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Karina Sainz Borgo y Enrique Vila-Matas. Foto: Jeosm

Zenda da la bienvenida a un nuevo colaborador, el periodista y escritor Álvaro Colomer, que inaugura sección. En “Aprende a escribir con…” hablará con los mejores autores y abrirá los cajones de sus escritorios para desvelar sus manías y enseñarnos sus métodos de trabajo. El primero de ellos es Enrique Vila-Matas.

Enrique Vila-Matas tiene dos trucos para vencer el miedo a la página en blanco: el “Hemingway” y el “Bioy Casares”. El primero consiste en escribir a diario, sin saltarse un solo día, con una disciplina más férrea que el raíl de un tren. Lo llama “truco Hemingway” porque en 1958, cuando George Plimpton entrevistó al autor de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas para la revista Paris Review, y en concreto cuando se interesó por sus hábitos de trabajo, el estadounidense respondió que siempre terminaba su jornada laboral en el momento exacto en el que sabía qué ocurriría en la siguiente escena. Hemingway se iba a dormir con la seguridad de que al día siguiente tendría algo que contar, y tan pronto como se levantaba se ponía frente a la máquina de escribir y aporreaba las teclas casi sin pensar.

Y es que, según Vila-Matas, la continuidad es requisito imprescindible para terminar una novela. Pero, si aun así uno se queda bloqueado, siempre queda el “truco Bioy Casares”. El argentino dijo en cierta ocasión que la inteligencia era el arte de encontrar un agujerito por el que salir de la situación que nos tiene atrapados. Así pues, para sortear uno de esos callejones sin salida que a menudo interrumpen las historias, el escritor tiene que buscar dicho «agujerito» y, cuando al fin lo encuentra, volver sobre el teclado con tanta furia que acaben doliéndole las yemas de los dedos. Ahora bien, para conseguir esto, primero hay entrenar la mirada. Conseguir, por así decirlo, una mirada de escritor. Y el resto ya viene solo.

"Vila-Matas confiesa que si un día no escribe, al anochecer se siente estúpido"

Vila-Matas confiesa que si un día no escribe, al anochecer se siente estúpido. Su obsesión por la continuidad llega a tal extremo que cuando no cumple con su deber, se odia a sí mismo. Eso proviene de su etapa de estudiante. En concreto, de aquella época en que despertaba empapado en sudor tras haber soñado que suspendía un examen. Ese miedo al fracaso, a dejar las cosas a medias, a no superar los obstáculos, se le quedó enganchado al alma y, ahora que ya es adulto, sigue sin hacer pellas porque, básicamente, le horroriza la posibilidad de convertirse en el tonto de la clase.

De manera que cada mañana, después de desayunar, se sienta en su escritorio. Lo hace a las 8:30 y no se levanta hasta las 14:30. Bueno, sí que se levanta, pero sólo para rellenar su taza de café. Vila-Matas bebe en la actualidad tanto café como alcohol en el pasado. En aquel tiempo no se ponía a escribir hasta bien entrada la tarde, entre otras cosas porque las resacas eran tan salvajes que se veía incapaz de atinar una frase entera. Sin embargo, y según recuerda, en cierto momento del día, normalmente antes de comer, el dolor de cabeza se disipaba y afloraba de su interior una euforia que le empujaba a escribir de un modo desenfrenado. Esos momentos, dice con una sonrisa malévola, eran maravillosos.

Pero todo eso quedó atrás, en la etapa anterior al colapso que lo llevó al hospital, y ahora es un hombre que se levanta temprano, carga la cafetera y se pone a teclear. Porque es la cafeína lo que hoy le pone eufórico. Hay un momento en que su cerebro alcanza tal grado de excitación que le parece que todo lo que está escribiendo es magnífico. Y ya sabemos lo que ocurre cuando uno tiene seguridad en sí mismo: que su trabajo acaba siendo bueno. Pero ojo, el narrador barcelonés guarda otro as en la manga: si no consigue el estado mental que necesita, lo busca en Spotify. Ha creado unas cincuenta listas de canciones que evocan los diferentes ánimos que suelen dominar a un escritor, y solo tiene que darle al play en la opción precisa para lanzarse sobre el teclado.

"Antiguamente, su esposa, Paula Massot, leía los manuscritos tan pronto como los terminaba y, si daba su visto bueno, Vila-Matas se los enviaba a Jorge Herralde"

Así escribe Vila-Matas: con ordenador e impresora. Gasta cartuchos de tinta sin parar, porque imprime cada folio decenas de veces, a veces hasta un centenar, y corrige a mano todo lo que no le gusta. Luego incorpora los cambios al procesador de textos, y vuelta a empezar con el proceso. Repite tantas veces esta operación que, según afirma, a veces tiene la sensación de que no es un escritor, sino un pintor que pone tantas capas sobre el lienzo que al final apenas se detecta una pincelada del boceto original. Es su método y le funciona. Por supuesto que le funciona. Ha publicado algunas de las novelas más aplaudidas de la literatura nacional e internacional, y a estas alturas de su vida ni siquiera necesita un lector cero para saber que ha hecho bien su trabajo.

Antiguamente, su esposa, Paula Massot, leía los manuscritos tan pronto como los terminaba y, si daba su visto bueno, Vila-Matas se los enviaba a Jorge Herralde. El editor de Anagrama guardaba silencio durante unos días, tal vez incluso alargaba la espera para despertar la inquietud de su autor, hasta que un día le telefoneaba y le decía: “La crítica te adorará, pero no venderemos nada”. Esta frase indicaba que todo estaba en orden, que Vila-Matas había conseguido lo que se había propuesto, que había dado otro paso hacia la excelencia. Sin embargo, ya no necesita que nadie lea sus novelas. Porque el auténtico escritor sabe si lo que ha escrito es bueno o malo. O al menos eso opina el barcelonés del abrigo estilo Pessoa.

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El último libro de Enrique Vila-Matas es Esa bruma insensata (Seix Barral).

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