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Europa es un nombre de mujer

Hoy el cielo parece más brillante ¿verdad? Pensamos que siempre ha sido así, que las constelaciones siempre han estado ahí, centelleando, suspendidas en la nada del universo. Sin embargo, hubo un tiempo en que la noche lucía más oscura, más tenebrosa y desapacible. Fue hace millones de años, cuando todavía los dioses no dejaban por escrito en el firmamento sus recuerdos pintados con polvo de estrella. Mi historia es la historia de una constelación, de un signo zodiacal y de un continente. Sí, todavía hoy puedes contemplar mi mito, mirando al cielo en las gélidas noches de invierno y evocar mi nombre cada vez que nombras a Europa…

Siempre fui una niña muy curiosa. Mi sangre es una mezcla de esencias, un perfecto equilibrio de razas. Yo soy tataranieta de una mujer argiva, una mujer sufridora, valiente y orgullosa, Ío se llamaba —de ella mi padre Agenor, rey de la tierra de Tiro, me habló muchas veces—. Yo he heredado de mi padre un cuarto de sangre griega, otro cuarto egipcia, otro cuarto semidivina y de mi madre, Telefasa, otro cuarto de la sangre de mi tierra, la próspera Sidón. Soy hija de Tiro, una tierra fértil, perfumada por el olor del cedro que exhalan sus escasos bosques y de la sal de su mar y pintada con la púrpura que mi pueblo inventó. Desde pequeña mostré una mente ágil e inclinada al refinamiento. Ya de niña me conmovía la pintura de los vasos con los que adornábamos nuestras mesas, las historias, cantadas por aedos a sueldo, los dibujos, que tímidamente emergían en las paredes de nuestro palacio, los mosaicos que empezaban a recubrir los suelos y las columnas que sujetaban el techo que me protegió durante casi dieciséis años.

"Mis ilusiones se vieron truncadas una bonita mañana de abril, en la que yo, como muchas otras mañanas, salí a pasear por la playa con las doncellas de palacio"

Debido a mis raíces multiculturales, mi apariencia es exótica y diferente, mi piel siempre ha sido dorada, mis ojos verdes, mi pelo azabache y ondulado y mi figura esbelta, aún la conservo, aunque desde aquello que cambió el rumbo de mi vida han pasado ya mucho años. En mi mente infantil creía que algún día me casaría y podría ser reina de mi pueblo, pues en contra de lo que pasa en estos lugares en los que ahora habito, allí en mi tierra, las mujeres siempre han podido y podrán ser reinas. Y ése era el futuro que me deparaba a mí misma, pasar por delante de mis tres hermanos, Cadmo, Félix y Cilix, y convertirme en la soberana de Tiro, pero el destino y los dioses —sobre todo uno— descuartizaron mis planes engendrados a golpe de ilusión.

Mis ilusiones se vieron truncadas una bonita mañana de abril, en la que yo, como muchas otras mañanas, salí a pasear por la playa con las doncellas de palacio. Conocedora de lo que le había ocurrido a mi antepasada Ío con Zeus, no pensaba que mi familia o yo pudiéramos volver a ser objeto de su codicia y su deseo. Pero así fue.

"Comencé a acariciar aquella nube blanca y sedosa, me acerqué a él, noté su calor, escuché los latidos de su corazón, mientras con leves movimientos de cabeza me invitaba a subirme en él"

Zeus llevaba un tiempo vigilándome y se había dado cuenta de mi afición a pasear por la playa, así que aquella mañana mandó a Hermes que paciese una vacada y la llevase hacia aquel lugar que yo frecuentaba. Zeus se instaló entre aquellos animales adoptando la figura de un toro. Aquél era el animal más hermoso que yo había visto en mi vida. Todavía recuerdo su piel blanca e inmaculada, su pelaje suave, que al tacto parecía como si acariciaras una nube, sus patas fuertes y musculosas, su cerviz acachada, sus ojos almendrados y de un marrón intenso y aquellas pestañas largas que conferían a su mirada de una ternura inusitada. Sus cuernos adornaban su testuz, pequeños, níveos, como una luna creciente y resplandeciente. Y lo más extraordinario de todo, su mansedumbre. Aquel toro se movía con sensualidad armoniosa y pacíficamente. Mi inclinación natural hacia todo lo que me parecía bello y conmovía mi sensibilidad hizo el resto: caí rendida de amor por él.

