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Esto es solo otra historia de amor

Ilustración: Juan Carlos Viéitez.

¿Será eso, la adultez? ¿Que se muera tu abuela y que no existan los Reyes Magos?

Miras a la abuela pelar patatas y tú también quieres, así que le pides que te de una olla y comida, así te sientes como ella. Es en ese momento, mientras tú mezclas garbanzos y patatas en un cacito, cuando a tu abuela se le cae un vaso sobre tu dedo. De repente, sin darte cuenta, una raja atraviesa el dedo corazón y la sangre mancha las patatas. La abuela está llorando y llama a gritos al abuelo, tú ni te mueves porque el miedo a empeorar el llanto de la abuela te impide notar siquiera el dolor.

Es el abuelo el que mantiene la calma y te limpia el dedo con esas manos tan ásperas y llenas de tierra. La abuela se quita las gafas y se limpia las lágrimas con la esquinita del delantal. Dentro de unos años, cuando tú te seques los ojos con la esquina de un jersey, no podrás evitar recordarla, sonriendo a medias porque ya ha comprobado que estás bien. Pero eso será dentro de unos cuantos años, cuando te veas aferrándote a cada recuerdo para evitar olvidarla.

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Nunca he tenido una amiga invisible, ¿será que tengo poca imaginación? A veces creo que si hubiera tenido una cuando era pequeña la habría llamado Eva o Alicia. Qué poco original, nunca habría tenido a alguien con un nombre tan genial como el de Belaundia Fu, la amiga invisible de Marta, la protagonista de Los nombres propios. Pero el caso es que Belaundia existe, aquí sí, y cuida a Marta.

Marta —pero esta vez hablo de Marta Jiménez Serrano, escritora— coge la vida de la otra Marta —la niña que es amiga de Belaundia— y la estira a lo largo de todo este libro. Estira cada recuerdo, cada ruptura, cada golpe, cada noche de reyes magos, cada conversación con la abuela. Y de tanto estirar consigue esto: un retrato en el que algunas, aunque sea sin amigas invisibles, podamos reconocernos. Como si esto fuera un lago, he alargado la mano y me he hundido en este agua, hasta el fondo.

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Vas a aprender lo que es el amor muy pronto aunque, como Marta, tardarás bastante en entenderlo. Pero al final te darás cuenta: era eso, estar las dos en la misma habitación, ella sentada en la silla pequeña, con las gafas de cerca cayendo hacia la punta de la nariz, el dedal brillando en el dedo y la tela sujeta entre las manos; y tú ahí, mirándola desde la cama porque no te duermes, porque no tienes sueño, porque hay cancanicas en el techo y te da miedo, porque quieres hundir los dedos en la tierra recién regada. Eso es el amor: compartir un espacio haciendo cosas distintas. […] dos soledades en un mismo espacio.

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El problema de hundirse en el lago que es este libro es que probablemente no puedas salir ilesa. ¿Cómo evitar el daño de aquello que te interpela tan directamente y te araña? No lo sé y tampoco pretendo descubrirlo. Pero lo que sí sé es que este libro habla del amor, de cómo aprendemos a amar desde que somos pequeñitas y ni siquiera sabemos en qué consiste, pasando por la primera pareja —y la primera ruptura y todas las que vendrán después—, por las amigas y los padres, las madres, las abuelas, las hermanas. Porque este libro es una forma de aprender a renombrar todo ese amor, porque como dice Marta: vas a entender lo que es el amor y vas a necesitar, entonces, palabras nuevas. Palabras distintas de las que se han venido utilizando en la historia universal para nombrar todas esas cosas que te han pasado —que te van a pasar— y que responden, no cabe duda, a palabras distintas. Sabrás, por eso, que entiendes lo que es el amor y que al mismo tiempo volverás a entenderlo tantas otras veces, que constantemente necesitarás palabras nuevas para nombrar lo que quiera que sea que te pasa […]. Tú buscarás. Renombrarás las veces que haga falta.

Todas las formas de amar están aquí, todas las transformaciones que sufren esos amores están aquí: la madre y el padre adorados en la infancia y caídos en desgracia durante la adolescencia hasta que creces y entiendes, perdonas, te apiadas; el primer amor, el primer desengaño, el primer corazón roto y, al final, que solo te quede la ternura y saber que de aquello queda lo que ahora eres; a la abuela, que un día no fue tu abuela, se la quiere desde que tienes conciencia hasta que un día entiendes que detrás de tu abuela hay una mujer, una persona, y entonces la quieres aún más, por partida doble.

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Ahora ya no hay barro ni pasas el verano en el campo, ahora conoces la ansiedad y te ahoga la incertidumbre. Ahora la abuela no llora, tampoco se ríe. En estos momentos te frustra haber olvidado cómo era la risa de la abuela pero un día, en unos años, recuperarás nítida y claramente la imagen de ella riendo y casi será como escucharla.

Pero ahora, justo ahora, te niegas a aceptar que esa persona ausente es tu abuela. Te convences día a día de que es un mal sueño porque a ella no le puede pasar esto. Y ya lo sabes, que querer implica cuidar, esto lo aprendes de ella, y tú la quieres y la cuidas lo mejor y lo más torpemente que puedes —y la realidad es que tú todavía no sabes nada.

Es ahora cuando vas a aprender a rascarle momentos al tiempo, que de repente pasa tan rápido que se os escurre, se acaba. Explotas cada posibilidad, cada resquicio para hacerla sonreír, para volver a escucharla.

—Abuela, ¿tú me quieres? —se lo preguntas mientras le das de comer, mientras sostienes la cuchara, a la espera.

—Mucho.

Sabes que lo dice porque quiere que le des de comer, porque algo le indica que es la respuesta correcta. Pero da igual, a ti te vale, le has robado una palabra, un momento más.

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A lo mejor a veces hay que llamar amor al amor. Eso ha hecho Marta.

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Autor: Marta Jiménez Serrano. Título: Los nombres propios. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todos tus libros.

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