Inicio > Historia > Historia de Grecia > A traición humana castigo divino
A traición humana castigo divino

—Dédalo, te lo suplico, ayúdame. Necesito liberar esta pasión que me consume, este amor contra natura que me quema. Nunca he sentido nada parecido, quiero yacer con él, pero mi naturaleza es un impedimento. Tú, que posees un ingenio digno de los propios dioses, eres el único capaz de encontrar los medios para que yo pueda… ya sabes…

—En verdad, lo que me pides, desdichada, es una locura. No sé cómo enfrentar este trabajo: tú eres una mujer, de padres divinos y de esencia divina, pero todo en ti tiene forma humana y tu anatomía no corresponde con la de… —me susurraba Dédalo, reservado— la de… ¡un toro! —exclamó finalmente.

—Sé que es una locura, Dédalo, pero mayor locura es la que me bulle en el pecho, y soy incapaz de refrenarla, me quemo por dentro, no sé qué filtro de amor he tomado, soy consciente de la aberración que supone esta bestialidad, pero estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, ¿me oyes?… cualquier cosa por yacer con él, aunque solo sea una noche…

—¿Cualquier cosa…? Está bien, te ayudaré porque me conmueven tus palabras, pero no olvides que has contraído conmigo una deuda de gratitud, deuda que deberás pagar a su debido tiempo.

—Está bien, así sea y sean testigos de este trato los sempiternos inmortales.

***

—¡Empuja, mujer, empuja! —bufa la partera, mientras yo, sudorosa, sin resuello y en cuclillas, sujeta por mis dos esclavas, casi desfallezco por el esfuerzo— ¡Ya se ve la…!

"Una luminosa mañana de mayo de hace nueve meses mi pasión pudo satisfacerse al fin y yo traicioné por primera vez a mi marido, tan acostumbrado a traicionarme a mí"

La partera enmudece y un grito desgarrador sale de lo más profundo de mi ser y cruza la estancia. El dolor se hace aún más insoportable. Lo que emerge de mis entrañas no es la cabecita de un sonrosado y peludo bebé, sino un pequeño cuerno, que va desgarrando lo que encuentra a su paso.

—¡Por los dioses! ¿Qué es esto? En todos los años que llevo asistiendo a parturientas jamás he visto algo semejante, y parece que quiere vivir —exclama, mientras el engendro que ya tiene en sus manos rompe la vida con la fuerza de sus llantos.

—Éste es el fruto de un amor desnaturalizado —pienso.

Tras las iniciales reticencias, el artífice por fin sucumbió a mis súplicas y me construyó una efigie de madera en forma de ternera, que contaba con una ingeniosa portezuela trasera por la que dar rienda suelta a mis instintos. Una luminosa mañana de mayo de hace nueve meses mi pasión pudo satisfacerse al fin y yo traicioné por primera vez a mi marido, tan acostumbrado a traicionarme a mí. Os preguntaréis qué fue lo que desencadenó esta situación. Pues bien, os lo diré: la venganza de un dios.

"Desde que nos casamos, Minos me ha demostrado su falta de respeto y amor, yaciendo con cuanta mujer se le ha puesto por delante"

Pasífae es mi nombre, soy hija de Helios, dios del sol, y una ninfa. Perseis se llamaba mi madre. Soy diosa por derecho propio, pero mis padres resolvieron casarme con un semidios, Minos, hijo de Europa y Zeus. Minos siempre ha sido un hombre codicioso, acostumbrado a hacer lo que su voluntad le aconseja. Como buen hijo de Zeus, es voluble en sus quereres y caprichoso en sus quehaceres. Pero hubo una vez que traspasó las fronteras de lo que es justo para con los dioses, y aquella vez nadie pudo salvarnos del castigo divino.

Desde que nos casamos, Minos me ha demostrado su falta de respeto y amor, yaciendo con cuanta mujer se le ha puesto por delante. Yo, por mi parte, como nunca me ha gustado la deslealtad y tener que competir por la atención de ningún hombre, he procurado que esas lascivas actividades que lleva a cabo a mis espaldas no le sean gratas en absoluto. Conozco bien las artes de la magia, no en vano vengo de una familia de hechiceras. La fama de las artes mágicas de mi hermana Circe y de mi sobrina Medea atraviesa mares y océanos. Las mujeres de mi familia nos iniciamos desde niñas en estas labores y somos buenas, muy buenas. El bebedizo que yo le mezclo con el vino subrepticiamente provoca la huida de casi todas sus posibles amantes y una fama bien merecida. El semen de Minos se convierte en una mezcla de escorpiones y serpientes cuando entra en contacto con una mujer que no sea yo, y sus amantes perecen sin misericordia, evitándonos así que aumente la caterva de hijos bastardos y que en el futuro éstos puedan competir con mi prole legitima. Hemos sido muy prolíficos. Minos es insaciable. Tenemos ya ocho preciosos retoños.