Se acercó a mí, se colocó en mis pies desnudos y allí se hizo un ovillito, dando unos ásperos lengüetazos a mis piernas, como si me hiciera caricias con aquella lengua rasposa y húmeda, cosa que no me molestaba, más al contrario, me agradaba bastante. Así que comencé a acariciar aquella nube blanca y sedosa, me acerqué a él, noté su calor, escuché los latidos de su corazón, mientras con leves movimientos de cabeza me invitaba a subirme en él. La verdad es que no lo pensé, no podía ver la verdadera razón de todo aquello, así que decidí subirme a su grupa. ¡Era algo extraordinario!

—¡Mirad, chicas, mirad! Europa se ha subido a lomos del toro blanco.

—¡Qué maravilla!

— Europa, espoléalo, a ver si camina —gritó una de las doncellas que me acompañaba.

"El miedo se apoderó de mí cuando las azuladas y gélidas olas del mar llegaron a mis rodillas. Era evidente: mi tierra se alejaba ante mi visión, había sido raptada por aquel animal, me llevaba a algún sitio alejado de los míos"

Estaban todas absortas, maravilladas ante aquel prodigio: yo, una mujer, subida a lomos de tan portentoso animal. Hice caso a aquellas, lo espoleé y aquel emprendió la marcha, parecía flotar por la dorada y densa arena, yo me encontraba segura, confiada y sobre todo me sentía importante. Volví a espolearlo suavemente y ante aquella mínima presión que ejercieron mis muslos semidesnudos sobre su lomo, el toro salió corriendo cual corcel, se volvió bravío y dirigió su rumbo hacia el desbocado mar.

—Europa, ¡qué haces! ¡A dónde vas! ¡Vuelve! —gritaban mis amigas desde la playa, sin darse cuenta de que no era yo la que gobernaba a aquél, sino que era la bestia la que había tomado el mando.

El miedo se apoderó de mí cuando las azuladas y gélidas olas del mar llegaron a mis rodillas. Era evidente: mi tierra se alejaba ante mi visión, había sido raptada por aquel animal, me llevaba a algún sitio alejado de los míos. Me agarraré fuertemente a su cerviz y la negra noche cayó sobre mis ojos. Cuando volví en mí, el toro había desaparecido y una resplandeciente figura humana, etérea, luminosa, incandescente, me poseía. Yo intentaba zafarme de aquella violación, pero no pude. Estaba sobre mí, no me sujetaba, pero mi cuerpo no respondía a lo que mi cerebro ordenaba. Solo recuerdo el sudor, los jadeos, mi rigidez y aquella imagen balanceándose sobre mí hasta que estalló, hasta que dejó dentro de mi cuerpo su simiente divina.

"Me enamoré del hombre al que me entregó como esposa y me dediqué a los quehaceres a los que se supone que el común de las mortales debemos consagrar la vida: la crianza, el hogar y el telar"

Allí, sola, me habían arrancado a la fuerza de mi hogar, me habían roto mis sueños de reina, habían terminado con mi infancia y mi virginidad y me habían dejado a mi suerte en un lugar desconocido e inhóspito. En una chabola, que mi captor construyó para mí y a la que venía a visitarme disfrazado de albo toro, transcurrieron los meses, los años y los hijos. Aquella imagen, que me mantenía retenida contra mi voluntad, que me poseía cuando le apetecía y a la que aborrecía, me dio tres hijos. Los llamé Minos, Sarpedón y Radamantis y los crie como pude hasta que Zeus se cansó de mí y resolvió entregarme en matrimonio a un rey digno de mi regia estirpe y de su descendencia divina. Aquello fue mi recompensa tras tanto sufrimiento, mi pequeño resarcimiento.

Gracias al destino me enamoré del hombre al que me entregó como esposa y me dediqué a los quehaceres a los que se supone que el común de las mortales debemos consagrar la vida: la crianza, el hogar y el telar. Olvidé mis aspiraciones de reina y princesa, siempre maldije a aquel dios que había castigado con su lujuria doblemente a mi familia. El sentimiento de culpabilidad de Zeus, o lo que quiera que sea que sientan los dioses, hizo que, aparte de mis hijos, un marido al que amo y una constelación con mi historia, me entregara tres regalos asombrosos: Talos, un autómata de bronce que cuida las costas de la tierra que ahora habito, Creta; un perro al que jamás se le escapa una presa, y una jabalina que jamás yerra el tiro.

Y ahora mi vida transcurre criando a mis hijos, que sé que serán raíz de un gran pueblo que dominará el mar. Y aquí estoy, junto a mi amado Asterio, observando en esta gélida noche invernal cómo en el cielo aparece la constelación de Tauro para recordarme todo lo que he sufrido y enseñarme que este preciso momento, en el que mi pasado es solo recuerdo, representa una gota de felicidad y esperanza que atesorar.

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