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Etiquetas

Estoy seguro (aunque me resisto a buscarlo en Google) que hay una explicación antropológica, psicológica o tal vez sociológica a por qué las personas sentimos la necesidad de etiquetarlo todo. Presumimos de vivir en la era del mestizaje, de la transversalidad, de la fusión, de la superación de los estereotipos… Patrañas. Ante cualquier novedad, nuestro primer impulso es acotarla, encajonarla, enfrascarla con cualquier etiqueta. Lo que no somos capaces de clasificar nos genera una inquietud inconfesable, un vértigo emocional o intelectual ante el que corremos a buscar el tranquilizador territorio seguro de la etiqueta.

"Te estrechas la mano o chocas los codos o lo que demonios se haga ahora y tu cerebro ya ha empezado a llenar de post-its la cara que tienes enfrente"

Y ese afán etiquetador es válido para cualquier cosa que uno quiera imaginar: la personalidad, las relaciones de pareja, la orientación sexual, la clase social, la tendencia política, la ética o la estética, lo que sea. Conoces a alguien y tardas apenas unas frases en sepultarle bajo etiquetas que luego, además, te costará un ímprobo esfuerzo eliminar o sustituir, porque nada hay más difícil que deshacer las etiquetas, ya sean las que ponemos o las que soportamos. Te estrechas la mano o chocas los codos o lo que demonios se haga ahora y tu cerebro ya ha empezado a llenar de post-its la cara que tienes enfrente: «simpático, algo engreído, soltero, hetero, burguesito, viejuno, neoliberal de manual…». Todo lo que se resista a encajar en las categorías en que ordenamos nuestros gustos y disgustos nos produce un rechazo reflejo. Y eso vale para todo. Pediremos el cese del entrenador de fútbol que un domingo pruebe a poner de extremo derecho al lateral interior zurdo. Desconfiaremos del restaurante italiano que entre penne y tagliatelle se atreva a incluir en la carta chili crab o unos tacos al pastor. Nunca podrá gustarnos que Bob Dylan se arranque por sevillanas o que Los Planetas prueben con el jazz. Difícilmente nos caerá bien la chica revolucionaria del barrio de Salamanca o el pijo salido de San Blas. Ni hablar. No nos gusta que nos obliguen a arriesgar, que nos desmoronen nuestros prejuicios, que nos hagan salir de esa zona de confort que son las etiquetas. Y esto se hace especialmente patente en la cultura. Necesitamos encajar libros, cuadros, esculturas, canciones, lo que sea, en estilos, escuelas, corrientes y tendencias, como paso previo a entenderlos o disfrutarlos. Los versos sueltos nos inquietan. Las revoluciones, despacito, por favor.

He vivido en mis carnes últimamente la frustración de esas ataduras. Hay dos preguntas que te hacen de manera recurrente cuando alguien sabe que estás escribiendo una nueva novela, a cual más incómoda. La primera es «¿y de qué trata?», una pregunta inofensiva pero, al menos para mí, la que más me puede frustrar como escritor. Resumir en unas pocas frases lo que tú consideras, en tu infinita vanidad de autor, una historia llena de matices, tramas y subtramas, derivaciones y simbolismos, quiebros estilísticos y sabe Dios que más, es algo asfixiante. La segunda es la petición de que etiquetes con un género tu novela. Si la última que escribiste fue un thriller, como es mi caso, quien pregunta quedará aturdido si a su «pues otro thriller, ¿no?» contestas con un inesperado «pues no». Y a ti se te pondrá cara de bobo al no tener un género literario que ofrecer a cambio, como compensación a tu osadía de querer liberarte de etiquetas.

"Deberíamos ir todos pensándonos si no somos demasiado perezosos, o incluso cobardes, como para no arriesgarnos a conocer personas, leer libros, elegir comida que escapen de las malditas etiquetas"

He intentado rebelarme a esas dos preguntas. Inútil. En todos los que me las han hecho he visto expresiones de decepción o desconcierto cuando no he sabido dar una contestación precisa a ninguna de las dos. Al final, me he refugiado en una respuesta más tonta que rebelde, que al fin y al cabo no es sino la rendición a la necesidad de ofrecer una etiqueta: mi novela es del género «amigos para siempre», suelo contestar, con una mezcla de cínica autosuficiencia, ingenio fallido y petición de perdón. Pero el desconcierto continúa. Con esa respuesta, pocos meten mi novela en el mismo cajón que grandes libros de Nickolas Butler, Laurie Colwin, Eshkol Nevo o el mismísimo David Trueba o de pelis que amo de Lawrence Kasdan o Kenneth Branagh, como yo desearía. En lugar de ello, resulta inquietante cuando algún amigo de esos que saben de todo, con su mejor intención, te dice: «A los lectores les costará interesarse por una novela que no pueda etiquetarse en alguno de los géneros tradicionales». Vaya por dios.

Pero yo, aún así, me aferro a ese «amigos para siempre» con que he bautizado lo que a mi juicio es todo un género a reivindicar y que, al menos, me da para salir del paso ante dos preguntas que se me da fatal contestar. Y quizá deberíamos ir todos pensándonos si no somos demasiado perezosos, acomodaticios, aburridos o incluso cobardes como para no arriesgarnos a conocer personas, leer libros, elegir comida, escuchar canciones o ponernos ropa que escapen de las malditas etiquetas, y así darnos el gusto de hacer pensar a los demás: ¿pero qué está haciendo este tarado?

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