la ducha, en el metro, en la discoteca… En todos esos lugares iba barajando, sin cesar, los personajes, sus conflictos, sus sensaciones y sus contextos. Esta mezcolanza era cada día la precuela de lo que luego era el ritual de sentarme y escribir. Cada día cuando me ponía en el escritorio sabía que las ideas ya estaban presentes. Cuando llegaban al papel, en este caso la hoja digital, a reposar o a saltar como si las estuviera friendo, solo tenía que expresarlas en palabras escritas. Digo «solo» no porque fuera una tarea fácil, sino porque era mi modo de confiar en que ya estaba todo ahí y que lo único que tenía que seguir haciendo era escribir y escribir para que se compusiera la historia en su totalidad.

"Tal vez ahora es el momento de pensar que esta autora novel es muy religiosa, fan de vírgenes o que tiene visiones"

El día después de haber terminado el segundo capítulo fui a una boda, y en un momento del cóctel, cuando la mayoría de gente estaba en círculos, vi a una pareja que tomaba tranquilamente una copita de champagne. Me llamaron la atención, parecían interesantes, así que sin duda alguna, me acerqué a ellos y les saludé. Me preguntaron si también era actriz, ya que había mucha gente de la industria del cine, y no sé por qué, pero la frase que me salió de la boca fue:

—Sí, soy actriz, pero he empezado a escribir mi primera novela.

Ambos se miraron como si de una sorpresa agradable se tratase.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué va?

Les conté la trama y los personajes un poco por encima.

—¡Qué interesante! —me dijo ella.

A lo cual le respondí:

—¿Te gusta leer?

A lo cual reaccionaron, primero mirándose y luego riéndose de un modo irremediable.

—Sí, mucho…

—Bueno, yo me llamo Marta Vives.

—Un placer, yo soy Palmira Márquez, y él mi marido Miguel Munárriz.

"Le entregué unas diez páginas. No le extrañó el modo en que se las presenté; me alegré. Me preguntó si me importaba si las leía en ese momento"

Ahí mi cabeza tuvo un pequeño cortocircuito de conexiones, las cuales se remontaron justo a la semana anterior, cuando yo, como autora novel, había creído conveniente adentrarme más en la industria de la literatura, y una de las informaciones que busqué fue cuáles eran los principales agentes literarios de España. En esa boda donde todos seguían en círculos menos nosotros tres, sus dos nombres volvieron a resonar en mi cabeza. Y de repente, proyecté esos apellidos en la tipografía de una página web junto a Agencia Literaria Dos Passos.

—Esperad. ¿Sois los de Dos Passos?

—Sí —otra risa irremediable—, ¿nos conoces?

Y ahí les conté lo que vosotros ahora ya sabéis.

Pensé que ese encuentro que acabó con Palmira diciendo que realmente le gustaría saber más de mi novela y que me iba a llamar quedaría en eso. Sin embargo, a las dos semanas me había citado en el bar de un hotel en Barquillo. Yo me pregunté: como actriz enseño mi videobook, pero como autora, ¿le mando un PDF con un capítulo? ¿Le imprimo las páginas y las pongo en una de esas carpetas de plástico? ¿Qué se hace? ¿Qué hago?

Le entregué unas diez páginas. No le extrañó el modo en que se las presenté; me alegré. Me preguntó si me importaba si las leía en ese momento. Pensé que nada podía salir mal: si no le gustaba demasiado quizás me ayudaría a mejorar. Mientras ella devoraba esas hojas, observé sus características gafas, que me hicieron pensar en la de libros que ya habían absorbido, y cuando levantó la cara me preguntó directamente:

—¿A qué edad empezaste a escribir?

—A los nueve.

—¡Se nota! Tienes voz propia, y eso me gusta. ¿Qué quieres hacer con la novela?

—Es una historia que me gustaría escribir antes de los treinta…

—¿Y cuándo los cumples?

—El 4 de agosto.

Otra sonrisa irremediable y una mano extendida para que yo la encajase (mientras escribo esto en un avión de vuelta de Milán con mascarilla y nadie a mi lado, pienso que ese encaje de manos hoy en día no hubiera sucedido).

Le encajo la mano sin entender muy bien qué le decía mi fecha de nacimiento.

—Querida, yo también soy del 4 de agosto.

Desde ese momento llegamos a un pacto. Yo escribiría toda la novela, se la podría enseñar y ella me daría notas, pero en ningún caso alteraría mi voz.

—Una vez esté acabada, veremos. Pero tú ahora escribe, tardes lo que tardes, hasta que la termines. Y lee, lee mucho.

"Antes de esta novela siempre había escrito, pero con la diferencia de que solo lo hacía cuando me apetecía, de forma entrecortada y tonteando con ese fantasma seductor llamado inspiración"

Y así lo hice. La escribí en Madrid cada tarde mientras por la mañana trabajaba en una tienda doblando sábanas, manteles y asegurándome de que hubiera doce cubiertos por modelo. La escribí en Barcelona mientras por la tarde doblaba braguitas, planchaba pijamas y esperaba mi día libre para no ver más sujetadores que se caían de miniperchas demoníacas. La escribí, desde el inicio, llevándola constantemente conmigo y siendo consciente de que estaba aprendiendo algo nuevo, y eso era el oficio de escribir.

Antes de esta novela siempre había escrito, pero con la diferencia de que solo lo hacía cuando me apetecía, de forma entrecortada y tonteando con ese fantasma seductor llamado inspiración. Después de Una mujer con la cuna fracturada sigo teniendo visiones —ya nunca más han sido vírgenes con aureola—, pero me aseguro de tenerlas en cuenta a la primera y escribirlas todas, ya sea en novela o en guion.

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Autora: Marta Vives. Título: Una mujer con la cuna fracturada. Editorial: Tres Hermanas. Venta: Todostuslibros y Amazon

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