"Poseidón apaciguó las aguas cristalinas, luminosas, de un turquesa aterciopelado, y de sus profundidades brotó el toro más bello que jamás hubiera pacido sobre el orbe terrestre"

El trono, el poder, el reino, Creta y la insensatez y codicia de Minos, eso es el origen de todos nuestros males. Si Pandora no hubiera abierto su ánfora no padeceríamos estas cosas. Mi marido codiciaba gobernar Creta y su capital, Cnosos. Cuando murió su padrastro, Asterio, reclamó el trono para sí, asegurando que había recibido de los propios dioses el mandato de gobernar. Sin embargo, sus hermanos y sus futuros súbditos no confiaron en aquellas palabras sin garantías y le pidieron una prueba fehaciente de ello. Él, arrogante como siempre, aseguró que los dioses le concederían cuanto pidiese. Y finalmente fue a Poseidón, generador de maremotos, soberano del límpido ponto, al que pidió ayuda mientras le ofrecía un sacrificio. Le rogó que del fondo del mar hiciera surgir un toro blanco e inmaculado, prometiéndole a cambio que éste serviría como sacrificio para su altar. Pero como buen trampero y embustero, no cumplió su promesa.

Poseidón apaciguó las aguas cristalinas, luminosas, de un turquesa aterciopelado, y de sus profundidades brotó el toro más bello que jamás hubiera pacido sobre el orbe terrestre. Su blancura resplandecía, iluminada por los rayos que mi padre, Helios, derramaba sobre la tierra. Sus patas fuertes y musculosas espumaban el mar a su paso, sus ojos almendrados y del color de la miel miraban con ternura, y en su lomo albo y esbelto no se apreciaba mancha alguna. Todos nos quedamos maravillados, incluido Minos, que decidió engrosar su vacada personal con aquel ejemplar, sacrificando a Poseidón otro toro en su lugar. Esta traición irritó sobremanera al dios, que decidió vengarse de la forma más despiadada que pudo, o eso supongo yo. Creo que fue él, sí, el que hizo que yo cayera rendida de amor. Día tras día visitaba en los verdeantes prados de Gortina a aquel animal, que había perdido su mansedumbre, convirtiéndose en un ser fogoso, fiero, bravo, pero siempre hermoso. Yo, desde una distancia prudente, lo observaba durante horas. Me imaginaba cómo sería yacer con él, cómo sentiría su piel contra mi piel, mis muslos desnudos frotando su lomo, mis manos acariciando su cerviz, el aliento de su boca. Aquellos pensamientos lograban que me excitase como nunca antes. No pude reprimir mis instintos con la pureza de un amor idealizado sin un contacto real, así que finalmente acudí a la pericia del artero Dédalo.

Dédalo era un exiliado ateniense, que no llevaba mucho en nuestro palacio. Cuando yo le pedí consejo necesitaba ganarse el favor real, pues había llegado aquí junto a su hijo Ícaro, como consecuencia de un crimen de sangre que cometió contra su sobrino Perdiz. Así, finalmente, me ayudó. A cambio me pidió mi protección, una casa y una renta vitalicia, y a todo he accedido gustosa.

"Cuando Minos lo ha visto se ha vuelto loco y ha comprendido... ha comprendido lo que yo tan hábilmente he estado ocultando durante todo un año"

Fue en Gortina una noche de luna llena, alumbrados por la luz de su estela. Dédalo me ayudó a introducirme en la efigie de ternera y adoptar la posición adecuada, me dejó entre el ganado y yo reclamé al toro con mugidos fingidos. No fue fácil, en un principio el toro no acudía a mí, yo sentía celos desmedidos de las otras vacas. Me exasperé. Olisconeaba mis cuartos traseros, pero no se decidía a seguir. Yo entonces mugí con más ahínco, mi sangre estaba caliente, como un puchero a punto de hervir. El toro comenzó a dar vueltas a mi alrededor, acarició con su lengua la madera de mi armadura, yo ya me deshacía. Aún sin sentir el contacto directo de su piel, estaba lista, húmeda, excitada, cuando finalmente él se decidió. Todo pasó muy deprisa, me dejó exhausta, pero satisfecha. Por fin… por fin mi amor se había consumado, y hoy aquí…

La partera me ha dado esta cosa, la verdad que no sé qué voy a hacer con él. Cuando Minos lo ha visto se ha vuelto loco y ha comprendido… ha comprendido lo que yo tan hábilmente he estado ocultando durante todo un año. Ahora esto succiona mis pezones con su rostro bovino y diminuto. Me hace daño, pareciera que el olor de mi carne lo excita. Lo llamaré Asterio. Siempre me ha gustado el nombre de mi suegro, es justo heredero de él y de Europa. Bajo su espalda sale una pequeña colita, se mueve de lado a lado y acaricia mi vientre mientras lo amamanto. Ahora soy consciente de la aberración que he cometido, ahora me doy cuenta de lo que implicará mi locura para todos, pero en mi defensa diré que consumé el amor más grande que he sentido nunca. Aunque haya sido fruto de la ira divina, de un hechizo sobrehumano, de una venganza premeditada, éste es y siempre será mi hijo, un bastardo para Minos, legítimo para un toro: mi Minotauro.

4.8/5 (17 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios