No hay mayor decepción que la que sufre una persona que admira a alguien y no ve ese amor correspondido. Sobre todo, si es una hija la que es rechazada por su propio padre. Lope de Vega Carpio deseaba que uno de sus vástagos —entre legítimos e ilegítimos sumaban quince— siguiera sus pasos. La única que demostró interés y maneras fue Marcela de San Félix, pero el dramaturgo la rechazó. A partir de ese momento, Marcela buscó refugio en el convento, el lugar que se convirtió en su liberación para poder dar rienda suelta a su vocación literaria y superar esa relación fallida con su progenitor. Esta apasionante historia la cuenta con estilo cuidado, rico lenguaje y brillantez Fernando Bonete en La hija del Fénix (Ediciones B), su primera novela, con la que inicia una carrera literaria que promete hacer disfrutar a los amantes de la literatura con solera.
Hablamos con Fernando Bonete de la importancia de los clásicos en tiempos efímeros, sobre las cuitas del pendenciero Fénix de los ingenios y acerca de los fallidos sueños del dramaturgo con conseguir una posición social de relumbrón.
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—¿Por qué es tan poco conocida la figura de Marcela de San Félix?
—Por dos motivos fundamentales. El primero, porque era mujer y además hija ilegítima; con esa condición tenía muy pocas probabilidades de salir adelante en el ámbito de la escritura de aquella época. Y el segundo, porque cuando por fin logra encontrar su sitio para poder escribir, tiene que cumplir una de las penitencias más habituales en la época para los escritores monásticos y conventuales: quemar su propia obra, echar sus libros a las llamas. De Marcela nos ha llegado sólo un cuaderno de un total de cuatro. Toda esa serie de ingredientes hace que haya sido olvidada a través de los siglos.
—Por quien sí que apostó Lope fue por Lopito, pero le salió rana.
—También apostó por Carlos Félix, pero éste murió a los siete años de edad. En el caso de Lopito, de tal palo, tal astilla; era una persona muy escandalosa, muy poco obediente. Al final, Lope lo tuvo que internar para ver si se corregía su carácter. No lo consiguió y su hijo acabó empuñando las armas. Lopito se hizo muy popular gracias a la serie del capitán Alatriste. Hay unas cuantas páginas con un cameo del hijo de Lope. Después de las campañas en Italia, Lopito viajó a Venezuela y acabó muriendo en un naufragio. Al final, tuvo que ser Marcela la que se dedicó, como su padre, a escribir.
—Un buen número de cartas se intercalan en la narración para explicarnos a Marcela y al resto de los personajes. ¿Por qué ha querido mezclar la novela con el género epistolar?
—La correspondencia tenía mucha importancia en los siglos XVI y XVII. En el caso de Lope de Vega, mucho de lo que sabemos de él, en la parte autobiográfica, es gracias a las cartas. Muchas de ellas las intercambió con su principal valedor, el duque de Sessa, que tenía la obsesión de guardar absolutamente todos los papeles escritos —ya fueran literarios o de nivel cotidiano— que intercambiaba con Lope; lo guardaba absolutamente todo. Y gracias a esa obsesión hemos podido biografiar la vida de Lope y conocer sus amoríos. Esas cartas tenían que estar en la novela, como uno de los elementos que se combinan con la narración más ordinaria; son la forma de conocer la intimidad de las personas que van pasando por las páginas del libro.
—¿Cómo ha sido el proceso de documentación para descubrir a Marcela?
—Como comentaba antes, la obra que se conserva de Marcela es pequeña porque la mayoría se perdió en el fuego y el cuaderno que conservamos no es muy extenso. Hay muy pocos estudios sobre éste, aunque sean textos de gran calidad. Los detalles biográficos de Marcela están también muy escondidos. Pero lo más arduo para construir su figura ha sido ponerme en su piel: una mujer de aquella época, ilegítima, que poseía el don de la escritura, que quería dedicarse a ello, pero su propio padre no se lo permitió. De Lope sí que hay muchos documentos, aunque también hay muchas leyendas; tuve que limpiar y descartar para que la narración no perdiera veracidad.
—En La hija del Fénix, descubrimos a Marcela y redescubrimos a Lope.
—Claro. En el caso de Lope, redescubrir la figura de Lope padre, del Lope de familia, no el Lope genial de la literatura, el genio de la literatura, sino el Lope más personal. Este último aspecto del dramaturgo es conocido por su fama de mujeriego, por todas las relaciones que tuvo fuera del matrimonio. Pero también hay otras facetas, no menos importantes, que son las del Lope marido y el Lope padre. De qué manera trata a Juana Guardo y a los hijos que tuvo con ella fuera del matrimonio. Ahí encontramos a una persona que deja mucho que desear en cuanto al cariño que dedicó a sus hijos, incluso para los estándares de la época. Yo defiendo que debemos reconocer la obra fascinante y genial de un creador, aunque en su ámbito privado no sea la mejor persona.
—El duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba, fue una mala influencia para Lope.
—El duque, además de tener la picardía y las ganas de fiesta que podía tener también Lope, tiene algo que no tiene éste: dinero, posibles y poder. Este noble es una persona que tiene sus intereses políticos en la corte y se sirve en muchos casos del prestigio de Lope para conseguirlos. Y el dramaturgo también se sirve de la influencia del duque. El gran sueño de Lope fue medrar en la corte para conseguir un título nobiliario y acercarse lo máximo posible al monarca. Ambos se dejaron hacer porque a los dos les convenía estar cerca el uno del otro.
—Lope de Vega sufrió una gran frustración por no lograr la posición social que ansiaba.
—Sí. Aunque entremos en el terreno de la especulación, psicológica o narrativa, pienso que Lope tuvo esa espinita clavada toda su vida. Sus biógrafos coinciden en que buena parte de sus esfuerzos literarios, incluso su paso al clero, estuvieron condicionados por la intención de prosperar en la corte. Y es cierto que nunca consiguió llegar a donde quería desde el punto de vista de la consideración social. De ahí esa frustración. Esto le pasa factura en el trato más personal o familiar, hasta el punto de supeditar ciertos momentos muy especiales de la vida de sus seres queridos a esa carrera nobiliaria y social que emprendió. Incluso el acto del paso a novicia de su hija Marcela lo convirtió en un momento de propaganda y de rehabilitación de su figura ante el clero y ante la sociedad. Lope se sirvió de los momentos especiales de otros para convertirlos en momentos especiales para sí mismo. Esto es una actitud ciertamente egoísta; quizás hasta narcisista.
—Hay una parte de la vida del dramaturgo que nos muestra al final del libro, que será toda una sorpresa para muchos: Lope convertido en sacerdote.
—Te sorprende desde la óptica de las creencias y la profesión de la fe de la persona. Ahora bien, no te sorprende tanto cuando ya estás metido en el personaje, su forma de ser y conoces sus intereses políticos y sociales. Entonces te das cuenta de que Lope utiliza de manera instrumental los hábitos para escalar desde el punto de vista social en el Madrid del momento y en la corte de aquella época. Hablamos de una sociedad profundamente religiosa, en un momento en el que la fe se pone por bandera del prestigio social. En cierta manera, era una manera de esconder la decadencia del reino, del imperio. El hecho de procesar la fe fue una forma de purificarse y de conseguir prestigio. Lope utilizó esto de la misma forma que lo hizo con las personas que estuvieron a su alrededor. La profesión de la fe no fue tanto una convicción religiosa —aunque algo hubo como muestra de arrepentimiento—, sino una herramienta para medrar.
—¿Cuánto bulo hay sobre Lope de Vega? ¿Cuánta historia inventada que se ha dado por buena?
—Más que bulos, hay generalizaciones y creencias, estereotipos flotando sobre su figura, que, cuando conoces su figura, no se ven desmentidos, sino confirmados e incrementados. Creo que buena parte de lo que se cuenta de Lope es cierto en esencia.
—¿Somos conscientes de la gran importancia que tuvieron Lope de Vega, Góngora, Quevedo y el resto de autores del siglo de Oro en su época?
—Pienso que no terminamos de hacernos a la idea. Primero, porque los solemos valorar de manera aislada. Hablamos de Cervantes, olvidándonos de que al mismo tiempo que él escribía, lo estaba haciendo Lope; y mencionamos a Góngora, olvidándonos que, al mismo tiempo que éste escribía, lo hacían Quevedo y Calderón.
—Calderón también sale en su novela.
—Es que fue un momento de eclosión del arte y la literatura, que, por otra parte, fue un momento de decadencia política y social del imperio. Fue una época de esplendor cultural, no sólo literario, que hasta el primer periodo del siglo 20, la llamada Edad de Plata de la cultura española, no se vuelve a replicar y nunca en toda su magnitud. Solemos acordarnos de esos escritores de manera aislada, cuando en realidad se dieron todo un cúmulo de grandes autores al mismo tiempo, en las mismas décadas. Y ese fue un momento irrepetible en la historia de España. Es un poco descorazonador como ponemos por las nubes la ilustración francesa, cuando, en mi opinión, el Siglo de Oro en España fue muy superior. Son dos acontecimientos distintos, pero, puestos a comparar, lo nuestro fue superior. En mi opinión, no hemos terminado de asimilar ese gran periodo de esplendor artístico.
—Los anaqueles de las librerías están llenos de novedades, pero les faltan los clásicos.
—Los clásicos van a estar siempre ahí, aunque sólo sea por un sentido de necesidad. Si uno quiere comprender la novedad editorial, tiene que acudir en algún momento a los clásicos, porque los clásicos dan sentido a todo, dan sentido a la literatura y a nuestra propia vida. La ausencia de los clásicos es sintomática del tiempo en el que vivimos, dedicados a la urgencia, a lo efímero, a la caza de la novedad. Y los clásicos son todo lo contrario a esa actitud. Los clásicos son atención, contemplación. Ahora no estamos habituados a esa actitud contemplativa. Por eso nos cuesta tanto encontrar sitio para los clásicos en las librerías y entre nuestras lecturas.
—Ha cuidado mucho el estilo y el lenguaje en esta primera novela. De una forma casi obsesiva. Como si esperase ser puesto a prueba.
—No he tenido nunca en mente la perspectiva del examen posterior. Ha sido más bien por mi propia manera de hacer las cosas en mi profesión y en la vida. Tengo que reconocer que tengo una forma de trabajar bastante cuadriculada. (Ríe) Me gusta que todo tenga sentido, que todo encaje. Y en esta novela hay muchas piezas que tienen que terminar encajando. He intentado montar un puzle en el que hay muchos juegos metaliterarios. El 98 % de las cartas son inventadas; les he dado el aire de la época y el tono que podían haber tenido las personas que las escriben. También hay muchos guiños que seguro los más estudiosos sabrán descubrir.
—Terminamos. Sorpréndanos, ¿por qué derroteros literarios se va a dejar caer en sus próximas aventuras?
—Sé algunas cosas y desconozco otras. (Risas) Quiero seguir en la ficción, quiero seguir transitando ese camino que he descubierto. No tengo certeza de que vendrá. Todavía no me he puesto con ello porque estoy muy cansado. He dormido muy poco para escribir La hija del Fénix.






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